sábado, 26 de diciembre de 2009

Vacaciones


Se restablecerán las entradas durante febrero

Gracias

viernes, 25 de diciembre de 2009

El Verbo se hizo Carne

Natividad de Nuestro Señor Jesucristo - Ciclos A, B, C.
Misa del día - Jn 1, 1-18

Nuestro barro brilla luminoso,
nuestra carne canta estremecida;
nuestra historia no es irreparable,
nuestra muerte no es definitiva.

El Verbo se hizo Carne,
puso su morada entre nosotros.
Jesús, Señor, el Emmanuel;
tu amor salva nuestra vida.

Nuestras penas encuentran tu consuelo;
nuestra soledad, tu compañía.
Tu perdón funde mi pecado,
tu ternura sana las heridas.

Nuestra búsqueda tiene su horizonte,
nuestro anhelo se llena de esperanza;
nuestros sueños encierran mil promesas,
se sacian los deseos y se ensanchan.


"El verbo se hizo carne", Cristóbal Fones SJ "Tejido a Tierra", 2008

jueves, 24 de diciembre de 2009

¡Un niño nos ha nacido!

Natividad de Nuestro Señor Jesucristo - Ciclo A, B, C.
Misa de Medianoche

Apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen. José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada. Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque donde se alojaban no había lugar para ellos. En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: "No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre". Y junto con el Ángel apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: "¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres amador por Él!".

Lc 2, 1-14

"María dio a luz a su Hijo primogénito..."

El anuncio del Nacimiento del Señor llega a nosotros como una suave melodía que seduce nuestros oídos, suaviza el alma, devuelve la calma al inquieto corazón: el Dios de la Vida ha nacido con nosotros, como nosotros, entre nosotros.

Porque de eso se trata esta gozosa festividad: de descubrir como el Misterio de la Encarnación acontecido hace dos mil años se actualiza nuevamente, emanando de diversas formas la misma gracia que cubrió esa noche al orbe entero.

Ante la suavidad de la brisa nocturna, entre piedras, establos oscuros, animales y pasto seco ha nacido el Salvador: Cristo, revestido de nuestra condición humana, ha querido, desde nuestra fragilidad, hacernos fuertes en el caminar. Porque, despojándose de su riqueza, se hace humilde para enriquecer nuestra pobreza; arrebatándose de su grandeza, se vuelve pequeño, para hacernos ver que nuestra soberbia no es nada, que nuestro egoísmo es posible cambiarlo, que un mundo nuevo si es posible.

¡Un niño nos ha nacido! De esta forma exulta de júbilo el profeta Isaías: porque el Señor ha corrido el velo que lo cubría, ha dejado aparte su ser para venir a nuestro encuentro: Emmanuel, Dios con nosotros, ha nacido para salvarnos desde abajo.

Llenémonos, pues, de la alegría de la Navidad, fiesta gozosa de la luz y del amor verdadero que brota desde la gruta de Belén; en donde la humildad y el afecto por el prójimo sobrepasan el materialismo que abundan en estas fiestas.

Que María, la madre y mujer que guardaba todo en su corazón, nos enseñe a encontrar y sentir el verdadero carisma de la Natividad: Jesús, niño humilde, ha venido para salvarnos.

Que el Señor nos bendiga a todos nosotros, nuestras familias y al mundo entero
¡Feliz Navidad!

domingo, 20 de diciembre de 2009

Portadoras de la Esperanza

4º domingo de Adviento - Ciclo C

Durante su embarazo, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas ésta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su vientre, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi vientre. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor».

Lc 1, 39-45

"Feliz de ti por haber creído..."

A menos de una semana para celebrar la Natividad del Señor, los textos de ese último domingo de Adviento nos proponen la alegría de creer, de saber que las certezas hoy son seguridades que vienen raudas a la vida.

Y la escena de estas dos mujeres es clave para entender la espera que llevamos a cabo en este tiempo: María, la mujer que lleva en su vientre al Esperado de los tiempos, corre a ver a su prima Isabel; comparte con ella la alegría de la Encarnación del Salvador, juntas celebran el don de la Vida y de la redención que Dios ha puesto en su camino.

Es aquí donde estas dos mujeres encintas se convierten en verdaderas Portadoras de la Esperanza, Templos vivos de la gracia que el Señor irradia a la humanidad. Desde sus fecundas entrañas brotan el grito en medio del desierto y el león de la tribu de Judá, Juan y Jesús: el uno que prepara el camino del otro.

Pero, ante la efervescencia de la escena hay una invitación más importante aún: el creer, el don de la fe. Porque de nada serviría el gozo sin tener respaldo, el júbilo sin tener convicciones. Por ello, María e Isabel son ejemplo de mujeres y madres que creen que Dios se acordó de nosotros, que el Señor no nos abandonó y que viene en nuestro auxilio.

Ante la proximidad de la Navidad debemos cuestionarnos el cómo recibiremos esta festividad: tal vez pasará en vano, o bien puede que el consumismo y el materialismo existente en estas fechas nos hagan ciegos al amor regalo que nos ofrece el Señor: su Hijo.

Que María e Isabel, Portadoras de la Esperanza, nos enseñen a valorar lo importante que es celebrar en Cristo Jesús la vida y la salvación verdadera.

domingo, 13 de diciembre de 2009

El que ama, celebra

3º domingo de Adviento - Ciclo C

Dios dirigió su palabra a Juan Bautista, el hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. Éste comenzó a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. La gente le preguntaba: «¿Qué debemos hacer entonces?» Él les respondía: «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga qué comer, haga otro tanto». Algunos publicanos vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos hacer?» Él les respondió: «No exijan más de lo estipulado». A su vez, unos soldados le preguntaron: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?» Juan les respondió: «No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo». Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, él tomó la palabra y les dijo a todos: «Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; Él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era y recoger el trigo en su granero. Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible». Y por medio de muchas otras exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Noticia.

Lc 3, 2-3. 10-18

"¿Qué debemos hacer entonces?"

La pregunta de la multitud convocada por el Precursor sigue hoy repitiéndose en cada labio de la gente ante la propuesta de un cambio, de conversión.

Y la pregunta también la hacemos nosotros en este tiempo de Adviento, donde a muchos se nos hace difícil preparar la venida de alguien muy importante. Pero la respuesta no las entrega el Bautista de forma inmediata: la caridad.

Hoy, tercer domingo de Adviento, es conocido como el domingo del Gaudete: alégrense, regocíjense. Y es que San Pablo nos repite una y otra vez: Alégrense siempre en el Señor (Fil 4, 4). Porque la preparación a la Natividad debe ser con alegría y gozo, con la certeza de la venida, con la convicción que vendrán días mejores.

Pero, ante tal preparación, debemos acudir de forma obligatoria a la labor que, por excelencia, va a disponer nuestros corazones a los futuros acontecimientos: el Amor. Y es justamente lo que nos dice Juan el Bautista desde el desierto, que lo que tenemos por montones démoslo al que nada tiene, que nuestros abusos se conviertan en actos caritativos, que no levantemos mentiras en favor nuestro.

Por ello, al amar de forma sincera y actuar honestamente, brota desde el alma esa capacidad de celebrar a la que se nos invita esta Navidad, como un gozo que estremece nuestras entrañas y que reanima la sequedad del espíritu; allí es donde germina la verdadera alegría, esa que nunca se acaba, esa que sigue esperando lo que vendrá, esa que cree y que vigila días y noches, esa que no se agota por cualquier cosa, esa que nos impulsa con certeza y seguridad.

Ante un mundo colmado de noticias lamentables caras tristes es necesario que brote desde nuestra Iglesia esa fuerza renovada de la alegría en el amor sincero y en el sano compartir.

Pidamos al Señor que nos regale la gracia de celebrar alegremente esta Navidad, colmada de bendiciones y gracias para nuestras familias. También, de forma especial, oremos por nuestro país que vive este día un primer proceso eleccionario, para que las votaciones se desarrollen de forma transparente y con un buen discernimiento anterior. Que María, la mujer alegre en el Señor nos acompañe.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Allanar los Caminos

2º domingo de Adviento - Ciclo C

El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás, Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. Éste comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías: «Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos. Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos. Entonces, todos los hombres verán la Salvación de Dios».

Lc 3, 1-6

"Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos."

El Adviento no es tan sólo esperar, sino también preparar y convocar, eliminar y ornamentar, ponernos en disposición para recibir al Esperado de los tiempos.

Bien lo grita Juan en el desierto, como un león que ruge al pueblo sordo por la soberbia y la tibieza del corazón: "¡Allanen los senderos del Señor, los valles serán rellenados y las montañas aplanadas!" Y el eco impactante de ese grito hace dos mil años sigue abatiendo nuestras mejillas y conciencias, como una gran cachetada que abre nuestros ojos ante la realidad del corazón.

La convocatoria nos provoca una suerte de "cargo de conciencia". Miramos hacia atrás y vemos cuanta gente hemos botado en el camino para llegar al lugar donde estamos: esos son los valles profundos del alma que hay que rellenar con perdón y entrega verdadera. Y qué decir de nuestras montañas: moles soberbias de egoísmo y avaricia, llenas de mentiras y desintereses por los demás; casi imposibles de mover, ancladas en la profundidad de nuestro ser.

Pero el Adviento es para eso, para tomar la escoba del amor y barrer el polvo del olvido que nos ha dormido por mucho tiempo, para ponernos las sandalias y caminar los montes que han hecho de nuestra vida un camino agobiante y encumbrado. Porque la Navidad no puede llegar sin limpiar antes la casa del alma y sin aplastar los obstáculos que llevan por los caminos del corazón.

Pidamos al Señor que este tiempo de gracia sea aprovechado en lo profundo de cada uno; que el llamada de Juan el Bautista siga resonando hondo en nuestro interior para preparar los senderos que nos llevan al Dios de la Vida.



domingo, 29 de noviembre de 2009

En Vigilante Espera

1º domingo de Adviento - Ciclo C
Inicio Año Litúrgico

Jesús dijo a sus discípulos: Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas. Los hombres desfallecerán de miedo ante la expectativa de lo que sobrevendrá al mundo, porque los astros se conmoverán. Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria. Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación. Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre ustedes como una trampa, porque sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra. Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante el Hijo del hombre.

Lc 21, 25-28. 34-36


"Estén prevenidos y oren incesantemente..."

La certeza de una venida nos estremece desde el fondo mismo de nuestro ser. Saber que algo o alguien vendrá nos insta a preparar algo de corazón para acoger con lo mejor de nosotros, porque las visitas provocan en nosotros el deseo de llenar en nosotros el vacío que nos aqueja.

El Adviento es eso: es saber esperar y preparar, es saber caminar y parar para reflexionar, es saber preveer y orar, es saber vigilar y confiar, es saber vamos a Dios y que Dios viene a nosotros. El Adviento es, simplemente, nuestra vida; una vida vigilante que espera a ese Señor, el esperado por los tiempos, el esperado por nuestro ser, el esperado que nos enseña a esperar.

Porque "en la esperanza fuimos salvados" (Rom 8,24), esa que nos da la certeza que el caminar tiene un sentido, y el sentido le da razón de ser a la existencia misma de la vida.

El Adviento: vamos hacia Dios y él viene a nosotros. Nos buscamos mutuamente y nos necesitamos el uno al otro. El Adviento: es la espera, la escatología cotidiana del diario vivir, es la confianza en él, porque la vida es un Adviento, la Iglesia es Adviento, el mundo vive un Adviento que pareciera que lo reseca más a causa de la falta del Agua Viva, el único que puede saciar nuestra sed, que puede satisfacer a nosotros, los infinitamente insatisfechos, porque lo único que nos satisface es Dios y sólo Dios.

Pidamos al Señor que nos conceda en el alma y el corazón ese grito que exclama la Iglesia y el mundo: ¡Ven, ven Señor Jesús! Que María, Madre de la Esperanza nos enseñe este camino del Adviento hacia Dios.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Un Rey diferente

Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo - Ciclo B
Fin del Año Litúrgico - Día de Oración por la Iglesia Perseguida

Pilato llamó a Jesús y le preguntó: “¿Eres Tú el rey de los judíos?”. Jesús le respondió: “¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?”. Pilato replicó: “¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho?”.
Jesús respondió: “Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí”. Pilato le dijo: “¿Entonces Tú eres rey?”. Jesús respondió: “Tú lo dices: Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz”.

Jn 18, 33-37

"Tú lo haz dicho: soy rey"

Las personas siempre tendemos a relacionar el poder con la tiranía, y es que la mayor parte de la historia de los soberanos es así: el abuso de la autoridad tergiversa la forma en como miramos las personas que poseen algún tipo de jerarquía. Por ello es que la gente no soporte a los políticos, los revolucionarios; incluso a la misma jerarquía eclesiástica.

Pero, la forma en que culminamos este Año Litúrgico nos muestra un aspecto de Jesús que simplemente no podemos dejar de lado: él es Rey, Rey del Universo; pero, por sobre todo, Rey de nuestros corazones, donde su reinado debe permanecer siempre.

Y la concepción que teníamos de Jesús Soberano se derrumba al escuchar este Evangelio; Cristo está allí, ante un representante de la soberanía humana -muy distinta a la divina- que lo enfrenta, un Cristo maltratado por los golpes, ultrajado por escupos y malherido del cuerpo y del alma.

Sin embargo, es allí donde el Señor manifiesta su realeza. Porque el verdadero poder no es ése que destruye y causa muerte, menos el que se impone por el de los demás, sino aquel que sana y da vida a quienes estaban muertos: el verdadero poder es humildad y no soberbia, es acogida y no burocracia, es ternura y no frialdad, es luz y no oscuridad.

Cristo, coronado de espinas y burlado por todos, desde su Cruz, su trono, desde allí reina en lo más profundo de nuestras entrañas; porque se revistió de la más humillante pero más exultante majestad: aquella que rebaja, aquella que se hace pequeña, aquella que no vino a ser servida, sino a servir.

Pidamos al Señor entonces que nos regale el don de la simpleza y de la humildad para compartir con Cristo la realeza que nace desde abajo y no desde arriba. De forma especial por las iglesias que sufren persecución en estos días, para que el Señor humillado les de la santa paciencia y perseverancia de la fe en momentos tan difíciles.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Sus palabras No pasarán

33º domingo durante el Año - Ciclo B

Jesús dijo a sus discípulos: En aquellos días, el sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas caerán del cielo y los astros se conmoverán. Y se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria. Y Él enviará a los ángeles para que congreguen a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del horizonte. Aprendan esta comparación, tomada de la higuera: cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano. Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, sepan que el fin está cerca, a la puerta. Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, nadie sino el Padre.

Mc 13, 24-32

"El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán"


Los cristianos estamos proyectados al futuro, a lo que está por venir. Pero, al mismo tiempo, profundamente enraizados en el hoy y aquí de la existencia.


Entendemos el mundo como el campo en el que crece, ocultamente, la semilla del Reino de Dios que un día germinará plenamente. Los últimos domingos del año litúrgico nos invitan a centrar la
mirada en la consumación de la historia. El lenguaje bíblico suele presentar ese momento final con rasgos dramáticos. Es un modo de describir lo indescriptible, subrayando que será un cambio radical del que surgirá un nuevo orden del universo y la humanidad. “El cielo y la tierra pasarán…”, dice el Evangelio de Marcos. Y lo que habrá será la humanidad redimida, el
reinado pleno de la justicia, de la hermandad, de la paz universal.


Ese cambio está ya sembrado en la historia. Ya está presente desde que Jesús vino, pero todavía no ha acontecido plenamente. En el espacio entre ese “ya” y ese “todavía no” se halla el despliegue de la misión de la Iglesia. Para que la profecía de Daniel: “En aquel tiempo, será liberado tu pueblo”, sea cierta, los cristianos prolongan en la historia, hasta que Cristo vuelva, su misión liberadora. El envío de Jesús resucitado a los discípulos resuena cada día, hasta el fin del mundo, como un llamado a amar hasta el extremo, como él lo hizo, para que todos tengan vida en
abundancia.

Por eso para la Iglesia esperanza y compromiso son dos caras de la misma moneda. No sabemos cuándo será el momento de la plenitud del Reino, porque es regalo de Dios, pero sabemos que cada gesto de amor y de humanidad de los discípulos de Cristo anuncia su inminencia.

El cielo y la tierra pasarán; mientras, cada cristiano es portador, anunciador y misionero de la Palabra del Señor, sembrando la semilla que un día germinará y dará fruto de vida plena.


domingo, 8 de noviembre de 2009

Te damos lo que somos

32º domingo durante el Año - Ciclo B

Jesús enseñaba a la multitud: «Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Éstos serán juzgados con más severidad». Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. Entonces Él llamó a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir».

Mc 12, 38-44


"...dio todo lo que poseía"

El individualismo de estos tiempos nos ha obligado a vivir en forma cerrada, sin aventurarnos a grandes gestos de solidaridad y ahogando en nosotros el deseo de ayudar al necesitado.

Pero el ejemplo de la viuda nos remece hasta hoy: siendo ella una persona en estado de indigencia, en la peor de las miserias, da lo que tenía y lo que la sustentaba: da lo mejor de sí. Gran lección para nosotros, los que donamos de lo que nos sobra, de lo que no ocuparemos en la próxima temporada primavera-verano, de los restos de construcciones olvidados en rincones de las casas, de lo que somos por cumplir y no por dar lo que nace desde nuestro interior, lo verdaderamente nuestro.

El Señor nos ha regalado todo, y le devolvemos lo que somos y tenemos. Y es así como también es como el prójimo: la verdadera caridad nace de la donación de uno mismo, de la entrega de mi ser para que el otro aproveche éste en el amor que recibe. Allí está la calidez de la solidaridad, la ternura que mueve entrañas y el cariño que remece los corazones fríos.

Que el ejemplo de la viuda pobre nos enseñe a ser verdaderos donantes de lo que somos y de lo verdaderamente nuestro, para que el Señor inspire en nosotros el gesto y la palabra oportuna que consuela al sufriente, que alienta al cansado, que da esperanza al frustrado y que renueva al agobiado.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Bienaventurados

Solemnidad de Todos los Santos - Ciclos A, B, C

Seguían a Jesús grandes multitudes, que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania. Al ver la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
“Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron”.

Mt 4, 25–5, 12


"Felices ustedes"


Bienaventurados los hombres y mujeres que se arriesgan a amar. Son felices porque llevan a Dios en el corazón. No es que sean mejores, es simplemente que son más libres.


Dar sin condiciones, regalar el perdón, conservar el corazón íntegro, luchar por la justicia del Reino... Lo que caracteriza al discípulo no es su perfección, sino su pasión por la misión de Cristo: el que ha experimentado el amor verdadero sabe que otro mundo es posible.


Todos queremos ser felices, pero nos cuesta encontrar la felicidad auténtica, duradera. Y es que quizás la andamos buscando en el lugar equivocado... Jesús nos señaló el camino hacia la plenitud con su propia vida y nos enseño con sus palabras quienes son los primeros bienaventurados de Dios


Porque ser felices implica sacrificios, entregas, despojos y caminos a recorrer, pero al fin y al cabo son los que nos llevan a ella. Una vida en este sentido es una vida feliz, una vida bienaventurada, una vida de santidad, donde Dios es el centro de la misma y el sostén de ella se encuentra en su Amor.


Descubrir entonces este camino de felicidad es la invitación, a remar mar adentro, a sumergirse en las aguas profundas de nuestro propio rumbo, a caminar los caminos de nuestro sendero, a construir nuestra santidad y nuestra felicidad. Que María, Madre del Santo de los Santos de Dios nos acompañe en esta aventura.

domingo, 25 de octubre de 2009

Bartimeo somos cada uno

30º domingo durante el Año - Ciclo B

Cuando Jesús salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!» Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!« Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo». Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Ánimo, levántate! Él te llama». Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia Él. Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?» Él le respondió: «Maestro, que yo pueda ver». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.

Mc 10, 46-52


"Maestro, haz que yo vea"

La visión es parte importante de cada hombre y mujer, y el hecho mismo de perderla resulta muchas veces desesperante. No poder contemplar la maravilla del mundo es un golpe duro que nos hace un poco más necesitados, pero no menos personas.

Pero, en el mundo actual, la ceguera se ha hecho parte importante de varios que sin darse cuenta se han cegado por distintas causas. Y no hablamos de automutilaciones, sino de cegueras del corazón, aquellas que tapan nuestra vista y nos hacen indiferentes a tantos y tantas. En una sociedad donde el bien personal, la carrera por la vana felicidad, los impulsos descontrolados y las libertades abusadas, la falta de luz pareciera que se apodera más y más de todos.

Bartimeo, este ciego pobre quiere salir de su ceguera; y sin importar lo que digan los demás, grita con fuerza para poder liberarse del yugo que sucumbe sobre su alma. Ante el beneplácito del Señor, expresa el deseo que refleja a otros ciegos del mundo: "Maestro, haz que yo vea". Y ver en el buen sentido de la palabra, una visión completa y sin miopías que obstaculicen la mirada a la realidad.

Hay tantas cegueras. Pero hay tres importantes: la primera, la ceguera social, esa que impide ver al necesitado, al compañero que necesita un consuelo, a la mujer que necesita protección, al joven que espera que se le tienda una mano. La ceguera social nos vuelve indiferentes, preocupados de nosotros mismos, sin importar como llegamos a la meta final.

La segunda, la ceguera moral, esa que nos hace caer en pecado, que no permite que veamos el barro del mal y que lo sepamos reconocer, esa que ocasiona la falta de criterio en nuestro actuar, la carencia de defensa por la vida, la precavida y el discernimiento antes de hacer algo, la que nos hace olvidar que todos somos seres humanos.

Y la tercera y más grave, la ceguera espiritual, una ceguera que oprime nuestro corazón, nos deja ver ni la luz ni la verdad, nos muestra los alardes actuales de un mundo mejor y nos engaña, haciéndonos creer que el hombre puede vivir sin Dios ni Ley. La ceguera espiritual termina acabando con la dignidad y la prosperidad que todos debiéramos tener.

Pidamos al Señor que ilumine nuestras vidas con la luz que despega nuestros párpados y que abre ventanas del corazón a nuevos horizontes. Que el deseo de Bartimeo se vuelva nuestro deseo: Maestro, haz que yo vea, haz que el mundo vea. Que María, madre de la luz del mundo nos enseñe a mirar con los ojos del corazón.

domingo, 18 de octubre de 2009

El que se da, crece

29º domingo durante el Año - Ciclo B

Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir». Él les respondió: «¿Qué quieren que haga por ustedes?» Ellos le dijeron: «Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria». Jesús les dijo: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que Yo beberé y recibir el bautismo que Yo recibiré?» «Podemos», le respondieron. Entonces Jesús agregó: «Ustedes beberán el cáliz que Yo beberé y recibirán el mismo bautismo que Yo. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados». Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos. Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que aquéllos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud».

Mc 10, 35-45

"No vine para ser servido, sino para servir"

Es normal que en el camino de seguimiento de Jesús aparezcan obstáculos, como acontece con toda opción de vida; tampoco los discípulos del Señor estuvieron libres de ellos. A medida que
Jesús fue entrando en conflicto con los poderes de su tiempo, sus compañeros de vida se fueron llenando de aprehensiones y de miedo ante un desenlace que cada vez se veía más inevitable. Y
apareció entonces la lucha entre la sabiduría y la ignorancia, el espíritu y la carne, la generosidad y la vanidad, el valor y la cobardía.

La actitud de dos de los apóstoles, Santiago y Juan, relatada en el evangelio de hoy, revela lo humanos que eran los seguidores del Señor. Haber respondido con generosidad al Maestro no les
aseguró una santidad automática. Sorprende la ambición de estos dos rudos pescadores que sueñan con el poder y la gloria de unos puestos relevantes. Su actitud, que indigna a los otros diez, y esa misma indignación, son como una turbia premonición del futuro de la Iglesia, no pocas veces manchada y desfigurada por la pasión del poder y las luchas internas.

Es significativo el clima de tensión y de enfrentamiento que la pretensión de los dos seguidores de Jesús provoca en el resto del grupo. Es que el ansia de poder muchas veces acaba por dificultar la convivencia cotidiana. Esto, desde luego, no sólo sucede en el ambiente religioso, sino en todos los ambientes, también en el político. Jesús, en el evangelio de hoy, sale al encuentro del problema. La solución al conflicto desatado por los discípulos, válida para todos los tiempos y
lugares, es la del servicio. Entre los seguidores de Jesús, el más grande no es el que más domina a los demás, sino el que más los sirve. El que quiera ser el primero, debe hacerse servidor de
todos.

domingo, 11 de octubre de 2009

La riqueza de seguir a Jesús

28º domingo durante el Año - Ciclo B

Jesús se puso en camino. Un hombre corrió hacia Él y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?» Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno. Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre». El hombre le respondió: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud». Jesús lo miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme«. Él, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes. Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!» Los discípulos se sorprendieron por estas palabras, pero Jesús continuó diciendo: «Hijos míos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios». Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?» Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para Él todo es posible».

Mc 10, 17-27

"Nadie puede servir a dos señores"

Ante un mundo consumista y materialista, donde lo tangible vale más que lo espiritual y en el cual la "felicidad" corre por cuenta del dinero y sus frutos; el Señor hace un llamado por medio de este joven rico que se quiere hacer uno de sus discípulos, pero el valor de sus riquezas fue más fuerte que el llamado de Jesús.

Pero, la lección magistral de este domingo se encuentra a simple vista: La verdadera riqueza está en el seguimiento de Cristo, en descubrir en él el tesoro de nuestra vida. Es así como en la primera lectura (Sab 7, 7-11) un sabio del Antiguo Testamento muestra su entusiasmo por la verdadera sabiduría, que es un don de Dios, que no es saber mucho, sino mirar todo con los ojos de Dios. Es saber qué tiene importancia y qué no. Así es como se adquiere un nuevo sentido en nuestra vida.

La escena del joven rico nos entristece mucho. Aquel muchacho preguntó: "¿Qué mas puedo hacer para alcanzar el Reino de Dios?". Es una pregunta hecha desde la autoafirmación. Más que la conversión del corazón, buscaba ampliar su agenda de obras buenas para así alcanzar el Reino. Jesús le contesta en otra clave: vete, vende, reparte, vuelve con las manos vacías y sígueme. Y el joven se retiró triste; pero dice el texto que antes de pedirle esto le miró con amor, pero el joven, centrado en su perfeccionismo y apegado a sus riquezas, no supo acoger aquella mirada que le ofrecía la pista para descubrir el tesoro.

Jesús no sataniza el dinero ni otros bienes, sino el apego a ellos, el convertirlos en ídolos ante quien doblamos la rodilla: "Nadie puede servir a dos señores". No podemos prescindir absolutamente de los bienes porque los necesitamos para subsistir, pero hemos de reconocer que los bienes nos atraen, nos fascinan y pueden llegar a esclavizarnos. Al final no lo poseemos, son ellos los que nos poseen a notros. El atleta que quiera correr con una mochila de veinte kilos no conseguirá ninguna medalla.

Seguir a Jesús incondicionalmente es la verdadera sabiduría, dando importancia a lo que la tiene, que es fuente de la verdadera felicidad que nadie nunca nos puede arrebatar.

domingo, 4 de octubre de 2009

Unidos para Amar

27º domingo durante el Año - Ciclo B
Inicio Semana de la Familia 2009

Se acercaron a Jesús algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le plantearon esta cuestión: “¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer?” Él les respondió: “¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?” Ellos dijeron: “Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella”. Entonces Jesús les respondió: “Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio de la creación, «Dios los hizo varón y mujer». «Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne». De manera que ya no son dos, «sino una sola carne». Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”. Cuando regresaron a la casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre esto. Él les dijo: “El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquélla; y si una mujer se divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio”. Le trajeron entonces a unos niños para que los tocara, pero los discípulos los reprendieron. Al ver esto, Jesús se enojó y les dijo: “Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Después los abrazó y los bendijo, imponiéndoles las manos.

Mc 10, 2-16

"Que el hombre no separe lo que Dios ha unido"

El Amor matrimonial recorre toda la Biblia, desde el Génesis (Adán y Eva) hasta el Apocalipsis (las bodas del Cordero). Dios crea al hombre y a la mujer en igual dignidad; el encanto mutuo los lleva a la unión con la que prolongan la vida en la maravilla de la creación.

Pero vino el pecado y ensució tal belleza. Incluso en el Pueblo de Dios se introduce el divorcio. Jesús restituye el ideal inicial de la unidad e indisolubilidad: la ley es exigente y el divorcio se ha transformado en una plaga que se extiende sin cesar, matando familia, destruyendo hogares, acabando con la vida prometedora de los hijos. Aún cuando las leyes humanas tengan que regular situaciones que no responden al plan de Dios, nunca debe olvidarse el ideal que Jesús proclama.

Porque la unión va más allá del sexo. La profundidad del lazo entre hombre y mujer, antes y más allá de la unión corporal, debe ser la unión de sus corazones: más allá de la carne -sin negarla- está la amistad personal; y más al fondo, la caridad cristiana.

El Amor hay que cultivarlo y amar es nuestra mayor felicidad. ¿Por qué entonces se deshacen los matrimonios con tanta facilidad?... Lo que parecía amor no lo era. Y si lo era, se le dejó morir. Pero su muerte no es repentina: el amor no admite estancamiento; puede enfermar y, si no se pone remedio, muere.

A menudo la causa de ruptura es compartida, pero sería injusto considerar culpables a todos los separados. Muchos son víctimas y todos merecen la ayuda y acogida que necesitan. Sólo Dios puede juzgar, más allá de las decisiones con las que la Iglesia tiene que defender principios irrenunciables.

Qué misterio grande éste de un Dios que ha querido mostrarnos su Amor en el amor humano. Y es que "... el amor procede de Dios y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios (...) porque Dios es amor" (1 Jn 4, 7-8). Le damos gracias humildemente, desde las entrañas, porque en nuestros corazones ha infundido el deseo sincero de un amor cariñoso, comprometido, abierto y fiel como el suyo. Oremos, pues, por todas las familias de Chile, para que su compromiso conyugal sea testimonio que el amor para siempre no es una locura. También encomendar nuestra plegaria a todos quienes piensan ahora contraer matrimonio, para que se unan de cuerpo y alma en la vocación del Amor.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Con las puertas abiertas

26º domingo durante el Año - Ciclo B
Día de Oración por Chile

Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros». Pero Jesús les dijo: «No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí. Y el que no está contra nosotros, está con nosotros. Les aseguro que no quedará sin recompensa el que les dé de beber un vaso de agua por el hecho de que ustedes pertenecen a Cristo. Si alguien llegara a escandalizar a uno de estos pequeños que tienen fe, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar. Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala, porque más te vale entrar en la Vida manco, que ir con tus dos manos al infierno, al fuego inextinguible. Y si tu pie es para ti ocasión de pecado, córtalo, porque más te vale entrar lisiado en la Vida, que ser arrojado con tus dos pies al infierno. Y si tu ojo es para ti ocasión de pecado, arráncalo, porque más te vale entrar con un solo ojo en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga».

Mc 9, 38-43. 45. 47-48

"El que no está contra nosotros está con nosotros"

Desde inicios de la vida eclesial, se ha podido observar como hay muchas personas que trabajan bien en la Iglesia: son colaboradoras, puntuales, creativas, etc. No hay nada que decir en su contra. Pero siempre llega gente nueva, y es ahí donde afloran los sentimientos de acogida o bien de envidia.

El ser humano tiene a individualizar su trabajo y cerrarse en lo suyo. Que nadie nos quite lo que hacemos porque solo nosotros podemos hacerlo bien. Creemos que somos seres a los cuales por su labor se nos ha de rendir "pleitesía", que nadie nos moleste y que simplemente no se pueda compartir las actividades o bien darle oportunidades a nuevas personas.

La Iglesia es comunidad y, por tanto, no podemos andar por la vida con estas actitudes. El mundo necesita ahora y más que nunca una comunidad con los brazos abiertos a acoger a quienes quieran estar de nuestro lado. El mismo Jesús nos dice que si aquellos que no están contra nosotros es porque están con nosotros. ¿Porque hemos de dudar ante la llegada de nuevos integrantes a nuestras capillas, trabajos, etc.?

Por lo visto esto es una señal de temor ante el desplazamiento y el olvido. Pensamos que si dejamos a otro pueden reemplazarnos y quedar en el más absoluto de los abandonos; pero la realidad es otra, porque debemos procurar que más y más se integren a esta gran familia.

No cerremos las puertas a quienes prestan sus manos y su tiempo para la mayor Gloria de Dios. La Iglesia no es individualista, y por tanto unidos en el trabajo, congregados en el Amor de Cristo construiremos el Reino del Señor.

Que este día de Oración por Chile, en ayuda de María Virgen del Carmen, nos ayude a valorar la labor comprometida de cada uno y que nos impulse a trabajar todos unidos por la construcción de la Nueva Jerusalén que el mundo necesita.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Servidores

25º domingo durante el Año - Ciclo B

Jesús atravesaba la Galilea junto con sus discípulos y no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba y les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará». Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas. Llegaron a Cafarnaúm y, una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: «¿De qué hablaban en el camino?». Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande. Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: «El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos». Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: «El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a Aquél que me ha enviado».

Mc 9, 30-37

"... debe hacerse el último"

Esta última semana se ha visto envuelta de patriotismo y chilenidad con motivo de la celebración próxima de los 200 años de vida independiente de nuestro país. Muchos hemos participado en actividades que rescatan lo más rico de nuestra cultura e identidad, también muchos hemos oído las homilías de nuestro pastores que, a lo largo de todo Chile, han querido expresar en los respectivos Te Deum todas sus preocupaciones y sentimientos ante el desarrollo de la patria.

Pero, para rematar el final de estas celebraciones ha caído por coincidencia o gracia de Dios este Evangelio que cada vez que lo leemos nos mueve el piso y las entrañas, nuestra posición ante el Señor y el prójimo se ve desafiada por los cuestionamientos y la imagen que teníamos de nosotros se derrumba ante tanta exigencia.

Ser servidores no es tarea fácil. El servicio no es una "ayudadita" oportuna que salva en el momento, ni menos un favor obligatorio que nos hacemos unos con otros. El servicio corresponde de por medio una entrega generosa de nosotros, una aceptación y humillación ante los demás, una sumisión que solo Dios puede hacerla perfecta y un amor por el otro que hace que me olvide de mi mismo para ir en ayuda de los demás.

Ser servidores es una exigencia de todos los bautizados, una forma de vida para los cristianos y un camino ha recorrer para los discípulos misioneros. No debemos estar como los apóstoles, discutiendo quien era más importante, sino ponernos al servicio unos con otros, para que la Iglesia sea servidora del mundo en el mundo.

Oremos para que nuestro Chile sea cada vez un país en servicio, donde todos podamos algún día sentarnos en una mesa común y compartir un mismo pan. De manera especial oremos por la campaña hacia el sillón presidencial que se desenvuelve durante estos meses, que sean los candidatos ejemplo de servicio a la comunidad y que no busquen quien es más importante o que acapara mas votos, sino que propongan realmente a este país medidas que se adecuen a las necesidades todos los chilenos y chilenas en servicio en el amor.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Carguen con su cruz

24º domingo durante el Año - Ciclo B

Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy Yo?» Ellos le respondieron: «Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas». «Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?» Pedro respondió: «Tú eres el Mesías». Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad. Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo. Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres». Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará».

Mc 8, 27-35



"... que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz y que me siga"

Muchas veces, ante alguna invitación que exige de nosotros, tendemos a poner quejas y obstáculos que imposibilitan esta valiosa oportunidad. Creemos que la comodidad del sillón no es intercambiable con otras propuestas que demandan actividad o movimiento.

Eso es lo que nos pasa a tantos cristianos. Sufrimos del "sedentarismo espiritual", es decir, nuestro corazón se conforma en saber que hay un Dios y que el hace toda "la pega"; ni nos preocupamos de fomentar una vida de fe rica por la actividad comunitaria. Pensamos soberbiamente que la Iglesia está bien como está y que nos debemos reducir a ser "católicos a mi manera".

Pero el llamado del Señor es claro: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga". Y eso no es tarea fácil. Con razón tantos y tantas prefieren que su fe duerma pasiva en los cómodos sillones de la pereza.

Cargar la cruz es tarea de todos. Porque todos llevamos una cruz a cuestas; el mismo Señor solidarizó con nosotros en el Calvario: Cargó con la cruz más pesada, la de nuestros pecados, para ser clavada en ella. El es el más vivo ejemplo de cargar con la cruz, con el madero que nos atormenta día a día, y que para tantos los aplasta bruscamente.

"Mi yugo es liviano y mi carga ligera" (Mt 11, 29). La esperanza que nos ofrece Jesús pareciera caída del cielo. Somos débiles y una manito no nos cae nada de mal. Pero el amar a Dios, seguirlo, caminar junto a él requiere que asumamos nuestras realidades personales, familiares y comunitarias; no podemos vivir en mundos utópicos ni fantasías de quimeras: la cruz es pesada y hay que cargarla tal como es.

San Pablo en su carta a los Gálatas nos ofrece una orientación: "Ayúdense mutuamente a llevar sus cargas, y así cumplirán la Ley de Cristo" (cfr. 6, 2). A través de la vida como Iglesia, comunidad de comunidades, podemos llegar a la perfección de la ayuda mutua, entre nosotros mismos soportar dolores y gozar alegrías. Ese es el seguimiento del cual nos habla Jesús: a no renunciar, sino que aceptar.

En este mes de septiembre pidamos al Señor que nos regale la gracia necesaria para poder cargar la Cruz de un Chile herido por tantos dolores pero gozoso con tantas bendiciones. Que en este camino hacia el Bicentenario podamos adaptar en nuestra vida la aceptación de la cruz y el seguimiento con mirada hacia el desarrollo.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Efatá

23º domingo durante el Año - Ciclo B
Día de Oración por los Migrantes

Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis. Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: “Efatá”, que significa: “Ábrete”. Y en seguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente. Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración, decían: “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.

Mc 7, 31-37




"Efatá, ábrete"

La experiencia de conocer a personas sordomudas es sorpresiva e inexplicable. El ponerse en el lugar de esta persona con necesidades especiales nos hace pensar en todas las atenciones y limitaciones que debe tener como ser humano y/o como ciudadano.

Pero, son tantas las veces en las cuales los discapacitados o personas con necesidades especiales no son aquellos con problemas corporales, más bien, somos nosotros, los que tenemos la dicha de gozar con todos nuestros sentidos en plenitud y que, por medio de la arrogancia, nos volvemos sordos frente a la palabra de los demás.

Escuchar es mucho más que "poner el oído" para captar por inercia lo que se oye. Es, más bien, poner la debida atención a lo que escuchamos, que cada palabra desprendida resuene como eco en nuestro corazón. Y también el escuchar demanda de nosotros una respuesta clara y concreta, las palabras no deben quedar vagando o rebotando en el inconsciente humano.

Escuchar es propio de los cristianos; Jesús mismo, como veíamos, abre los oídos y despliega la lengua del sordomudo. Ese maravilloso "Efatá, ábrete" debe resonar hasta hoy en la Iglesia, en la vida personal y familiar; es la hermosa pero desafiante invitación a una vida comprometida.

Sordos, no podemos hacer nada. Debemos abrirnos a la palabra de Dios que susurra en la vida en comunidad, en la Sagrada Escritura, en el encuentro profundo con el Dios Amor. Y también debemos pedir al Señor que abra nuestra lengua y nuestros labios, para que podamos también compartir con los demás la dicha de haber creído en Cristo.

Que en este Mes de la Biblia que iniciamos podamos también nosotros abrirnos a la Palabra de Dios, a los nuevos cambios, a las fuentes de vida que emanan de Cristo. Ojalá que ésta sea la instancia perfecta para poder "degustar" la Sagrada Escritura y poder rescatar la revelación divina que se encuentra escrita allí.

domingo, 30 de agosto de 2009

Dios mira el corazón

22º domingo durante el Año - Ciclo B
Día de oración por los Pueblos Indígenas


Los fariseos con algunos escribas llegados de Jerusalén se acercaron a Jesús, y vieron que algunos de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin lavar. Los fariseos, en efecto, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados; y al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones. Además, hay muchas otras prácticas, a las que están aferrados por tradición, como el lavado de los vasos, de las jarras, de la vajilla de bronce y de las camas. Entonces los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: “¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?” Él les respondió: “¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinde culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos». Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres”. Y Jesús, llamando otra vez a la gente, les dijo: “Escúchenme todos y entiéndanlo bien. Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre. Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre”.

Mc 7, 1-8.14-15.21-23

"Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón esta lejos de mí"

Las palabras de Jesús son desafiantes, pareciera que nos despojan de toda careta y vestidura que nos pueda ocultar, nos deja desnudos ante la mirada directa pero sanadora del Señor, nos hace ver nuestra fragilidad, nuestro error.

Porque Dios mira corazones, por más que tratemos de ocultar ente los ojos de los hombres y de la Iglesia nuestra petulancia o nuestra falsa fe, siempre el Señor sabrá que hay en nuestro interior ya que solo él conoce lo insondable y lo más profundo de nuestro ser.

Tantas han sido las veces en que hemos aparentado una fe abundante, colmada de bendiciones y un espíritu que desborda de alabanza a un Dios. Pero en el acto no se demuestra en lo más absoluto. Cuantas veces pasamos sin mirar al necesitado, ni siquiera advertir su presencia por el simple hecho de llegar temprano al templo. Cuantas veces hemos dejado de lado familiares, amigos, personas queridas por estar a tiempo en nuestro templo y servir a otro, siendo que nuestra familia, nuestros amigos son los más necesitados.

Debemos saber equilibrar las cosas. No significa que por estar todos los días con la familia o los amigos simplemente cortaremos por lo "más sano": no vivir una vida en comunidad. Pero también debemos saber reconocer las necesidades inmediatas de cada momento y de cada persona, es nuestro deber atender en el menos tiempo y el mayor esfuerzo aquella necesidad más urgente, y que tantas veces nos ocurre que está en nuestros propios ambientes.

El verdadero culto nace del corazón, ese que sólo se hace pleno al concretar la fe en la obras como lo mencionaba el apóstol Santiago. Basta ya de hipocresías, basta ya de mentiras y volquémonos a las verdaderas necesidades, posterguemos lo que no es tan urgente y acudamos a aquello que tiene mayor importancia ya que allí está el mismo Señor. Sino, nuestra Iglesia terminará como la religión del tiempo de Jesús: puro y netamente fariseismo que se jacta de creer en un Dios Amor pero que no ejerce el amor en sí.

Pidamos al Señor que nos de la capacidad de reconocer la necesidad inmediata y que nos ayude a salir del pozo de la hipocresía que tanto nos hace daño. El conoce nuestro corazón y sabe nuestras debilidades y virtudes. De forma especial también oremos por nuestros hermanos indígenas que celebran hoy su día de oración, que esta sea una instancia precisa para pedir al Señor por el conflicto mapuche que aqueja a nuestro querido país. También encomendemos a María esta causa, que sea ella misma quien por medio de su intercesión logre que Jesucristo, Príncipe de la Paz, reine en los corazones de mapuches y huincas.

domingo, 23 de agosto de 2009

Señor, ¿a quién iremos?

21º domingo durante el Año - Ciclo B

Después de escuchar la enseñanza de Jesús, muchos de sus discípulos decían: «¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?». Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: «¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará, entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes? El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen». En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y agregó: «Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede». Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo. Jesús preguntó entonces a los Doce: «¿También ustedes quieren irse?». Simón Pedro le respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios».

Jn 6, 60-69

"Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna"

Es bueno preguntarnos de cuándo en cuándo por dónde andan nuestras búsquedas, a dónde vamos... Y es que el rumbo no pareciera estar tan claro en nuestros días. Nos llenamos de actividades, se nos va la vida en compromisos urgentes y pareciera que lo verdaderamente importante lo vamos postergando para otro momento.

En medio de falsas ilusiones, de caídas escandalosas y fallos innumerables debemos repetir como Pedro lo hizo en su momentos: "Señor, ¿a quién iremos?". Nuestra soberbia humana, nuestro egoísmo y estúpido orgullo de autodependencia nos ciega, no queremos saber nada de Dios. En esta sociedad parece que las modas y la apariencia ante los demás van dejando de lado a ese Señor que espera pacientemente nuestro sí de amor.

No queremos reconocer el error, somos tan orgullosos que nos enojamos con Dios, y quienes realmente sufren somos nosotros, los que a fin de cuentas terminamos en la oscuridad de nuestras vidas. Pero un acto de amor, de sumisión, de seguimiento en medio de la discordia hace que brote de nuestros labios y de nuestro corazón el susurro de aquel que dice: "Señor, ¿a quién iremos?"

Y a quién iremos, si solo el sabe la confianza que le tenemos, solo el conoce lo insondable de nuestro corazón, conoce esa mirada de amor, de confianza que depositamos en él; sabe que tan grande es nuestra fe, ama nuestras debilidades, nuestra fragilidad, alienta la pequeña mecha que humea en nuestro interior. Sólo él nos conoce más que nadie; y nosotros, infinitamente pequeños, somos sus hijos, hijos predilectos que podemos mirarlo a los ojos y expresar nuestra sincera reconciliación, humildad que nos engrandece, sumisión que nos hace libres.

Con María, recorramos juntos este caminar de discípulos misioneros de Jesucristo, pidamos al Señor y Dador de Vida la capacidad y el valor para que de nuestras almas brote el sincero reconocimiento: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna"

martes, 18 de agosto de 2009

Un fuego que enciende otros fuegos

Festividad de San Alberto Hurtado, presbítero - Ciclo B
Día Nacional de la Solidaridad

Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a la izquierda. Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: «Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver». Los justos le responderán: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?». Y el Rey les responderá: «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo».

Mt 25, 31-40


"Urgido por la justicia y animado por el amor"

De esta manera expresaba este santo jesuita su empresa por la misericordia, por el amor al prójimo, por la solidaridad. Durante años, la figura del Padre Hurtado a calado a fondo en nuestra historia tanto personal como comunitaria, como país. Su historia ya es muy conocida y su fama de gran apóstol de la caridad lo ha hecho conocido entre tantos chilenos y chilenas.

Pero, mirando nuestra situación actual como país, cabe la pena volver a preguntarnos lo que dijo San Alberto, que causó mucha polémica: ¿Es Chile un país católico? Y hasta el día de hoy nadie se ha atrevido a responder este cuestionamiento que, sin lugar a dudad, nos llega a todos de una u otra forma.

Podríamos decir que con nuestras actitudes estamos siendo cómplices de la miseria de esta nación que muchas veces se jacta de tener ciudadanos felices, con una economía estable, con un futuro próspero, todo "color de rosa". Tal vez el Padre Hurtado nos diría que estamos llamados a preocuparnos por nuestros necesitados, por nuestro Chile que sufre día a día.

Ese es el testimonio de este gran santo. Como dijo Mons. Fco. Valdés Subercaseaux, primer obispo de Osorno: "El Padre Hurtado es un fuego que enciende otros fuegos". Y sin lugar a dudas su apostolado sigue más ardiente que nunca, más vivo que siempre, signo de la presencia real de Cristo Resucitado. Hoy, más que nunca, debemos estar también nosotros "urgidos por la justicia y animados por el amor", amor a una patria que le entrega lo justo y digno a cada uno de sus integrantes, que asegura el derecho a la vida "humana" a cada persona y que no pierde sus valores a causa de necias promesas ni falsas ilusiones.

Encomendemos nuestra vocación a María. Digámosle ella, junto con el Padre Hurtado:
"María mírame, porque si tu no me miras, él, que tiene sus ojitos clavados en ti, no me mirará"

domingo, 16 de agosto de 2009

Vida en abundancia

20º domingo durante el Año - Ciclo B

Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo». Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?». Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente». Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún.

Jn 6, 51-59

"El que coma de este pan vivirá eternamente"

Si nos paramos un poco y nos preguntamos qué cosas nos preocupan y por cuáles peleamos, seguro que mayoritariamente respondemos qué es por aquello que nos asegure la salud y la vida. Por lo mismo procuramos descansar en vacaciones, cuidamos las comidas y, hasta a partir de cierta edad, no dejamos de hacernos periódicamente una revisión médica.

Así aseguramos nuestra vida, Pero ¿de qué vida nos preocupamos tanto?

El hombre y la mujer han nacido para vivir en plenitud y vivir para siempre felices: "el que come de este pan vivirá eternamente". Dar la vida para que tengan vida. Es dar la vida, pero no sólo como el bombero que se interna en el fuego o como el salvavidas que se lanza al mar para salvar al que se ahoga... ni siquiera como el padre que gasta su vida para el bien de sus hijos... Jesús va más allá: pan compartido y sangre derramada, es decir, vida entregada para la salvación de todos.

"El que come de mi carne y bebe mi sangre" recibe la plenitud de la vida: "tiene vida eterna". Ésta es la propuesta eucarística de Jesús. Aceptarla significa consentir al hecho que circule en nosotros un flujo de vida que viene de Dios y que nos va transformando en él.

Quienes comulgamos a Cristo estamos llamados a reproducir la entrega de quien se nos da en alimento. "Comulgar con el cuerpo y la sangre de Cristo es hacer nuestro el sentido que quiso darle a su vida y a su entrega" (Gustavo Gutiérrez). Es hacer nuestro el proyecto de Jesús, todo su amor y pasión por el Reino del Padre, por hacerlo presente en las realidades humanas de cada día. Este es nuestro compromiso y nuestro gozo.

Pidamos a María que ella nos sintonice en el sentido de vida que tiene Jesús para con nosotros en la Eucaristía. Que podamos compartir deseos y sueños como él quería para nosotros, para esta humanidad. De forma especial encomendarle a la Madre el problema del conflicto mapuche, que aqueja tanto a nuestro país; para que la vida de nuestros pueblos originarios no sea aplastada por la soberbia política, que la tolerancia reine en nuestro Chile y que no lamentemos más pérdidas humanas y materiales, que la violencia no se combata con más violencia. A María le encomendamos la oración de nuestra Iglesia para que el Príncipe de la Paz reine en nuestro país y en el mundo.

sábado, 15 de agosto de 2009

María, primicia de la Iglesia

Solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María - Ciclo B
Jornada de la vida consagrada - Día de la religiosa


Durante su embarazo, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas ésta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su vientre, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi vientre. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor». María dijo entonces: «Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquéllos que lo temen. Desplegó la
fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre». María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.


Lc 1, 39-56


"En adelante todas las generaciones me dirán feliz"

Con estas palabras, María profetiza su condición de elegida a lo largo de los siglos. Ella, la Madre del Salvador, será por siempre madre de todos, y estará en todos, con todos y en todo.

Hoy, solemnidad de la Anunciación, evocamos y renovamos el misterio de este acontecimiento que nos regala esperanza a cuantos hoy trabajamos en la Tierra. Esperanza ya que, en María, vemos una imagen futura de lo que será la Iglesia, un Pueblo que gozará de la alegría y la vida abundate en el Señor. Un Iglesia triunfante que es recibida por su esposo, Cristo, el Cordero que murió por ella para darle la Redención eterna.

Muchas veces creemos lejanos esta realidad celestial que involucra a María y a toda nuestra comunidad, pero debemos recordar las palabras de San Pablo: "En cambio, nosotros somos ciudadanos del cielo, y estamos esperando que del cielo venga el Salvador, el Señor Jesucristo, que cambiará nuestro cuerpo miserable para que sea como su propio cuerpo glorioso" (Flp 3, 20-21).

Y es en María en donde se cumplen estas palabras: ella, que gozo y sufrió con el Redentor, fue participe de su pasión y su muerte, también ahora se hace partícipe de su Resurrección. Por ello, María es primicia de la Iglesia; Nueva Eva que sigue al nuevo Adán, Cristo, que nos obtuvo la salvación.

Y María ya está libre de las ataduras propias del ser humano, ahora puede cumplir la misión que le encomendó su Hijo desde la Cruz: "Allí tienes a tu Madre" (Cfr Jn 19, 25-27). Ella, la Madre, llena de la Gloria del Señor, ampara y acoge a nosotros sus hijos que esperamos también algún día gozar del privilegio ella misma pudo inaugurar con Cristo para toda la humanidad

domingo, 9 de agosto de 2009

En Jesús, Dios se hace Pan

19º domingo durante el Año - Ciclo B

Los judíos murmuraban de Jesús, porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo». Y decían: «¿Acaso éste no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: ‘Yo he bajado del cielo?’». Jesús tomó la palabra y les dijo: «No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: ‘Todos serán instruidos por Dios’. Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo él ha visto al Padre. Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna. Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero éste es el pan que desciende del cielo, para que aquél que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo».

Jn 6, 41-51


"Yo soy el pan vivo bajado del cielo"

Ante la declaración de Jesús el pensamiento de los judíos se remece, y el nuestro también. Porque no es cotidiano que alguien declare ser el pan que da vida al mundo. Y esto trae las murmuraciones de todos.

Pero, mirando desde los ojos de la fe, podemos descubrir en Cristo el Pan de Vida del cual necesitamos. Y es que Jesús se hace Pan, Dios se hace Pan. Se olvida se su gloria, su majestad, su grandeza para volverse tan frágil como un trozo pequeño de trigo y agua. Y allí está Dios, más presente que nunca y más activo que siempre.

Maravilloso es el tesoro del cual nos gozamos los cristianos al tener a Cristo el Señor bajo la especie del pan. Pero este banquete celestial también reclama de nuestra fe sobre nuestra razón. No cabe fácilmente que alguien Todopoderoso como Dios se haga pan, carne que se entrega para alimentarnos a todos. Por eso la Eucaristía es un convite espiritual lleno de la fe que nace de ella misma. Es el mismo Señor quien quiere devolvernos la vida, el es la Vida.

Que de la mano de María podamos ir a recibir a Jesús Eucaristía que nos espera en el Altar. Que, como ella, también estemos abiertos a transformarnos a través de su recepción, siempre dispuestos a creer y testimoniar la presencia de la Vida en una pequeña hostia, en un poco de vino. Dios Omnipotente que se hace pequeño para poder llegar a nosotros más fácilmente.

domingo, 2 de agosto de 2009

Hambre de Tí, Señor.

18º domingo durante el Año - Ciclo B

Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban en el lugar donde el Señor había multiplicado los panes, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo llegaste?” Jesús les respondió: “Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos,sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello”. Ellos le preguntaron: “¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?” Jesús les respondió: “La obra de Dios es que ustedes crean en Aquél que él ha enviado”. Y volvieron a preguntarle: “¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: «Les dio de comer el pan bajado del cielo»”. Jesús respondió: “Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo”. Ellos le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”. Jesús les respondió: “Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed”.

Jn 6, 24-35

“Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse"

Está claro. El Señor no es un mago, ni menos un taumaturgo. Es Dios. Así de simple. Y nos cuesta asimilar esa realidad, creemos que podemos acudir a Jesús cuando nosotros queramos, somo como la gente de ese entonces, podríamos decir que pensamos en un Dios tipo restaurante en marcha blanca, en el cual podemos gozarnos y saciarnos de lo material cuando queramos y podamos.

Y Dios es más que eso. Hay que saber descubrirlo en la verdadera dimensión que, a la luz de la Palabra, se revela como inmensa e infinita misericordia hacia la humanidad que tantas veces lo rechazamos. El Señor es más que un "amiguito" al cual podemos pedirle favores en los momentos más difíciles de la vida, siempre y cuando ya hallamos recurrido a las demás habidas soluciones posibles. El Señor es Dios Nuestro en la alegría y en el dolor, en el gozo y en la tristeza, en el día y en la noche.

Por eso Jesús se sorprende ante la actitud de la multitud que lo busca no por los signos que él hace y que anuncian la verdadera liberación en Cristo, sino que simplemente han comido hasta saciarse como veíamos en el Evangelio del domingo pasado. Y Jesús se sigue sorprendiendo.

Debemos pedir a Dios que nos aumente el hambre, como lo meditaba el mismo Evangelio, pero debe ser un hambre hacia el Señor, hambre de su Palabra, hambre de Evangelio, hambre de Justicia y Verdad, hambre de Eucaristía, hambre de Cristo. Y puede ser esa la razón por el cual el mundo se "engulle" todo tipo de oferta y promoción que sale a la luz pero que, aún en la abundancia, sigue teniendo hambre.

Hambre Ti, Señor, es lo que nos aqueja hoy a todos, de diversas formas. Hambre de Dios es lo que tenemos y nuestro único alimento debe ser Jesús, el Pan de Vida, quien se entrega a nosotros para aliviar nuestras carencias y vacíos.

Pidamos al Señor, por medio de María la llena de gracia, que nos aumente el hambre de Cristo, pero que también nos guíe para saber encontrarlo en el verdadero alimento también presente en el mundo y que, muchas veces, lo confundimos con otras falsas verdades.

domingo, 26 de julio de 2009

Panes, Peces, y mucho más.

17º domingo durante el Año - Ciclo B

Después de esto, se fue a Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima a la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía mucha gente, dice a Felipe: "¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?" Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: "Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco." Le dice uno de los discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: "Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, qué es eso para tantos?" Dijo Jesús: "Haced que se recueste la gente." Había en un lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los partió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: "Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda." Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía:" Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo." Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo.

Jn 6, 1-15

"Abres tu mano, Señor, y nos colmas con tus bienes"

Con el salmista de la liturgia dominical cantamos las maravillas que hace el Señor en medio nuestro. Basta contemplar el evangelio para darnos cuenta que Dios nos ama y ayuda, que es un Señor de misericordia y que su amor es perpetuo, llega hasta los confines de la tierra.

Muchas veces tendemos a mirar lo negativo de la vida, las caídas, las burlas, los pecados, las heridas. Y no es malo recordarlo de vez en cuando. Pero no debemos obsesionarnos en esta "búsqueda de errores ya cometidos", sino descubrir lo maravilloso que es Dios en sus dones a través de nuestro caminar.

Y nos daremos cuenta que el Señor es más bondadoso de lo que creemos. Fue capaz de alimentar a una multitud, y es capaz de alimentar espiritualmente a nosotros, sus hijos, con los más preciados valores y bondades que nos regala día a día. Ante esta maravilla debemos, ante todo, sonreír más que nunca como respuesta al amor recibido. Y luego, caminar, porque la esperanza resurge al ver que la gracia abunda por sobre el pecado (Cfr. Rom 5, 20).

El Señor hace maravillas en nosotros, y con María, cantamos un nuevo Magnificat de la humanidad: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador; porque ha mirado la bajeza de su servidora". Sí, ha mirado la bajeza de nosotros, sus humildes siervos que creíamos estar ante un Dios frío, lejano, tal vez castigador. Pero nos hemos dado cuenta que el actúa en nosotros, en los más humildes, como lo hizo con aquel niño anónimo que entregó sus cinco panes para alimentar a una multitud

Durante un tiempo, miremos hacia atrás, y veamos con cautela y con amor las bondades que nos regala el Dios Amor en la sencillez, en lo cotidiano de la vida. Que María, la mujer sencilla, nos ayude a mirar con los ojos del corazón y de la fe el rostro del Señor en nuestro caminar.