3º domingo de Adviento - Ciclo CDios dirigió su palabra a Juan Bautista, el hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. Éste comenzó a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. La gente le preguntaba: «¿Qué debemos hacer entonces?» Él les respondía: «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga qué comer, haga otro tanto». Algunos publicanos vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos hacer?» Él les respondió: «No exijan más de lo estipulado». A su vez, unos soldados le preguntaron: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?» Juan les respondió: «No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo». Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, él tomó la palabra y les dijo a todos: «Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; Él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era y recoger el trigo en su granero. Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible». Y por medio de muchas otras exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Noticia.
Lc 3, 2-3. 10-18
"¿Qué debemos hacer entonces?"
La pregunta de la multitud convocada por el Precursor sigue hoy repitiéndose en cada labio de la gente ante la propuesta de un cambio, de conversión.
Y la pregunta también la hacemos nosotros en este tiempo de Adviento, donde a muchos se nos hace difícil preparar la venida de alguien muy importante. Pero la respuesta no las entrega el Bautista de forma inmediata: la caridad.
Hoy, tercer domingo de Adviento, es conocido como el domingo del Gaudete: alégrense, regocíjense. Y es que San Pablo nos repite una y otra vez: Alégrense siempre en el Señor (Fil 4, 4). Porque la preparación a la Natividad debe ser con alegría y gozo, con la certeza de la venida, con la convicción que vendrán días mejores.
Pero, ante tal preparación, debemos acudir de forma obligatoria a la labor que, por excelencia, va a disponer nuestros corazones a los futuros acontecimientos: el Amor. Y es justamente lo que nos dice Juan el Bautista desde el desierto, que lo que tenemos por montones démoslo al que nada tiene, que nuestros abusos se conviertan en actos caritativos, que no levantemos mentiras en favor nuestro.
Por ello, al amar de forma sincera y actuar honestamente, brota desde el alma esa capacidad de celebrar a la que se nos invita esta Navidad, como un gozo que estremece nuestras entrañas y que reanima la sequedad del espíritu; allí es donde germina la verdadera alegría, esa que nunca se acaba, esa que sigue esperando lo que vendrá, esa que cree y que vigila días y noches, esa que no se agota por cualquier cosa, esa que nos impulsa con certeza y seguridad.
Ante un mundo colmado de noticias lamentables caras tristes es necesario que brote desde nuestra Iglesia esa fuerza renovada de la alegría en el amor sincero y en el sano compartir.
Pidamos al Señor que nos regale la gracia de celebrar alegremente esta Navidad, colmada de bendiciones y gracias para nuestras familias. También, de forma especial, oremos por nuestro país que vive este día un primer proceso eleccionario, para que las votaciones se desarrollen de forma transparente y con un buen discernimiento anterior. Que María, la mujer alegre en el Señor nos acompañe.
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