Domingo de Ramos en la Pasión del Señor - Ciclo C25º Jornada Mundial de la Juventud
Jesús, acompañado de sus discípulos, iba camino a Jerusalén. Cuando se acercó a Betfagé y Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Vayan al pueblo que está enfrente y, al entrar, encontrarán un asno atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo; y si alguien les pregunta: «¿Por qué lo desatan?», respondan: “El Señor lo necesita”». Los enviados partieron y encontraron todo como Él les había dicho. Cuando desataron el asno, sus dueños les dijeron: «¿Por qué lo desatan?». Y ellos respondieron: «El Señor lo necesita». Luego llevaron el asno adonde estaba Jesús y, poniendo sobre él sus mantos, lo hicieron montar. Mientras Él avanzaba, la gente extendía sus mantos sobre el camino. Cuando Jesús se acercaba a la pendiente del monte de los Olivos, todos los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios en alta voz, por todos los milagros que habían visto. Y decían: «¡Bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!». Algunos fariseos que se encontraban entre la multitud le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos». Pero Él respondió: «Les aseguro que si ellos callan, gritarán las piedras».
Lc 19, 28-40
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
Los niños de Jerusalén cantan de gozo, las multitudes prorrumpen en gritos de júbilo y la gente acoge al Salvador del mundo que, hoy, entra manso y humilde en la ciudad de Sión.
Con la celebración del Domingo de Ramos iniciamos nuestra Semana Santa, días marcados por el gozo, la tragedia y el triunfo del amor sobre la muerte misma. Es en estos días donde la historia del mundo y la historia personal se resumen y encuentran un nuevo sentido: Cristo ha redimido a las ovejas.
Pero el Señor, antes que todo, entra en Jerusalén para llevar a cabo el plan de Redención. No lo hace desde la lejanía, allá donde nadie lo percibe o simplemente, no lo toman en cuenta. No. Dios ha querido entrar primero para hacerse cargo él de la salvación del pueblo.
Y así obra el Señor: sin grandes entradas fastuosas ni pirotecnias escandalosas, menos alardes de espectáculo que tratan de cautivar a los observadores. Dios entra siempre de forma sencilla para actuar en el silencio el motor del cambio. Es allí donde radica la diferencia.
El Señor entró en la vida de Israel en una humilde zarza que ardía, llamando a Moisés a la liberación del yugo egipcio. En una noche tranquila, Jesús entró en la historia en la gruta mal oliente de Belén, entre animales y pobres pastores. En un día como hoy, Cristo entró en Jerusalén; no sobre un fastuoso corcel, sino en un burrito de carga.
Y hoy, en tu historia, en nuestra historia, ¿cómo quiere entrar el Señor?
Saberlo descubrir es el desafío y la aventura. Jesús quiere entrar hoy a nuestra vida de forma silenciosa. Despacito, sin hacer escándalo, Dios se revela en la sencillez y en el actuar callado. Salgamos, pues, a su encuentro: con los ramos de la alegría y la alabanza brotando desde el corazón digámosle ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el que viene a mi historia para salvarme!



