El país se ha movido. Otra vez la tierra nos remeció.Las fuerzas telúricas nos han recordado nuevamente que no somos nada ante la inmensidad del mundo; que la soberbia humana termina cuando la naturaleza lo decide: porque el hombre es débil y necesita de Dios.
Pero, hay una fuerza más fuerte que la que viene de las inmensidades submarinas o de las profundidades de la tierra: es la insondable fuerza del corazón. Y es que, ante todo, nos hemos de amar como hermanos, hijo de un mismo Padre y de un mismo país.
La pregunta surge desde el alma dolida: ¿Hasta cuándo Señor? ¿Dónde estás ahora?
Como un aguijón, el cuestionamiento apuñala nuestra fe y nuestra esperanza que se pone a prueba.
Aún así, Chile sigue creyendo: el espíritu de los chilenos está todavía en pie. Porque entre hermanos nos hemos de levantar frente a la tragedia y al dolor de los nuestros. No es momento de buscar culpables y enrostrar errores, es la hora de la solidaridad, del acompañamiento, de la oración, de las ganas de seguir viviendo.
Y entre los escombros de las casas derrumbadas, entre los restos de casas arrasadas por el agua, en la noche del país surge, más fuerte que nunca, la flor de la esperanza, flor dichosa que ni las preguntas ni la tragedia arrancarán. Esperanza que devuelve la vida a la madre que lo perdió todo, al niño que vio a su mascota irse, al joven que cree que es difícil recuperar lo de antes, al anciano que siente a su país sufriendo, al hombre sin trabajo que se pregunta como sostener a su familia. Al Chile que hoy sufre.
Oremos, oremos mucho. En este tiempo de Cuaresma es necesario, y ahora más que nunca debemos orar y ayudar. Porque ellos nos necesitan.
¡Fuerza chilenos!
No hay comentarios:
Publicar un comentario