domingo, 5 de septiembre de 2010

Amo Señor tus sendas

23º domingo durante el Año - Ciclo C
Día Nacional del Migrante

Amo Señor tu sendas, y me es suave la carga
Que en mis hombros pusiste;
Pero a veces encuentro que la jornada es larga,
Que el cielo ante mis ojos de tinieblas se viste,
Que el agua del camino es amarga, es amarga,
Que se enfría este ardiente corazón que me diste;
Y una sombría y honda desolación me embarga,
Y siento el alma triste y hasta la muerte triste...

El espíritu es débil y la carne cobarde,
Lo mismo que el cansado labriego, por la tarde,
De la dura fatiga quisiera reposar...

Más entonces me miras... y se llena de estrellas,
Señor, la oscura noche; y detrás de tus huellas,
Con la cruz que llevaste, me es dulce caminar

Blanco Vega

sábado, 21 de agosto de 2010

La puerta está abierta

21º domingo durante el Año - Ciclo C

Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras se dirigía a Jerusalén, una persona le preguntó: «Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?» Él respondió: «Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán. En cuanto el dueño de casa se levante y cierre la puerta, ustedes, des de afuera, se pondrán a golpear la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”. Y él les responderá: “No sé de dónde son ustedes”. Entonces comenzarán a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas”. Pero él les dirá: “No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que hacen el mal!” Allí habrá llantos y rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes sean arrojados afuera. Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios. Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos».

Lc 13, 22-30


"Traten de entrar por la puerta estrecha..."

Entrar por la puerta, cruzar el umbral... vivir la experiencia de la fe y de la vida en plenitud.

Pero... ¿son pocos los que se salvan? La respuesta no está en números, ni siquiera es respondida directamente, sino que Cristo mismo nos entrega la clave de la salvación cristiana: el encuentro con Dios, la puerta angosta de nuestras vidas.

Ni por "pituto" llegaremos a la gloria del cielo, ni por tener "santos en la corte" obtendremos lo que queremos. Jesús es claro, gozar de la alegría eterna implica vivir la fe y la vida en plenitud, y por ende, nos exige dar el paso decisivo, lanzarnos a la aventura, cruzar el umbral de la puerta angosta.

¿Y dónde está puerta? En el corazón de Cristo se encuentra. El dintel más angosto, más difícil de superar, más escondido por encontrar; pero el más abierto a todos y todo, la puerta inclaudicable de su amor que, ni en la cruz, se cerró para acoger a quién quería recibirlo.

Caminar hacia la puerta abierta nos exige compromiso, responsabilidad con nosotros mismos, con nuestras comunidades, con el Dios de Israel y de la Iglesia que no le ha fallado nunca. Eso también apela al llamado de la segunda lectura (Heb. 12, 5-7.11-13): dejarnos corregir por Dios como un padre corrige por amor a sus hijos. Reparar el camino, quitar la piedra y seguir rumbo al corazón de aquel que acoge al mundo.

No son pocos los que se salvan, son muchos; pero Dios quiere que se salven todos. La libertad está en caminar o no, emprender el vuelo o quedarse estancado, preferir la aventura o la comodidad del sillón, la experiencia de la fe o el absurdo de una vida sin sentido trascendental.

domingo, 15 de agosto de 2010

Benditas

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María - Ciclos A, B y C
Día de la Vida Consagrada

Durante su embarazo, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas ésta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su vientre, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: “¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi vientre. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor”. María dijo entonces: “Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquéllos que lo temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre”. María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.

Lc 1, 39-56


"¡Bendita entre todas las mujeres...!"

María, la primera entre todos y todos. María, la mujer revestida de sol, revestida de gracia.

Celebrar a María asunta es celebrar la dignidad de la mujer, esa dignidad que reboza en la figura de la Madre, la más mujer entre todas las mujeres. Y es que en estos días en que se confunde la igualdad de sexos con el cambio de roles y la deconstrucción de la identidad, el Evangelio nos muestra una luz muy clara: en María se cumple el don que regala Dios a cada mujer, es en ella que se resume el valor de la maternidad y de la virginidad a la vez, en ella se devela a todas las que dieron a luz a la vida, y a las que no también.

En ella Dios encontró la acogida en un mundo machista, en ella Cristo sintió el amor que sólo una mujer puede entregar, en ella la Encarnación tiene sabor a leche, a susurro de ensueño.

María, la mujer. Y en ella, todas las mujeres son elevadas hacia un abrazo íntimo con el Creador, el Dios que nos hizo iguales en oportunidad, que nos puso uno al lado del otro para caminar y construir el Reino de todas y todos.

Sí, el Todopoderoso ha hecho maravillas, y más en esta sociedad, en donde creemos que las libertades están en horarios o espacios, y no en la equidad. En un mundo en donde hombres creemos que podemos solos y olvidamos de donde nacimos, en que el esfuerzo de ellas pasa a segundo plano por nuestro afán de protagonismo; en ese mundo el Dios de la Vida escogió a una entre todas para realizar el plan de salvación más integrador, en ella se anidó la redención, en ella Cristo reveló el verdadero valor de las mujeres.

María, madre de todas y todos nos enseñe a querer y gozar, a valorar y acoger, a denunciar y pelear por aquellas que dan la vida por completo, por aquellas que son benditas.

domingo, 23 de mayo de 2010

Espíritu de Unidad

Solemnidad de Pentecostés - Ciclo C
Clausura de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse. Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo. Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de asombro, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Con gran admiración y estupor decían: «¿Acaso estos hombres que hablan no son todos galileos? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua? Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia Menor, en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios».

Hech 2, 1-11


"Estaban todo reunidos en un mismo lugar"

domingo, 16 de mayo de 2010

Testigos

Solemnidad de la Ascención del Señor - Ciclo C
44º Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales

Jesús dijo a sus discípulos: «Así está escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto. Y Yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto». Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Los discípulos, que se habían postrado delante de Él, volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios.

Lc 24, 46-53


"Ustedes son mis testigos"

Ya han pasado cuarenta días desde que el Resucitado venció a la muerte, cuarenta días cargados de fecundidad espiritual y crecimiento en lo valórico, cuarenta días de gozo y júbilo en medio de una preparación a la efusión del Espíritu.

Y en este domingo de la Ascención del Señor al cielo nos enfrentamos a la realidad propia del cristiano: ser testigo de lo que ha vivido, misionero incansable de la fe y del amor de Dios.

En una Amércia que tiene luces y sombras, la Iglesia nos ha invitado desde Aparecida a una Misión Continental, sin barreras ni espacios de tiempo, para que recuperemos la dinámica propia de esta gran familia: dar testimonio de la presencia del Resucitado que aún sigue en medio nuestro, porque el está con nosotros hasta el fin de los tiempos.

Ser testigos es, entonces, ser consecuente con mi fe y mi actuar; es denunciar lo oscuro de la realidad, pero también anunciar las buenas noticias; es sentir con mi Iglesia, Iglesia de todos que sufre, que llora y que ríe; es amar con sencillez a todos y por todos; es acoger al que sufre y dar consuelo al desamparado; es tener la mirada en el cielo, pero con los pies bien puestos en la tierra.

La Ascención es eso: Cristo se fue para quedarse. Ni el velo de las nubes, ni la muerte, ni la vida, ni las profundidades, ni el pasado ni el futuro, nada nos separará del amor de Dios (Rm 8, 35-39)

domingo, 9 de mayo de 2010

Fieles

6º Domingo de Pascua - Ciclo C

Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió. Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho. Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman! Me han oído decir: «Me voy y volveré a ustedes». Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que Yo. Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean.

Jn 14, 23-29


"El que me ama, será fiel a mi palabra..."

La fidelidad es un don que hemos de pedir con sencillez cada día. Sí, sabemos que los buenos propósitos no bastan; que nuestras fuerzas son necesarias, pero tan frágiles... Y es que nos convoca una vocación que nos trasciende; se trata de un deseo profundo, ambicioso y valiente: queremos ser fieles como eres Tú.

Queremos ser fieles a Ti, Señor: a tu Palabra, a tu Evangelio; fieles a tu voluntad. Fieles sin complejos, fieles apasionados; hombres y mujeres santos, capaces de amar sin mezquindades.

Haznos fieles a tu vida Eucarística, entregando lo que somos y tenemos en favor de los más pobres y excluídos, luchando por un mundo más humano como tú lo has soñado desde siempre. No permitas que ni la noche ni el día, las tempestades o la calma nos distraigan de esta misión que hace arder nuestro corazón.

La fidelidad es un valor que hoy se exige en todo ámbito, es una prueba de autenticidad y coraje. Ayúdanos a vivirla desde ti, por ti y para ti. Que alcance todas nuestras relaciones humanas; nuestros compromisos afectivos, laborales, familiares, sociales...

Haznos fieles como eres Tú.

(Cristóbal Fones, SJ)

lunes, 26 de abril de 2010

Amor que renueva

5º Domingo de Pascua - Ciclo C

Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe más. Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo. Y oí una voz potente que decía desde el trono: «Esta es la carpa de Dios entre los hombres: Él habitará con ellos, ellos serán su pueblo, y el mismo Dios será con ellos su propio Dios. Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó». Y el que estaba sentado en el trono dijo: «Yo hago nuevas todas las cosas».

Apoc 21, 1-5


"Yo hago nuevas todas las cosas"

El Amor es el sello distintivo del Resucitado. Su capacidad de renovar las cosas se ha revelado poco a poco, paso a paso en esta Pascua, cambio de los hombres de la vida a la vida en Dios.

Es bella la página que hemos oído en la segunda lectura, tomada del libro del Apocalipsis: es el mismo Señor quien secará toda lágrima. No habrá muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó. Su amor ha renovado la vida del mundo y el pecado no tiene cabida en el Reino. Las desgracias huyen, el triunfo de Dios se ha convertido entonces en nuestro triunfo.

Un cielo y una tierra nueva, promesa del pueblo que camina, en donde todo pasó. La Nueva Jerusalén no es otra que la comunidad misma que se ama el uno al otro, como él los amó (Cfr. Evangelio). Su Espíritu derramado en abundancia nos da la fuerza para lograr la renovación de todo: nuevas relaciones humanas, basadas en el respeto al hombre y la mujer, en la justicia, en el cuidado de la naturaleza. En una palabra: el amor, que es el sello de Cristo Resucitado, ha de construir el mundo que necesitamos.

Se levanta un nuevo amanecer y la sociedad cambia. El corazón duro y de piedra del hombre no es el mismo de ayer: Jesús vivo entre nosotros, por medio de su Espíritu, hace nuevas todas las cosas.

domingo, 25 de abril de 2010

Pastor y rebaño

4º domingo de Pascua - Ciclo C
Jornada de Oración por las Vocaciones

Jesús dijo: Mis ovejas escuchan mi voz, Yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y Yo somos una sola cosa».

Jn 10, 27-30


"Yo les doy Vida eterna... "

La imagen del pastor que cuida a sus ovejas es el fiel reflejo del Dios de la Vida que cuida de sus hijos. Desde el inicio del pueblo de Israel hasta nuestros días, el Señor ha sido grande y fiel con nosotros, su amor perdura, su presencia permanece.

Oír la voz de Dios es sin duda la clave para el rebaño manso que está a la espera de su Señor, ese que da la vida por nosotros, Cordero y Pastor que derrama su sangre en favor de una multitud, que entrega lo mejor de sí para hacernos plenos. El Pastor es quien cuida y guía.

Por eso, hoy hace falta en nuestra Iglesia más pastores que cuiden del rebaño sagrado con la misma entrega de Cristo. Pastores que sepan anunciar las maravillas de Dios en el ruido del mundo pero que también denuncien los malos tratos, las injusticias, las manchas que ensucian y las tinieblas que oscurecen el corazón y la mente.

Pidamos a Dios en este Año Sacerdotal que envíe más pastores según su Espíritu, para que, a ejemplo del Buen Pastor, sepan dar la vida por las ovejas.

domingo, 18 de abril de 2010

¿Me amas?

3º domingo de Pascua - Ciclo C
2ª parte

Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”. Él le respondió: “Sí, Señor, Tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”. Le volvió a decir por segunda vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”. Él le respondió: “Sí, Señor, sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas”. Le preguntó por tercera vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?”. Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: “Señor, Tú lo sabes todo; sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras”. De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: “Sígueme”.

Jn 21, 15-19


"¿Me amas?... Sí, Señor"

En medio de las dificultades que pasa la Iglesia debido a los escándalos sexuales por parte de sacerdotes, aflora desde el mismo Señor la pregunta que nos vuelve a replantear: ¿Me amas?

Desde una sincera mirada, de un diálogo honesto, el Resucitado nos invita a renovar nuestro compromiso de amor para hacer nuevas todas las cosas. Cuando las heridas han marcado a los hombres y el pecado nos ha dejado en la más profunda de las miserias, sólo allí la convicción de nuestras vocaciones y el amor de verdad nos hace resurgir.

Por eso la pregunta a Pedro, para ver qué tan comprometido está con su vocación. Y es eso lo que debemos imitar ahora. Cuando muchos de nuestros sacerdotes no han respondido fielmente a su llamado, debemos hacer frente con convicción y humildad.

Sí Señor, tu sabes que te amo. La respuesta de la Iglesia debe ser segura de sí misma, porque la crisis es una oportunidad para renovar desde las entrañas al Dios de la Vida.

Pidamos por nuestra Iglesia que sufre, por los familiares de las víctimas, por los sacerdotes acusados y las autoridades eclesiásticas que los encubrieron; para que este sea el momento de acoger con humildad el llamado de la justicia y la pregunta del Señor: ¿Me amas?



¡Es el Señor!

3º Domingo de Pascua - Ciclo C

Jesús resucitado se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Sucedió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: “Voy a pescar”. Ellos le respondieron: “Vamos también nosotros”. Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada. Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: “Muchachos, ¿tienen algo para comer?”. Ellos respondieron: “No”. Él les dijo: “Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán”. Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: “¡Es el Señor!”. Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla. Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: “Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar”. Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: “Vengan a comer”. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: “¿Quién eres?”, porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.

Jn 21, 1-14


"¡Es el Señor!"

El grito de Juan nos paraliza e irrumpe en medio del silencio evangélico. La más sencilla de las exclamaciones revela lo insondable de su contenido. Su brevedad nos llega como un eco que aún tiene repercusiones.

En medio del tiempo pascual debemos ser como el discípulo amado: saber reconocer a Dios en medio de los gestos cotidianos, de la palabra sencilla, de la persona humilde. Y es que en eso se revela el Resucitado que camina junto a su Iglesia, en la austeridad que manifiesta su presencia para con nosotros.

Muchachos, ¿tiene algo que comer? El Señor no viene ofreciendo lo mejor de sí, o trayendo lo más glorioso de su persona: se muestra como el necesitado, el que pregunta, el que pide ayuda. Lo maravilloso de su identidad está allí, en la forma en que se acerca a nosotros, suave, no irrumpe en forma violenta, sin pirotecnias y espectáculos, en el silencio de nuestra historia.

Y es allí donde debe aparecer ese pequeño Juan que llevamos dentro: ¡Es el Señor! El mismo que camina sobre las aguas, el que multiplica el pan, el que calma la tempestad. Es el Señor el que le da un nuevo orden a todas las cosas, su presencia ilumina la nueva mañana, su figura conmueve e impulsa.

Con razón es que Pedro se lanzó al agua, su amor hacia Cristo no lo dejó tranquiló. De cierta forma, la experiencia con el Resucitado exige de nosotros una zambullida en las aguas de la misericordia y del Bautismo para nacer a la nueva playa donde nos espera el Señor. Lanzarse a la aventura, tomar la iniciativa, nadar con las victorias y fracasos, seguir con la certeza de algo mejor.

Es allí donde vivimos personalmente a ese Jesús cotidiano, sincero, que comparte el desayuno, que trabajo con nosotros, que enseña en la humildad más bella, en la sencillez más nuestra.

Que María, Madre del Resucitado nos de la gracia para exclamar con alegría: ¡Es el Señor!

domingo, 11 de abril de 2010

El dedo en la llaga

2º Domingo de Pascua - Ciclo C
Domingo de la Divina Misericordia

Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: « ¡Hemos visto al Señor!». Él les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré». Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: « ¡La paz esté con ustedes!». Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe». Tomás respondió: « ¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!». Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.

Jn 20, 19-31 (Fragmento)


"Acerca tu mano: métela en mi costado"

Infinita es la Misericordia de Dios para con nosotros. Su Resurrección es prueba viviente del amor que nos tiene: ha querido surgir de la tumba para darnos la vida en plenitud; no ha querido que Tomás sea un hombre incrédulo y, en un acto de piedad, le ofrece su heridas. Mira, toca. Por ellas el mundo ha sido revestido de mi amor.

La invitación en esta Pascua es dejarnos revestir por esta misericordia del Resucitado, empaparnos de su amor e irradiarlo a nuestros hermanos. El mundo necesita de una Iglesia dinámica, creyente, que muestre al Tomás contemporáneo la herida del mundo desde donde surge el clamor del Señor que ama pero que exige de nosotros ese mismo amor.

La llaga sangrante de Cristo es, justamente, la necesidad de los hombres. Pobreza, inequidad, injusticia, desesperanza, soledad, hambre, pecado. En la miseria del mundo se abre la herida del costado y el Resucitado nuevamente nos muestra: Mira, toca. ¿Acaso no soy yo? Mete tu dedo, es presencia viva, es necesidad de amor, es fuente de renovación. Ven, mete tu dedo en mi costado, el costado del mundo.

La herida sigue sangrando y el amor de Cristo nos urge (2 Cor 5, 14). Su Resurrección es dinamismo y acción, es valentía y trabajo, exige del cristiano un actuar consecuente con su fe. La llaga está abierta: vayamos a levantar al damnificado, consolar al que llora, acompañar al que está solo, dar pan al hambriento, denunciar por el no respetado, acoger al inmigrante y forastero, meter el dedo en el mismo costado sufriente del mundo.

Que la Pascua sea gozo y acción de toda nuestra Iglesia y del mundo, para que, con la ayuda de María, seamos hombres y mujeres de fe.


miércoles, 7 de abril de 2010

El Dios de la Vida


El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. Ellas encontraron removida la piedra del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas a causa de esto, se les aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que Él les decía cuando aún estaba en Galilea: ‘Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día’”. Y las mujeres recordaron sus palabras.

Lc 24, 1-8


"¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?"

El gozo de la Resurrección nos ha dejado perplejos, sorprendidos e incluso, arrebatados. Pero más fuerte es la gracia de Dios: su amor nos hace llorar de felicidad, su libertad nos impulsa a saltar de alegría, su paz nos reconforta el alma.

Y es que, en la vida, muchas veces buscamos al Señor en otros lugares. Lo deseamos, lo ansiamos, pero las búsquedas no van bien dirigidad. Creemos que el Señor está en los grandes milagros, en la parafernalia de los espectáculos, en los grandes acontecimientos que llaman nuestra atención.

Pero el Señor está en lo cotidiano, en lo sencillo y humilde, en el diario vivir. El Resucitado despliega su gracia vivificante de a poco, paso a paso. Irrumpe en el mundo con alegría, pero entra en el corazón en silencio, a través de la sonrisa que devuelve la esperanza, la mirada pura que nos limpia, el gesto que nos hace sentir amados.

Hermana muerte, ¿dónde está tu victoria? El Dios de nuestros padres ha vencido todo enemigo, le ha dado sentido a nuestra existencia, nos ha revelado que la Vida tiene la última palabra.

¿Dónde está tu victoria, muerte extraña?
¿Dónde está tu derrota, muerte amiga?
Nos llevas, te llevamos, en la entraña,
grano en tu surco, de tu surco espiga.

Juntos crecemos. Tú hacia el ocaso,
cumplida la misión que nos fecunda.
Nosotros hacia el día, por el «paso»
de tu garganta abierta. La profunda

soledad de tu abismo se ha llenado
con el grito del Dios crucificado,
con tu muerte en Su muerte redentora.

¡Victoria derrotada en Su agonía,
oh hermana temporal, vientre del Día,
umbral de los «levantes de la aurora»!

(Pedro Casaldáliga)

domingo, 4 de abril de 2010

¡Aleluya!

Pascua de Resurrección del Señor - Ciclos A, B, C.

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: El también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, Él debía resucitar de entre los muertos.

Jn 20, 1-9


"Él debía resucitar de entre los muertos"

¡El Señor ha resucitado! ¡Aleluya! Cantamos tus alabanzas.

¡Aleluya! Como una suave brisa que roza las mejillas, como un grito de júbilo, como una suave sonrisa brota desde el alma del mundo el gozo y regocijo de la Resurrección. Cristo, el Señor, vive; la tumba no lo detubo: su amor fue más fuerte que la muerte.

En este día, el mundo entero desborda de alegría, y más que nunca: Dios no está muerto, vive entre nosotros, con nosotros. Camina junto a nosotros. La certeza del cristiano vuelve a nacer, la cruz tiene sentido, nuestra vida es otra, la Historia ya no es la misma.

La naciones se llenan de la luz que emana del sepulcro vacío que descubrieron las mujeres aquella dichosa mañana. Se disipan los miedos y las tinieblas, el paso de Dios ha derribado a los soberbios, a destronado a los ricos de sus puestos, ha levantado del polvo al pobre y al hambriento.

Y es que la Buena Nueva de la Resurrección nos ha devuelto el alma al cuerpo; la noticia del triunfo de la vida nos da la esperanza y el respaldo que todo, absolutamente todo tiene un sentido. El dolor y el sufrimiento, la muerte misma no son nada ante la certeza que la última palabra la tiene el Amor, que gozamos del triunfo de Dios.

Aquel que debía resucitar de entre los muertos hoy nos regala otro tiempo de gracia: la Pascua. Un camino de júbilo y alegría como el pueblo de Israel en el Éxodo, donde él mismo enjuga nuestras lágrimas y dibuja la sonrisa que había desaparecido. Porque en Cristo resucitado el pecado ya no tiene cabida.

Alegrémonos todos, entonces, del triunfo de la Vida sobre la muerte. Empapémonos de la luz que ilumina los corazones en este tiempo Pascual para que vivamos con júbilo la fiesta de la Resurrección. Que María, flor de la Pascua, nos enseñe a creer y sonreír nuevamente.

¡Feliz Pascua de Resurrección! ¡Aleluya!

sábado, 3 de abril de 2010

Mujer del Sábado

Sábado Santo

Hoy, la Iglesia, como una viuda, llora la muerte de su Esposo. La Cruz yace solitaria en el Gólgota, la piedra está quieta tapando el sepulcro, los discípulos escondidos por miedo, el mundo en silencio. La Madre, esperando.

Las madres nunca se cansan de esperar, y menos lo hace María. La espada ha atravesado su alma, su vida y su historia; y aún así sigue esperando. Aunque las manos frías del Hijo ya no son las mismas, sigue esperando. A pesar que ha quedado sola, en compañía de uno de los doce, sigue esperando. A pesar que el mundo mató a su hijo, sigue esperando y amando.

Y es que la actitud de María nos sigue sorprendiendo. La Madre se sabe segura de su Señor. No entiende aún mucho lo que hablaba una y otra vez el Hijo amado, pero confía. Y espera.

Por eso, María es la mujer del sábado, Señora del sábado. Benedicto XVI decía que nuestra vida es un sábado prolongado, en el que la muerte y el pecado entraron, pero la resurrección plena aún no se completa. María también fue así: con una vida de sombras y luces. Pequeños chispazos que Dios entrega en su historia y que iban descubriendo, paso a paso, la voluntad del Padre.

El sábado es, por excelencia, día de la mujer que espera: de María, la madre que confía y que sigue creyendo en las promesas de su Dios. Por ello, ella goza de ser el Lucero de la Mañana; ella, la primera en anunciarnos que el nuevo día ya comienza.

Con María, debemos seguir esas actitudes de confianza y esperanzas que luchan contra las tempestades y las noches oscuras. Como ella tenemos que seguir mirando hacia el Oriente para esperar que despunte nuevamente el sol que le entregará sentido a la vida.

viernes, 2 de abril de 2010

La sed de los hombres

Viernes Santo en la Pasión del Señor - Ciclos A, B, C

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Juan (18, 1--19, 42)

"Tengo sed"

Desde los labios secos y golpeados de Jesús brota esta súplica y deseo que nos identifica tan a fondo. La sed de Cristo aún no ha sido saciada.

Todos somos sedientos, necesitados de algo, afligidos por satisfacer nuestra sequedad como personas y como sociedad. Porque el mundo sigue sufriendo hoy la sed de Dios.

El misterio de la Pasión de Jesús se sigue revelando hoy a través de la búsqueda incansable del "agua que calma todo apetito". Aquella que nos llena y reconforta, nos sacia y nos baña. En la Pasión de Jesús, el mismo Señor no hace nada más que un reflejo de la sed de agua y justicia por la que reclaman los pobres y postergados en el mundo. La sed de las naciones aún sigue.

Viernes Santo es el día, por excelencia, de unirse a través de la Cruz a el sufrimiento de los nuestros, tantos y tantas que hoy se saben "secos" por la falta de lealtad, respeto, amor. El pecado nos hace un lugar de esterilidades y sequías: el único que nos llena en plenitud es Dios.

Desde la Cruz, el Señor nos llama a un compromiso serio: saciar la sed de nuestros hermanos, que nos son más que el mismo Cristo que, clavado todavía en la cruz, sigue clamando y gimiendo. Desde la Cruz, el mundo escucha la voz del que, pudiendo saciar todo y a todos, solidariza con nuestra sed de verdad y de valores cristianos. Desde la Cruz se hace vida las palabras que un día el Maestro dijo: "Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados". Desde la Cruz el mundo sigue gritando.

Viernes Santo es el día para saciar a nuestros hermanos con la oración y la acción. Hagamos nuestra la convicción que el empeño de todos y la gracia de Dios los hará satisfacer su necesidad, donde la sociedad está cada vez, aunque no lo quiera reconocer, más sedienta del Dios de la Vida.

Unidos en la Agonía

Viernes Santo en la Pasión del Señor

Enseguida Jesús salió y fue como de costumbre al monte de los Olivos, seguido de sus discípulos. Cuando llegaron, les dijo: “Oren, para no caer en la tentación”. Después se alejó de ellos, más o menos a la distancia de un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba: “Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba. En medio de la angustia, Él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo. Después de orar se levantó, fue hacia donde estaban sus discípulos y los encontró adormecidos por la tristeza. Jesús les dijo: “¿Por qué están durmiendo? Levántense y oren para no caer en la tentación”.


En medio de la noche que envuelve al monte de los Olivos, la figura de Jesús se aprecia suavemente por la luz de la luna. Su rostro doliente y con miedo son el reflejo de su corazón. El Getsemaní se ha convertido en el lugar de la prueba, de la tentación y del temor. El huerto es ahora el lugar de la Agonía.

Al empesar esta noche la jornada de Viernes Santo comensamos uniéndonos a ese Cristo que sufre en la soledad del huerto, luchando contra sus miedos, aceptando la voluntad del Padre que se vuelve cada vez más difícil de cargar, espantando los temores de la entrega.

Junto a él, nos unimos a tantos y tantas que hoy sufren la noche más oscura de sus vidas, aquellos que viven su Getsemaní en carne propia, en donde la angustia los ataca en cada momento, donde cada segundo se hace más difícil de vivir.

Pero, en la tiniebla del Viernes Santo surge nuevamente la luz que ahuyenta todo los miedos: aceptar, ante todo, la voluntad del Padre. Enfrentarse ante el silencio de Dios y hacer nuestro lo quiere él de nosotros. Tomar el trago amargo, acogerlo, apoderarnos de él. La clave para superar la agonía no es evadirla, sino enfrentarla y aceptarla, cargarla y seguir caminando.
Oremos, en este día de luto que ya inicia, por todos nuestros hermanos que sufren y que, de cierta manera, completan con su agonía la Pasión del Señor. Por ellos y por nosotros, para que Dios nos inspire el gesto y la palabra oportuna ante el desamparo y el miedo.
Ha comensado el Viernes Santo...

jueves, 1 de abril de 2010

En la Mesa de la fraternidad

Jueves Santo en la Cena del Señor - Ciclos A, B, C
Día del sacerdocio y del amor fraterno

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, Él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin. Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que Él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura. Cuando se acercó a Simón Pedro, éste le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?» Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás». «No, le dijo Pedro, ¡Tú jamás me lavarás los pies a mí!» Jesús le respondió: «Si Yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte». «Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!» Jesús le dijo: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos». Él sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: «No todos ustedes están limpios». Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si Yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que Yo hice con ustedes».

Jn 13, 1-15


"Los amó hasta el extremo"

Jesús, cuerpo entregado y sangre derramada, imagen visible del Dios que se hace pura exposición humana. En su entrega Jesús se ha despojado de su categoría superior para volverse accesible, manso y humilde de corazón. Dios en su Hijo no mantiene distancias entre el cielo y la tierra, sino que se quita corazas y renuncia a todos los seguros.

De eso se trata la Eucaristía: amos sin medida que se hacen pan y vino, Cuerpo y Sangre para entrar en el corazón del hombre. La Eucaristía es la entrega por excelencia de aquel que ama.

Al amarnos al extremo, Jesús nos dejó un sacramento que exige de nosotros el amor y la comunión entre hermanos mismos y entre personas. Y lo hiso en una mesa, porque es allí donde la familia y la comunidad comparte su vida, sus sueños y esperanzas, sus dolores y angustias. A través de la comida el mundo se afiata más; a través del pan y el vino hombres y mujeres son más hermanos, más hijos de un mismo Padre.

Porque Eucaristía es eso. Un lugar donde el pobre tiene donde comer, donde el excluido es acogido, donde el fatigado encuentra descanso, donde los postergados son escuchados, donde todos tienen un espacio, donde todos somos hermanos, donde a nadie se le cierra las puertas, donde todos celebramos con Cristo al Dios de la Vida.

Porque nos Amó hasta el extremo mismo, hasta querer perpetuarse y traspasar las barreras del tiempo para compartir solamente un pedazo de pan y un poco de vino. Porque nos amó, y nos amó de verdad, como nunca antes alguien nos había amado. Realmente la Eucaristía es y será la Mesa de la Fraternidad.

Sepamos descubrir entonces en la Cena del Señor que Dios ha querido estar con nosotros, conmigo, contigo; porque te ha amado y porque tiene un lugar, un asiento especialmente preparado para ti.

domingo, 28 de marzo de 2010

¡Bendito el que viene!

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor - Ciclo C
25º Jornada Mundial de la Juventud

Jesús, acompañado de sus discípulos, iba camino a Jerusalén. Cuando se acercó a Betfagé y Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Vayan al pueblo que está enfrente y, al entrar, encontrarán un asno atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo; y si alguien les pregunta: «¿Por qué lo desatan?», respondan: “El Señor lo necesita”». Los enviados partieron y encontraron todo como Él les había dicho. Cuando desataron el asno, sus dueños les dijeron: «¿Por qué lo desatan?». Y ellos respondieron: «El Señor lo necesita». Luego llevaron el asno adonde estaba Jesús y, poniendo sobre él sus mantos, lo hicieron montar. Mientras Él avanzaba, la gente extendía sus mantos sobre el camino. Cuando Jesús se acercaba a la pendiente del monte de los Olivos, todos los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios en alta voz, por todos los milagros que habían visto. Y decían: «¡Bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!». Algunos fariseos que se encontraban entre la multitud le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos». Pero Él respondió: «Les aseguro que si ellos callan, gritarán las piedras».

Lc 19, 28-40

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

Los niños de Jerusalén cantan de gozo, las multitudes prorrumpen en gritos de júbilo y la gente acoge al Salvador del mundo que, hoy, entra manso y humilde en la ciudad de Sión.

Con la celebración del Domingo de Ramos iniciamos nuestra Semana Santa, días marcados por el gozo, la tragedia y el triunfo del amor sobre la muerte misma. Es en estos días donde la historia del mundo y la historia personal se resumen y encuentran un nuevo sentido: Cristo ha redimido a las ovejas.

Pero el Señor, antes que todo, entra en Jerusalén para llevar a cabo el plan de Redención. No lo hace desde la lejanía, allá donde nadie lo percibe o simplemente, no lo toman en cuenta. No. Dios ha querido entrar primero para hacerse cargo él de la salvación del pueblo.

Y así obra el Señor: sin grandes entradas fastuosas ni pirotecnias escandalosas, menos alardes de espectáculo que tratan de cautivar a los observadores. Dios entra siempre de forma sencilla para actuar en el silencio el motor del cambio. Es allí donde radica la diferencia.

El Señor entró en la vida de Israel en una humilde zarza que ardía, llamando a Moisés a la liberación del yugo egipcio. En una noche tranquila, Jesús entró en la historia en la gruta mal oliente de Belén, entre animales y pobres pastores. En un día como hoy, Cristo entró en Jerusalén; no sobre un fastuoso corcel, sino en un burrito de carga.

Y hoy, en tu historia, en nuestra historia, ¿cómo quiere entrar el Señor?

Saberlo descubrir es el desafío y la aventura. Jesús quiere entrar hoy a nuestra vida de forma silenciosa. Despacito, sin hacer escándalo, Dios se revela en la sencillez y en el actuar callado. Salgamos, pues, a su encuentro: con los ramos de la alegría y la alabanza brotando desde el corazón digámosle ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el que viene a mi historia para salvarme!

domingo, 21 de marzo de 2010

Amor que no condena

5º Domingo de Cuaresma - Ciclo C

Jesús fue al monte de los Olivos. Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a Él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles. Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y Tú, ¿qué dices?”. Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían, se enderezó y les dijo: “Aquél de ustedes que no tenga pecado, que arroje la primera piedra”. E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo. Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?”. Ella le respondió: “Nadie, Señor”. “Yo tampoco te condeno –le dijo Jesús–. Vete, no peques más en adelante”.

Jn 8, 1-11

"Yo tampoco te condeno"

El mundo simplemente no ha entendido a Dios.

Y es que el Evangelio de este quinto y último domingo de Cuaresma sigue resonando en el corazón: Jesús rompe todo estereotipo de ley y ofrece el perdón a la mujer adúltera, que cambie de vida, que no vuelva a pecar más.

Porque Dios nos ha querido revelar su amor: no quiere la muerte del pecador, sino que viva y que cambie. Y eso es lo que hace con la mujer sorprendida en adulterio.

Los letreros de juicio que imponemos a las personas tienen un peso. No somos capaces de mirar en nuestro interior y nos atrebemos incluso de apedrear al primer pecador que tenemos enfrente. Somos capaces de rechazarlo y excluirlo con tal de quedar bien ante la sociedad.

El Amor de Dios rompe toda barrera y miseria humana. Enfrenta el prejuicio humano de forma certera y precisa. En cambio, ofrece el perdón a quienes han caído, les devuelve la mirada y les da un nuevo futuro, otra oportunidad para seguir caminando y amando en la vida. Esa es la salvación que viene del Señor.

Cristo no condena, ni a mí, ni a tí, ni a nadie. Entrega su amor gratuitamente, sin pedirselo ni promocionarlo a nadie; sin grandes publicidades ni avisos comerciales, desde la sencillez de lo cotidiano, desde abajo. Y ese es el amor que salva, que da un nuevo sentido a las cosas.

Y ahora, ¿de qué lado estoy? ¿De el acusado o de los acusadores?

Dejémonos entonces cautivar por el Amor de Dios que se derrama en plenitud en el Misterio Pascual pronto a celebrar. Acogamos el don hermoso de Dios de amar y sentirnos amados.

domingo, 14 de marzo de 2010

El Retorno a Casa

4º Domingo de Cuaresma - Ciclo C

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Pero los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de herencia que me corresponde’. Y el padre les repartió sus bienes. Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida inmoral. Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones. Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. Él hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Entonces recapacitó y dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!’. Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: ‘Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros’. Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó. El joven le dijo: ‘Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo’. Pero el padre dijo a sus servidores: ‘Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado’. Y comenzó la fiesta. El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó qué significaba eso. Él le respondió: ‘Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo’. Él se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: ‘Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!’. Pero el padre le dijo: ‘Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado’”.

Lc 15, 1-3. 11-32


"Estaba muerto y está vivo, se había perdido pero lo hemos encontrado"

El Evangelio nos ofrece hoy uno de sus textos más hermosos, uno de sus pasajes más ricos en humanidad y más revelador del verdadero rostro de Dios. Pocos textos expresan, en su brevedad, una riqueza tal de situaciones humanas y una percepción tan honda de los misterios del corazón, animando a una esperanza siempre posible en el amor del Padre.

La vuelta a casa del hijo pródigo era una buena ocasión para que el padre le diera una sanción ejemplar, un castigo merecido. Pero, el padre de la parábola amaba a su hijo y sólo deseaba su vuelta; al padre le importaba más su hijo que los bienes que malgastó con escándalo y vergüenza para la familia. El retorno a casa del hijo pródigo es ocasión para que el padre le exprese todo su cariño y celebren la alegría en una fiesta.

Aquí la parábola dejó de ser “razonable”, no calza con nuestra lógica mezquina en el amor; aquí la parábola nos abre su secreto: ¡Así es Dios!. En los rasgos tiernos del padre de la parábola, Jesús nos revela el amor de Dios: así es Dios, y así actúa con los que se sienten pecadores, con los ingratos, con los que están lejos.

El Padre está esperando activamente el retorno a casa de los hijos que están lejos de sus brazos, y el abrazo del amor de Dios no es un premio para los “buenos”, sino una verdadera fiesta para los que deciden volver a casa.

En la parábola, al mostrarse Dios como Padre misericordioso, nos muestra también quiénes somos nosotros: somos sus hijos amados que le importamos más que cualquier otra cosa, y más que cualquier cosa que hayamos podido hacer.


domingo, 7 de marzo de 2010

La muerte de la higuera

3º Domingo de Cuaresma - Ciclo C

En cierta ocasión se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios. Él les respondió: “¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. ¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”. Les dijo también esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?’. Pero él respondió: ‘Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás’”.

Lc 13, 1-9

"Si no se convierten, perecerán"

En la Cuaresma se nos invita a la conversión, pero eso no es un empeño voluntarista ni un cúmulo de propósitos que uno mismo tenga que lograr. Es Dios quien nos convierte cuando lo dejamos. Es Dios quien transforma nuestras vidas y les da hondura y plenitud. Es Dios quien nos hace madurar y crecer, asumir la vida con toda su complejidad. El Dios que, infatigable, está trabajando en cada uno de nosotros…

La conversión debe ser ante todo, dejarse transformar por el viñador: cortar ramas, enderezar el tronco, abonar la tierra, quemar la maleza. Muchas veces nuestra obstinación nos ciegan ante el espíritu transformador que el Señor nos dona, muchas son las oportunidades y pocas las que aprovechamos.

La muerte de la higuera vino con la sequedad, en sí misma estaba arrugada y desolada, sin ganas de vivir. Y el alma es idéntica a la higuera, o bien la higuera es idéntica al alma: en varias ocasiones se reseca, se arruga, no tiene ganas de seguir caminando, no esboza una sonrisa o una esperanza. El alma se está muriendo.

Cuaresma es devolverle la vida a la sequedad del espíritu y del ser mismo. Dejarnos transformar por aquel que crea y recrea al mundo cada día. Poder sentir la presencia que cambia la forma de ver, sentir y obrar; dar los frutos que Dios y que el mundo esperan de cada uno. No ser exitosos y ganar gloria, sino que, sencillamente, ser fructíferos.

Que a través del recorrido cuaresmal vayamos cultivando en nosotros ese gran árbol que da sus frutos maduros al mundo y a los más necesitados. De forma especial para que la tragedia chilena nos ayude a dar de nosotros mismos para aquellos que lo perdieron todo.

jueves, 4 de marzo de 2010

La fuerza del Corazón

El país se ha movido. Otra vez la tierra nos remeció.

Las fuerzas telúricas nos han recordado nuevamente que no somos nada ante la inmensidad del mundo; que la soberbia humana termina cuando la naturaleza lo decide: porque el hombre es débil y necesita de Dios.

Pero, hay una fuerza más fuerte que la que viene de las inmensidades submarinas o de las profundidades de la tierra: es la insondable fuerza del corazón. Y es que, ante todo, nos hemos de amar como hermanos, hijo de un mismo Padre y de un mismo país.

La pregunta surge desde el alma dolida: ¿Hasta cuándo Señor? ¿Dónde estás ahora?
Como un aguijón, el cuestionamiento apuñala nuestra fe y nuestra esperanza que se pone a prueba.

Aún así, Chile sigue creyendo: el espíritu de los chilenos está todavía en pie. Porque entre hermanos nos hemos de levantar frente a la tragedia y al dolor de los nuestros. No es momento de buscar culpables y enrostrar errores, es la hora de la solidaridad, del acompañamiento, de la oración, de las ganas de seguir viviendo.

Y entre los escombros de las casas derrumbadas, entre los restos de casas arrasadas por el agua, en la noche del país surge, más fuerte que nunca, la flor de la esperanza, flor dichosa que ni las preguntas ni la tragedia arrancarán. Esperanza que devuelve la vida a la madre que lo perdió todo, al niño que vio a su mascota irse, al joven que cree que es difícil recuperar lo de antes, al anciano que siente a su país sufriendo, al hombre sin trabajo que se pregunta como sostener a su familia. Al Chile que hoy sufre.

Oremos, oremos mucho. En este tiempo de Cuaresma es necesario, y ahora más que nunca debemos orar y ayudar. Porque ellos nos necesitan.

¡Fuerza chilenos!

domingo, 28 de febrero de 2010

Transfigurados en Cristo

2º Domingo de Cuaresma - Ciclo C

Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante. Y dos hombres conversaban con Él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén. Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con Él. Mientras éstos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Él no sabía lo que decía. Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor. Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: “Éste es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo”. Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo. Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto.

Lc 9, 28-36


"Maestro, ¡qué bien estamos aquí!"

En nuestra debilidad el Señor nos hace fuertes...

Así se nos ha revelado Dios, pues sólo su Amor y su luz, sólo su vida pueden sanar las llagas que provoca el pecado en el corazón. Y es que este domingo la imagen del Jesús -hombre como todos, tentado y con hambre- se ve rasgada por la gloria que emana desde el Tabor: el Transfigurado revela su otra cara, la de un Dios que ilumina, que acoge, que manifiesta su gracia con todo su poder pero con toda su delicadeza.

Ante tanta belleza los sentidos humanos quedan atrás, el ojo y el oído sucumben ante la Gloria de Dios, sólo el corazón sabe acoger este maravilloso don; por ello, de los labios de Pedro brota la respuesta ante el gozo del encuentro con el Señor.

Jesús ha querido y quiere hoy transfigurar el dolor de cuantos sufren y agonizan, de tantos que hoy dudan el plan de Dios, de todos aquellos que no quieren entender, que no pueden ver el verdadero objetivo y rumbo de las cosas.

Porque en Cristo el dolor adquiere un nuevo sentido, transfigurados en el Señor, la prueba y la oscuridad ya no son más una carga, sino una oportunidad de crecimiento, una nueva forma de ver las cosas. Transfigurados en Cristo, la noche de la soledad y de la amargura se vuelve fortaleza y esperanza, la penumbra del cuestionamiento se ve iluminada con la luz del entendimiento y de la acogida del plan de Dios.

Pero hay que bajar... Ningún cristiano ha de vivir un Tabor eterno, sino que ha de realizarse plenamente allá abajo, donde muchos necesitan un pequeño reflejo de lo que fue la gloria de la Transfiguración: todos debemos ser luz, pero la luz sólo ha de brillas en la oscuridad, en donde el mundo no pueda ver.

La Cuaresma, tiempo de luces y sombras, de desiertos y glorias nos vaya forjando en las intenciones del Maestro transfigurado, para que el mundo sea un Tabor y los hombres y mujeres experimenten la liberación que viene de Dios.

Oremos también de forma especial por nuestro país que ha sido azotado por un fuerte terremoto, para que el Señor, que afirmó las bases del planeta, haga cesar los movimientos telúricos, ofrezca consuelo a los damnificados y esperanza a todos los chilenos.

domingo, 21 de febrero de 2010

Tiempos de Prueba

1º Domingo de Cuaresma - Ciclo C

Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. No comió nada durante esos días, y al cabo de ellos tuvo hambre. El demonio le dijo entonces: “Si tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan”. Pero Jesús le respondió: “Dice la Escritura: El hombre no vive solamente de pan”. Luego el demonio lo llevó a un lugar más alto, le mostró en un instante todos los reinos de la tierra y le dijo: “Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero. Si tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá”. Pero Jesús le respondió: “Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él solo rendirás culto”. Después el demonio lo condujo a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del Templo y le dijo: “Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: Él dará órdenes a sus ángeles para que ellos te cuiden. Y también: Ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”. Pero Jesús le respondió: “Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”. Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de Él, hasta el momento oportuno.

Lc 4, 1-13


"Jesús fue conducido al desierto.. donde fue tentado por el demonio"

Dentro del tiempo de Cuaresma la imagen del desierto es muy recurrente, y en especial este primer domingo: es la escena que perfila las características del tiempo cuaresmal y de la vida propiamente tal.

En el Evangelio, Jesús encamina sus pasos hacia el desierto para orar y ayunar. Siente que es necesario una pausa, un rehacer de lo que será su vida como enviado del Padre, un "tomar conciencia" frente a su ministerio público. Y es que las pausas son siempre buenas, dentro de lo normal de la carrera humana.

Pero también el desierto es el lugar de la prueba: la sed, la necesidad, la tentación. Aspectos propios de la vida de los hombres y mujeres en el mundo, aspectos que fueron vividos en carne propia por el mismo Señor. La sed de agua y justicia; la necesidad de pan y de Dios, la tentación al pecado y la autodependencia. El desierto es, en sí, un reflejo mismo de la miseria de las personas, consecuencia del pecado.

Ante tantas pruebas que embargan al hombre, el Señor mismo ha querido dejar huellas de su paso para alentarnos, para darnos consuelo y esperanza. En cierta forma, las dificultades de la vida son "solidarizadas" por el Dios Encarnado: Jesucristo que, siendo Señor, se hace uno de nosotros para vivir nuestra condición en todos sus aspectos, incluso en la miseria del pecado.

Es así como nace la "Penitencia" en este tiempo cuaresmal: el ayuno o la abstinencia no es un instrumento de mortificación; menos un acto masoquista que pretende corregir nuestras malas intenciones; sino mas bien como un acto de dominación de nosotros mismos que, a través de ciertas pruebas, nos va moldeando al estilo de Jesús, servidor manso y humilde de corazón, que pretende frenar los impulsos y pasiones propias del ser humano, reprimiendo al Viejo Adán que existe en nosotros, el mismo pecado que tienta el corazón para hacerlo débil al Amor de Dios.

Es por ello que las situaciones de sufrimiento, de dolor, de angustia o de soledad se convierten en "Tiempos de prueba" que deben ir templando el alma de los creyentes. La Cuaresma misma es un tiempo de prueba para modelar las entrañas mismas de la Iglesia año a año. Jesús hombre se deja tentar por el demonio, sin caer en el engaño, de tal forma que su "prueba superada" es alivio y esperanza para aquellos que viven hoy su "prueba de fe".

Que el tiempo propicio de la Cuaresma vaya haciendo de nosotros cristianos templados por el dolor o la soledad. Que los desiertos personales que cada uno vive en la cotidianidad sean instancias de cambio y reformulación; para que, descubriendo las huellas que el Señor dejo en el desierto, podamos también nosotros caminar por el mismo sendero. Que María, Madre de la Cuaresma nos acompañe en este recorrido.

viernes, 19 de febrero de 2010

Mensaje para la Cuaresma

Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Cuaresma 2010
"La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo" (Cf. Rom 3, 21-22)

Queridos hermanos y hermanas:

Cada año, con ocasión de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas. Este año quiero proponeros algunas reflexiones sobre el vasto tema de la justicia, partiendo de la afirmación paulina: «La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo» (cf. Rm 3,21-22).

Justicia: “dare cuique suum”

Me detengo, en primer lugar, en el significado de la palabra “justicia”, que en el lenguaje común implica “dar a cada uno lo suyo” - “dare cuique suum”, según la famosa expresión de Ulpiano, un jurista romano del siglo III. Sin embargo, esta clásica definición no aclara en realidad en qué consiste “lo suyo” que hay que asegurar a cada uno. Aquello de lo que el hombre tiene más necesidad no se le puede garantizar por ley. Para gozar de una existencia en plenitud, necesita algo más íntimo que se le puede conceder sólo gratuitamente: podríamos decir que el hombre vive del amor que sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle. Los bienes materiales ciertamente son útiles y necesarios (es más, Jesús mismo se preocupó de curar a los enfermos, de dar de comer a la multitud que lo seguía y sin duda condena la indiferencia que también hoy provoca la muerte de centenares de millones de seres humanos por falta de alimentos, de agua y de medicinas), pero la justicia “distributiva” no proporciona al ser humano todo “lo suyo” que le corresponde. Este, además del pan y más que el pan, necesita a Dios. Observa san Agustín: si “la justicia es la virtud que distribuye a cada uno lo suyo... no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero Dios” (De Civitate Dei, XIX, 21).

¿De dónde viene la injusticia?

El evangelista Marcos refiere las siguientes palabras de Jesús, que se sitúan en el debate de aquel tiempo sobre lo que es puro y lo que es impuro: “Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre... Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas” (Mc 7,15. 20-21). Más allá de la cuestión inmediata relativa a los alimentos, podemos ver en la reacción de los fariseos una tentación permanente del hombre: la de identificar el origen del mal en una causa exterior. Muchas de las ideologías modernas tienen, si nos fijamos bien, este presupuesto: dado que la injusticia viene “de fuera”, para que reine la justicia es suficiente con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta manera de pensar ―advierte Jesús― es ingenua y miope. La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal. Lo reconoce amargamente el salmista: “Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre” (Sal 51,7). Sí, el hombre es frágil a causa de un impulso profundo, que lo mortifica en la capacidad de entrar en comunión con el prójimo. Abierto por naturaleza al libre flujo del compartir, siente dentro de sí una extraña fuerza de gravedad que lo lleva a replegarse en sí mismo, a imponerse por encima de los demás y contra ellos: es el egoísmo, consecuencia de la culpa original. Adán y Eva, seducidos por la mentira de Satanás, aferrando el misterioso fruto en contra del mandamiento divino, sustituyeron la lógica del confiar en el Amor por la de la sospecha y la competición; la lógica del recibir, del esperar confiado los dones del Otro, por la lógica ansiosa del aferrar y del actuar por su cuenta (cf. Gn 3,1-6), experimentando como resultado un sentimiento de inquietud y de incertidumbre. ¿Cómo puede el hombre librarse de este impulso egoísta y abrirse al amor?

Justicia y Sedaqad

En el corazón de la sabiduría de Israel encontramos un vínculo profundo entre la fe en el Dios que “levanta del polvo al desvalido” (Sal 113,7) y la justicia para con el prójimo. Lo expresa bien la misma palabra que en hebreo indica la virtud de la justicia: sedaqad,. En efecto, sedaqad significa, por una parte, aceptación plena de la voluntad del Dios de Israel; por otra, equidad con el prójimo (cf. Ex 20,12-17), en especial con el pobre, el forastero, el huérfano y la viuda (cf. Dt 10,18-19). Pero los dos significados están relacionados, porque dar al pobre, para el israelita, no es otra cosa que dar a Dios, que se ha apiadado de la miseria de su pueblo, lo que le debe. No es casualidad que el don de las tablas de la Ley a Moisés, en el monte Sinaí, suceda después del paso del Mar Rojo. Es decir, escuchar la Ley presupone la fe en el Dios que ha sido el primero en “escuchar el clamor” de su pueblo y “ha bajado para librarle de la mano de los egipcios” (cf. Ex 3,8). Dios está atento al grito del desdichado y como respuesta pide que se le escuche: pide justicia con el pobre (cf. Si 4,4-5.8-9), el forastero (cf. Ex 20,22), el esclavo (cf. Dt 15,12-18). Por lo tanto, para entrar en la justicia es necesario salir de esa ilusión de autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra injusticia. En otras palabras, es necesario un “éxodo” más profundo que el que Dios obró con Moisés, una liberación del corazón, que la palabra de la Ley, por sí sola, no tiene el poder de realizar. ¿Existe, pues, esperanza de justicia para el hombre?

Cristo, justicia de Dios

El anuncio cristiano responde positivamente a la sed de justicia del hombre, como afirma el Apóstol Pablo en la Carta a los Romanos: “Ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado... por la fe en Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia (Rm 3,21-25).

¿Cuál es, pues, la justicia de Cristo? Es, ante todo, la justicia que viene de la gracia, donde no es el hombre que repara, se cura a sí mismo y a los demás. El hecho de que la “propiciación” tenga lugar en la “sangre” de Jesús significa que no son los sacrificios del hombre los que le libran del peso de las culpas, sino el gesto del amor de Dios que se abre hasta el extremo, hasta aceptar en sí mismo la “maldición” que corresponde al hombre, a fin de transmitirle en cambio la “bendición” que corresponde a Dios (cf. Ga 3,13-14). Pero esto suscita en seguida una objeción: ¿qué justicia existe dónde el justo muere en lugar del culpable y el culpable recibe en cambio la bendición que corresponde al justo? Cada uno no recibe de este modo lo contrario de “lo suyo”? En realidad, aquí se manifiesta la justicia divina, profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad.

Se entiende, entonces, como la fe no es un hecho natural, cómodo, obvio: hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo “mío”, para darme gratuitamente lo “suyo”. Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia “más grande”, que es la del amor (cf. Rm 13,8-10), la justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar.

Precisamente por la fuerza de esta experiencia, el cristiano se ve impulsado a contribuir a la formación de sociedades justas, donde todos reciban lo necesario para vivir según su propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada por el amor.

Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma culmina en el Triduo Pascual, en el que este año volveremos a celebrar la justicia divina, que es plenitud de caridad, de don y de salvación. Que este tiempo penitencial sea para todos los cristianos un tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del misterio de Cristo, que vino para cumplir toda justicia. Con estos sentimientos, os imparto a todos de corazón la bendición apostólica.

Vaticano, 30 de octubre de 2009

Benedictus PP. XVI

miércoles, 17 de febrero de 2010

Polvo somos

Miércoles de Ceniza - Ciclo C
Inicio de la Cuaresma

Jesús dijo a sus discípulos: Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre de ustedes que está en el cielo. Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan. Les aseguro que con eso, ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Mt 6, 1-6. 16-18

"Eres polvo y en polvo te convertirás" (Cfr. Gn 3, 19)

Como es tradicional todos los años, iniciamos un tiempo propicio para la preparación, para darnos una pausa en el camino y reflexionar sobre nuestra vida en torno a Cristo. La Cuaresma, espacio por excelencia para la sanación del alma, es una oportunidad que nace para aliviar nuestras inquietudes y dejar que el silencio hable en nuestras profundidades.

Hoy, Miércoles de Ceniza, iniciamos este recorrido cuaresmal con dos grandes señales que han de guiarnos por el camino de la conversión: el signo de las cenizas y los fundamentos para vivir la Cuaresma, que son Oración, Ayuno y Caridad.

Las cenizas que marcan esta jornada muchas veces son reflejos del estado de nuestras almas: marchitas, opacadas por el pecado, por el miedo, por la tristeza. Nos muestran la verdadera condición humana: somos polvo que, producto del mal, nos hemos visto opacados, abandonados en el suelo, pisoteados por la rutina y la miseria, olvidados a ratos.

Pero el polvo cuaresmal no está fuera de la memoria y del amor de Dios. A pesar de lo que somos, hemos sido amados por un Amor que supera barreras y fronteras, el Amor del Señor. El polvo de nuestras vidas, entonces, adquiere un nuevo sentido en Cristo Jesús, quien ha dado la vida por una multitud.

Y al descubrir y hacer en nuestras vidas esta realidad; pareciera que el desierto cotidiano, la ceniza que nos opaca tuvieran una forma distinta de verla, esa que nos lleva a la plenitud de lo que somos en Jesucristo.

Por otra parte, el Evangelio se parece a una carta de navegación en esta Cuaresma, que nos entrega las rutas y senderos que debemos seguir para regar el desierto del corazón: una oración profunda y secreta, una caridad humilde que no busca la admiración de los demás, un ayuno sincero y necesario, una Cuaresma vivificante, no mortificante.

El desierto de la vida, que es el camino a seguir durante este tiempo nos irá modelando al estilo de Jesús, con todas las durezas que eso implica. Y al final del camino, en la ceniza gris y opaca de este miércoles brotará la flor radiante y hermosa de la Pascua, del domingo eterno que devuelve la felicidad al mundo.

Que la Cuaresma de este año sea un tiempo de gracia para que, a través de los caminos de la oración, el ayuno y la caridad; retornemos a la Casa del Padre.