lunes, 26 de abril de 2010

Amor que renueva

5º Domingo de Pascua - Ciclo C

Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe más. Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo. Y oí una voz potente que decía desde el trono: «Esta es la carpa de Dios entre los hombres: Él habitará con ellos, ellos serán su pueblo, y el mismo Dios será con ellos su propio Dios. Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó». Y el que estaba sentado en el trono dijo: «Yo hago nuevas todas las cosas».

Apoc 21, 1-5


"Yo hago nuevas todas las cosas"

El Amor es el sello distintivo del Resucitado. Su capacidad de renovar las cosas se ha revelado poco a poco, paso a paso en esta Pascua, cambio de los hombres de la vida a la vida en Dios.

Es bella la página que hemos oído en la segunda lectura, tomada del libro del Apocalipsis: es el mismo Señor quien secará toda lágrima. No habrá muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó. Su amor ha renovado la vida del mundo y el pecado no tiene cabida en el Reino. Las desgracias huyen, el triunfo de Dios se ha convertido entonces en nuestro triunfo.

Un cielo y una tierra nueva, promesa del pueblo que camina, en donde todo pasó. La Nueva Jerusalén no es otra que la comunidad misma que se ama el uno al otro, como él los amó (Cfr. Evangelio). Su Espíritu derramado en abundancia nos da la fuerza para lograr la renovación de todo: nuevas relaciones humanas, basadas en el respeto al hombre y la mujer, en la justicia, en el cuidado de la naturaleza. En una palabra: el amor, que es el sello de Cristo Resucitado, ha de construir el mundo que necesitamos.

Se levanta un nuevo amanecer y la sociedad cambia. El corazón duro y de piedra del hombre no es el mismo de ayer: Jesús vivo entre nosotros, por medio de su Espíritu, hace nuevas todas las cosas.

domingo, 25 de abril de 2010

Pastor y rebaño

4º domingo de Pascua - Ciclo C
Jornada de Oración por las Vocaciones

Jesús dijo: Mis ovejas escuchan mi voz, Yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y Yo somos una sola cosa».

Jn 10, 27-30


"Yo les doy Vida eterna... "

La imagen del pastor que cuida a sus ovejas es el fiel reflejo del Dios de la Vida que cuida de sus hijos. Desde el inicio del pueblo de Israel hasta nuestros días, el Señor ha sido grande y fiel con nosotros, su amor perdura, su presencia permanece.

Oír la voz de Dios es sin duda la clave para el rebaño manso que está a la espera de su Señor, ese que da la vida por nosotros, Cordero y Pastor que derrama su sangre en favor de una multitud, que entrega lo mejor de sí para hacernos plenos. El Pastor es quien cuida y guía.

Por eso, hoy hace falta en nuestra Iglesia más pastores que cuiden del rebaño sagrado con la misma entrega de Cristo. Pastores que sepan anunciar las maravillas de Dios en el ruido del mundo pero que también denuncien los malos tratos, las injusticias, las manchas que ensucian y las tinieblas que oscurecen el corazón y la mente.

Pidamos a Dios en este Año Sacerdotal que envíe más pastores según su Espíritu, para que, a ejemplo del Buen Pastor, sepan dar la vida por las ovejas.

domingo, 18 de abril de 2010

¿Me amas?

3º domingo de Pascua - Ciclo C
2ª parte

Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”. Él le respondió: “Sí, Señor, Tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”. Le volvió a decir por segunda vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”. Él le respondió: “Sí, Señor, sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas”. Le preguntó por tercera vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?”. Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: “Señor, Tú lo sabes todo; sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras”. De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: “Sígueme”.

Jn 21, 15-19


"¿Me amas?... Sí, Señor"

En medio de las dificultades que pasa la Iglesia debido a los escándalos sexuales por parte de sacerdotes, aflora desde el mismo Señor la pregunta que nos vuelve a replantear: ¿Me amas?

Desde una sincera mirada, de un diálogo honesto, el Resucitado nos invita a renovar nuestro compromiso de amor para hacer nuevas todas las cosas. Cuando las heridas han marcado a los hombres y el pecado nos ha dejado en la más profunda de las miserias, sólo allí la convicción de nuestras vocaciones y el amor de verdad nos hace resurgir.

Por eso la pregunta a Pedro, para ver qué tan comprometido está con su vocación. Y es eso lo que debemos imitar ahora. Cuando muchos de nuestros sacerdotes no han respondido fielmente a su llamado, debemos hacer frente con convicción y humildad.

Sí Señor, tu sabes que te amo. La respuesta de la Iglesia debe ser segura de sí misma, porque la crisis es una oportunidad para renovar desde las entrañas al Dios de la Vida.

Pidamos por nuestra Iglesia que sufre, por los familiares de las víctimas, por los sacerdotes acusados y las autoridades eclesiásticas que los encubrieron; para que este sea el momento de acoger con humildad el llamado de la justicia y la pregunta del Señor: ¿Me amas?



¡Es el Señor!

3º Domingo de Pascua - Ciclo C

Jesús resucitado se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Sucedió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: “Voy a pescar”. Ellos le respondieron: “Vamos también nosotros”. Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada. Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: “Muchachos, ¿tienen algo para comer?”. Ellos respondieron: “No”. Él les dijo: “Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán”. Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: “¡Es el Señor!”. Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla. Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: “Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar”. Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: “Vengan a comer”. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: “¿Quién eres?”, porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.

Jn 21, 1-14


"¡Es el Señor!"

El grito de Juan nos paraliza e irrumpe en medio del silencio evangélico. La más sencilla de las exclamaciones revela lo insondable de su contenido. Su brevedad nos llega como un eco que aún tiene repercusiones.

En medio del tiempo pascual debemos ser como el discípulo amado: saber reconocer a Dios en medio de los gestos cotidianos, de la palabra sencilla, de la persona humilde. Y es que en eso se revela el Resucitado que camina junto a su Iglesia, en la austeridad que manifiesta su presencia para con nosotros.

Muchachos, ¿tiene algo que comer? El Señor no viene ofreciendo lo mejor de sí, o trayendo lo más glorioso de su persona: se muestra como el necesitado, el que pregunta, el que pide ayuda. Lo maravilloso de su identidad está allí, en la forma en que se acerca a nosotros, suave, no irrumpe en forma violenta, sin pirotecnias y espectáculos, en el silencio de nuestra historia.

Y es allí donde debe aparecer ese pequeño Juan que llevamos dentro: ¡Es el Señor! El mismo que camina sobre las aguas, el que multiplica el pan, el que calma la tempestad. Es el Señor el que le da un nuevo orden a todas las cosas, su presencia ilumina la nueva mañana, su figura conmueve e impulsa.

Con razón es que Pedro se lanzó al agua, su amor hacia Cristo no lo dejó tranquiló. De cierta forma, la experiencia con el Resucitado exige de nosotros una zambullida en las aguas de la misericordia y del Bautismo para nacer a la nueva playa donde nos espera el Señor. Lanzarse a la aventura, tomar la iniciativa, nadar con las victorias y fracasos, seguir con la certeza de algo mejor.

Es allí donde vivimos personalmente a ese Jesús cotidiano, sincero, que comparte el desayuno, que trabajo con nosotros, que enseña en la humildad más bella, en la sencillez más nuestra.

Que María, Madre del Resucitado nos de la gracia para exclamar con alegría: ¡Es el Señor!

domingo, 11 de abril de 2010

El dedo en la llaga

2º Domingo de Pascua - Ciclo C
Domingo de la Divina Misericordia

Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: « ¡Hemos visto al Señor!». Él les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré». Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: « ¡La paz esté con ustedes!». Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe». Tomás respondió: « ¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!». Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.

Jn 20, 19-31 (Fragmento)


"Acerca tu mano: métela en mi costado"

Infinita es la Misericordia de Dios para con nosotros. Su Resurrección es prueba viviente del amor que nos tiene: ha querido surgir de la tumba para darnos la vida en plenitud; no ha querido que Tomás sea un hombre incrédulo y, en un acto de piedad, le ofrece su heridas. Mira, toca. Por ellas el mundo ha sido revestido de mi amor.

La invitación en esta Pascua es dejarnos revestir por esta misericordia del Resucitado, empaparnos de su amor e irradiarlo a nuestros hermanos. El mundo necesita de una Iglesia dinámica, creyente, que muestre al Tomás contemporáneo la herida del mundo desde donde surge el clamor del Señor que ama pero que exige de nosotros ese mismo amor.

La llaga sangrante de Cristo es, justamente, la necesidad de los hombres. Pobreza, inequidad, injusticia, desesperanza, soledad, hambre, pecado. En la miseria del mundo se abre la herida del costado y el Resucitado nuevamente nos muestra: Mira, toca. ¿Acaso no soy yo? Mete tu dedo, es presencia viva, es necesidad de amor, es fuente de renovación. Ven, mete tu dedo en mi costado, el costado del mundo.

La herida sigue sangrando y el amor de Cristo nos urge (2 Cor 5, 14). Su Resurrección es dinamismo y acción, es valentía y trabajo, exige del cristiano un actuar consecuente con su fe. La llaga está abierta: vayamos a levantar al damnificado, consolar al que llora, acompañar al que está solo, dar pan al hambriento, denunciar por el no respetado, acoger al inmigrante y forastero, meter el dedo en el mismo costado sufriente del mundo.

Que la Pascua sea gozo y acción de toda nuestra Iglesia y del mundo, para que, con la ayuda de María, seamos hombres y mujeres de fe.


miércoles, 7 de abril de 2010

El Dios de la Vida


El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. Ellas encontraron removida la piedra del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas a causa de esto, se les aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que Él les decía cuando aún estaba en Galilea: ‘Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día’”. Y las mujeres recordaron sus palabras.

Lc 24, 1-8


"¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?"

El gozo de la Resurrección nos ha dejado perplejos, sorprendidos e incluso, arrebatados. Pero más fuerte es la gracia de Dios: su amor nos hace llorar de felicidad, su libertad nos impulsa a saltar de alegría, su paz nos reconforta el alma.

Y es que, en la vida, muchas veces buscamos al Señor en otros lugares. Lo deseamos, lo ansiamos, pero las búsquedas no van bien dirigidad. Creemos que el Señor está en los grandes milagros, en la parafernalia de los espectáculos, en los grandes acontecimientos que llaman nuestra atención.

Pero el Señor está en lo cotidiano, en lo sencillo y humilde, en el diario vivir. El Resucitado despliega su gracia vivificante de a poco, paso a paso. Irrumpe en el mundo con alegría, pero entra en el corazón en silencio, a través de la sonrisa que devuelve la esperanza, la mirada pura que nos limpia, el gesto que nos hace sentir amados.

Hermana muerte, ¿dónde está tu victoria? El Dios de nuestros padres ha vencido todo enemigo, le ha dado sentido a nuestra existencia, nos ha revelado que la Vida tiene la última palabra.

¿Dónde está tu victoria, muerte extraña?
¿Dónde está tu derrota, muerte amiga?
Nos llevas, te llevamos, en la entraña,
grano en tu surco, de tu surco espiga.

Juntos crecemos. Tú hacia el ocaso,
cumplida la misión que nos fecunda.
Nosotros hacia el día, por el «paso»
de tu garganta abierta. La profunda

soledad de tu abismo se ha llenado
con el grito del Dios crucificado,
con tu muerte en Su muerte redentora.

¡Victoria derrotada en Su agonía,
oh hermana temporal, vientre del Día,
umbral de los «levantes de la aurora»!

(Pedro Casaldáliga)

domingo, 4 de abril de 2010

¡Aleluya!

Pascua de Resurrección del Señor - Ciclos A, B, C.

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: El también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, Él debía resucitar de entre los muertos.

Jn 20, 1-9


"Él debía resucitar de entre los muertos"

¡El Señor ha resucitado! ¡Aleluya! Cantamos tus alabanzas.

¡Aleluya! Como una suave brisa que roza las mejillas, como un grito de júbilo, como una suave sonrisa brota desde el alma del mundo el gozo y regocijo de la Resurrección. Cristo, el Señor, vive; la tumba no lo detubo: su amor fue más fuerte que la muerte.

En este día, el mundo entero desborda de alegría, y más que nunca: Dios no está muerto, vive entre nosotros, con nosotros. Camina junto a nosotros. La certeza del cristiano vuelve a nacer, la cruz tiene sentido, nuestra vida es otra, la Historia ya no es la misma.

La naciones se llenan de la luz que emana del sepulcro vacío que descubrieron las mujeres aquella dichosa mañana. Se disipan los miedos y las tinieblas, el paso de Dios ha derribado a los soberbios, a destronado a los ricos de sus puestos, ha levantado del polvo al pobre y al hambriento.

Y es que la Buena Nueva de la Resurrección nos ha devuelto el alma al cuerpo; la noticia del triunfo de la vida nos da la esperanza y el respaldo que todo, absolutamente todo tiene un sentido. El dolor y el sufrimiento, la muerte misma no son nada ante la certeza que la última palabra la tiene el Amor, que gozamos del triunfo de Dios.

Aquel que debía resucitar de entre los muertos hoy nos regala otro tiempo de gracia: la Pascua. Un camino de júbilo y alegría como el pueblo de Israel en el Éxodo, donde él mismo enjuga nuestras lágrimas y dibuja la sonrisa que había desaparecido. Porque en Cristo resucitado el pecado ya no tiene cabida.

Alegrémonos todos, entonces, del triunfo de la Vida sobre la muerte. Empapémonos de la luz que ilumina los corazones en este tiempo Pascual para que vivamos con júbilo la fiesta de la Resurrección. Que María, flor de la Pascua, nos enseñe a creer y sonreír nuevamente.

¡Feliz Pascua de Resurrección! ¡Aleluya!

sábado, 3 de abril de 2010

Mujer del Sábado

Sábado Santo

Hoy, la Iglesia, como una viuda, llora la muerte de su Esposo. La Cruz yace solitaria en el Gólgota, la piedra está quieta tapando el sepulcro, los discípulos escondidos por miedo, el mundo en silencio. La Madre, esperando.

Las madres nunca se cansan de esperar, y menos lo hace María. La espada ha atravesado su alma, su vida y su historia; y aún así sigue esperando. Aunque las manos frías del Hijo ya no son las mismas, sigue esperando. A pesar que ha quedado sola, en compañía de uno de los doce, sigue esperando. A pesar que el mundo mató a su hijo, sigue esperando y amando.

Y es que la actitud de María nos sigue sorprendiendo. La Madre se sabe segura de su Señor. No entiende aún mucho lo que hablaba una y otra vez el Hijo amado, pero confía. Y espera.

Por eso, María es la mujer del sábado, Señora del sábado. Benedicto XVI decía que nuestra vida es un sábado prolongado, en el que la muerte y el pecado entraron, pero la resurrección plena aún no se completa. María también fue así: con una vida de sombras y luces. Pequeños chispazos que Dios entrega en su historia y que iban descubriendo, paso a paso, la voluntad del Padre.

El sábado es, por excelencia, día de la mujer que espera: de María, la madre que confía y que sigue creyendo en las promesas de su Dios. Por ello, ella goza de ser el Lucero de la Mañana; ella, la primera en anunciarnos que el nuevo día ya comienza.

Con María, debemos seguir esas actitudes de confianza y esperanzas que luchan contra las tempestades y las noches oscuras. Como ella tenemos que seguir mirando hacia el Oriente para esperar que despunte nuevamente el sol que le entregará sentido a la vida.

viernes, 2 de abril de 2010

La sed de los hombres

Viernes Santo en la Pasión del Señor - Ciclos A, B, C

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Juan (18, 1--19, 42)

"Tengo sed"

Desde los labios secos y golpeados de Jesús brota esta súplica y deseo que nos identifica tan a fondo. La sed de Cristo aún no ha sido saciada.

Todos somos sedientos, necesitados de algo, afligidos por satisfacer nuestra sequedad como personas y como sociedad. Porque el mundo sigue sufriendo hoy la sed de Dios.

El misterio de la Pasión de Jesús se sigue revelando hoy a través de la búsqueda incansable del "agua que calma todo apetito". Aquella que nos llena y reconforta, nos sacia y nos baña. En la Pasión de Jesús, el mismo Señor no hace nada más que un reflejo de la sed de agua y justicia por la que reclaman los pobres y postergados en el mundo. La sed de las naciones aún sigue.

Viernes Santo es el día, por excelencia, de unirse a través de la Cruz a el sufrimiento de los nuestros, tantos y tantas que hoy se saben "secos" por la falta de lealtad, respeto, amor. El pecado nos hace un lugar de esterilidades y sequías: el único que nos llena en plenitud es Dios.

Desde la Cruz, el Señor nos llama a un compromiso serio: saciar la sed de nuestros hermanos, que nos son más que el mismo Cristo que, clavado todavía en la cruz, sigue clamando y gimiendo. Desde la Cruz, el mundo escucha la voz del que, pudiendo saciar todo y a todos, solidariza con nuestra sed de verdad y de valores cristianos. Desde la Cruz se hace vida las palabras que un día el Maestro dijo: "Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados". Desde la Cruz el mundo sigue gritando.

Viernes Santo es el día para saciar a nuestros hermanos con la oración y la acción. Hagamos nuestra la convicción que el empeño de todos y la gracia de Dios los hará satisfacer su necesidad, donde la sociedad está cada vez, aunque no lo quiera reconocer, más sedienta del Dios de la Vida.

Unidos en la Agonía

Viernes Santo en la Pasión del Señor

Enseguida Jesús salió y fue como de costumbre al monte de los Olivos, seguido de sus discípulos. Cuando llegaron, les dijo: “Oren, para no caer en la tentación”. Después se alejó de ellos, más o menos a la distancia de un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba: “Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba. En medio de la angustia, Él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo. Después de orar se levantó, fue hacia donde estaban sus discípulos y los encontró adormecidos por la tristeza. Jesús les dijo: “¿Por qué están durmiendo? Levántense y oren para no caer en la tentación”.


En medio de la noche que envuelve al monte de los Olivos, la figura de Jesús se aprecia suavemente por la luz de la luna. Su rostro doliente y con miedo son el reflejo de su corazón. El Getsemaní se ha convertido en el lugar de la prueba, de la tentación y del temor. El huerto es ahora el lugar de la Agonía.

Al empesar esta noche la jornada de Viernes Santo comensamos uniéndonos a ese Cristo que sufre en la soledad del huerto, luchando contra sus miedos, aceptando la voluntad del Padre que se vuelve cada vez más difícil de cargar, espantando los temores de la entrega.

Junto a él, nos unimos a tantos y tantas que hoy sufren la noche más oscura de sus vidas, aquellos que viven su Getsemaní en carne propia, en donde la angustia los ataca en cada momento, donde cada segundo se hace más difícil de vivir.

Pero, en la tiniebla del Viernes Santo surge nuevamente la luz que ahuyenta todo los miedos: aceptar, ante todo, la voluntad del Padre. Enfrentarse ante el silencio de Dios y hacer nuestro lo quiere él de nosotros. Tomar el trago amargo, acogerlo, apoderarnos de él. La clave para superar la agonía no es evadirla, sino enfrentarla y aceptarla, cargarla y seguir caminando.
Oremos, en este día de luto que ya inicia, por todos nuestros hermanos que sufren y que, de cierta manera, completan con su agonía la Pasión del Señor. Por ellos y por nosotros, para que Dios nos inspire el gesto y la palabra oportuna ante el desamparo y el miedo.
Ha comensado el Viernes Santo...

jueves, 1 de abril de 2010

En la Mesa de la fraternidad

Jueves Santo en la Cena del Señor - Ciclos A, B, C
Día del sacerdocio y del amor fraterno

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, Él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin. Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que Él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura. Cuando se acercó a Simón Pedro, éste le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?» Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás». «No, le dijo Pedro, ¡Tú jamás me lavarás los pies a mí!» Jesús le respondió: «Si Yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte». «Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!» Jesús le dijo: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos». Él sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: «No todos ustedes están limpios». Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si Yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que Yo hice con ustedes».

Jn 13, 1-15


"Los amó hasta el extremo"

Jesús, cuerpo entregado y sangre derramada, imagen visible del Dios que se hace pura exposición humana. En su entrega Jesús se ha despojado de su categoría superior para volverse accesible, manso y humilde de corazón. Dios en su Hijo no mantiene distancias entre el cielo y la tierra, sino que se quita corazas y renuncia a todos los seguros.

De eso se trata la Eucaristía: amos sin medida que se hacen pan y vino, Cuerpo y Sangre para entrar en el corazón del hombre. La Eucaristía es la entrega por excelencia de aquel que ama.

Al amarnos al extremo, Jesús nos dejó un sacramento que exige de nosotros el amor y la comunión entre hermanos mismos y entre personas. Y lo hiso en una mesa, porque es allí donde la familia y la comunidad comparte su vida, sus sueños y esperanzas, sus dolores y angustias. A través de la comida el mundo se afiata más; a través del pan y el vino hombres y mujeres son más hermanos, más hijos de un mismo Padre.

Porque Eucaristía es eso. Un lugar donde el pobre tiene donde comer, donde el excluido es acogido, donde el fatigado encuentra descanso, donde los postergados son escuchados, donde todos tienen un espacio, donde todos somos hermanos, donde a nadie se le cierra las puertas, donde todos celebramos con Cristo al Dios de la Vida.

Porque nos Amó hasta el extremo mismo, hasta querer perpetuarse y traspasar las barreras del tiempo para compartir solamente un pedazo de pan y un poco de vino. Porque nos amó, y nos amó de verdad, como nunca antes alguien nos había amado. Realmente la Eucaristía es y será la Mesa de la Fraternidad.

Sepamos descubrir entonces en la Cena del Señor que Dios ha querido estar con nosotros, conmigo, contigo; porque te ha amado y porque tiene un lugar, un asiento especialmente preparado para ti.