sábado, 3 de abril de 2010

Mujer del Sábado

Sábado Santo

Hoy, la Iglesia, como una viuda, llora la muerte de su Esposo. La Cruz yace solitaria en el Gólgota, la piedra está quieta tapando el sepulcro, los discípulos escondidos por miedo, el mundo en silencio. La Madre, esperando.

Las madres nunca se cansan de esperar, y menos lo hace María. La espada ha atravesado su alma, su vida y su historia; y aún así sigue esperando. Aunque las manos frías del Hijo ya no son las mismas, sigue esperando. A pesar que ha quedado sola, en compañía de uno de los doce, sigue esperando. A pesar que el mundo mató a su hijo, sigue esperando y amando.

Y es que la actitud de María nos sigue sorprendiendo. La Madre se sabe segura de su Señor. No entiende aún mucho lo que hablaba una y otra vez el Hijo amado, pero confía. Y espera.

Por eso, María es la mujer del sábado, Señora del sábado. Benedicto XVI decía que nuestra vida es un sábado prolongado, en el que la muerte y el pecado entraron, pero la resurrección plena aún no se completa. María también fue así: con una vida de sombras y luces. Pequeños chispazos que Dios entrega en su historia y que iban descubriendo, paso a paso, la voluntad del Padre.

El sábado es, por excelencia, día de la mujer que espera: de María, la madre que confía y que sigue creyendo en las promesas de su Dios. Por ello, ella goza de ser el Lucero de la Mañana; ella, la primera en anunciarnos que el nuevo día ya comienza.

Con María, debemos seguir esas actitudes de confianza y esperanzas que luchan contra las tempestades y las noches oscuras. Como ella tenemos que seguir mirando hacia el Oriente para esperar que despunte nuevamente el sol que le entregará sentido a la vida.

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