sábado, 26 de diciembre de 2009

Vacaciones


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viernes, 25 de diciembre de 2009

El Verbo se hizo Carne

Natividad de Nuestro Señor Jesucristo - Ciclos A, B, C.
Misa del día - Jn 1, 1-18

Nuestro barro brilla luminoso,
nuestra carne canta estremecida;
nuestra historia no es irreparable,
nuestra muerte no es definitiva.

El Verbo se hizo Carne,
puso su morada entre nosotros.
Jesús, Señor, el Emmanuel;
tu amor salva nuestra vida.

Nuestras penas encuentran tu consuelo;
nuestra soledad, tu compañía.
Tu perdón funde mi pecado,
tu ternura sana las heridas.

Nuestra búsqueda tiene su horizonte,
nuestro anhelo se llena de esperanza;
nuestros sueños encierran mil promesas,
se sacian los deseos y se ensanchan.


"El verbo se hizo carne", Cristóbal Fones SJ "Tejido a Tierra", 2008

jueves, 24 de diciembre de 2009

¡Un niño nos ha nacido!

Natividad de Nuestro Señor Jesucristo - Ciclo A, B, C.
Misa de Medianoche

Apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen. José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada. Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque donde se alojaban no había lugar para ellos. En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: "No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre". Y junto con el Ángel apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: "¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres amador por Él!".

Lc 2, 1-14

"María dio a luz a su Hijo primogénito..."

El anuncio del Nacimiento del Señor llega a nosotros como una suave melodía que seduce nuestros oídos, suaviza el alma, devuelve la calma al inquieto corazón: el Dios de la Vida ha nacido con nosotros, como nosotros, entre nosotros.

Porque de eso se trata esta gozosa festividad: de descubrir como el Misterio de la Encarnación acontecido hace dos mil años se actualiza nuevamente, emanando de diversas formas la misma gracia que cubrió esa noche al orbe entero.

Ante la suavidad de la brisa nocturna, entre piedras, establos oscuros, animales y pasto seco ha nacido el Salvador: Cristo, revestido de nuestra condición humana, ha querido, desde nuestra fragilidad, hacernos fuertes en el caminar. Porque, despojándose de su riqueza, se hace humilde para enriquecer nuestra pobreza; arrebatándose de su grandeza, se vuelve pequeño, para hacernos ver que nuestra soberbia no es nada, que nuestro egoísmo es posible cambiarlo, que un mundo nuevo si es posible.

¡Un niño nos ha nacido! De esta forma exulta de júbilo el profeta Isaías: porque el Señor ha corrido el velo que lo cubría, ha dejado aparte su ser para venir a nuestro encuentro: Emmanuel, Dios con nosotros, ha nacido para salvarnos desde abajo.

Llenémonos, pues, de la alegría de la Navidad, fiesta gozosa de la luz y del amor verdadero que brota desde la gruta de Belén; en donde la humildad y el afecto por el prójimo sobrepasan el materialismo que abundan en estas fiestas.

Que María, la madre y mujer que guardaba todo en su corazón, nos enseñe a encontrar y sentir el verdadero carisma de la Natividad: Jesús, niño humilde, ha venido para salvarnos.

Que el Señor nos bendiga a todos nosotros, nuestras familias y al mundo entero
¡Feliz Navidad!

domingo, 20 de diciembre de 2009

Portadoras de la Esperanza

4º domingo de Adviento - Ciclo C

Durante su embarazo, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas ésta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su vientre, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi vientre. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor».

Lc 1, 39-45

"Feliz de ti por haber creído..."

A menos de una semana para celebrar la Natividad del Señor, los textos de ese último domingo de Adviento nos proponen la alegría de creer, de saber que las certezas hoy son seguridades que vienen raudas a la vida.

Y la escena de estas dos mujeres es clave para entender la espera que llevamos a cabo en este tiempo: María, la mujer que lleva en su vientre al Esperado de los tiempos, corre a ver a su prima Isabel; comparte con ella la alegría de la Encarnación del Salvador, juntas celebran el don de la Vida y de la redención que Dios ha puesto en su camino.

Es aquí donde estas dos mujeres encintas se convierten en verdaderas Portadoras de la Esperanza, Templos vivos de la gracia que el Señor irradia a la humanidad. Desde sus fecundas entrañas brotan el grito en medio del desierto y el león de la tribu de Judá, Juan y Jesús: el uno que prepara el camino del otro.

Pero, ante la efervescencia de la escena hay una invitación más importante aún: el creer, el don de la fe. Porque de nada serviría el gozo sin tener respaldo, el júbilo sin tener convicciones. Por ello, María e Isabel son ejemplo de mujeres y madres que creen que Dios se acordó de nosotros, que el Señor no nos abandonó y que viene en nuestro auxilio.

Ante la proximidad de la Navidad debemos cuestionarnos el cómo recibiremos esta festividad: tal vez pasará en vano, o bien puede que el consumismo y el materialismo existente en estas fechas nos hagan ciegos al amor regalo que nos ofrece el Señor: su Hijo.

Que María e Isabel, Portadoras de la Esperanza, nos enseñen a valorar lo importante que es celebrar en Cristo Jesús la vida y la salvación verdadera.

domingo, 13 de diciembre de 2009

El que ama, celebra

3º domingo de Adviento - Ciclo C

Dios dirigió su palabra a Juan Bautista, el hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. Éste comenzó a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. La gente le preguntaba: «¿Qué debemos hacer entonces?» Él les respondía: «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga qué comer, haga otro tanto». Algunos publicanos vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos hacer?» Él les respondió: «No exijan más de lo estipulado». A su vez, unos soldados le preguntaron: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?» Juan les respondió: «No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo». Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, él tomó la palabra y les dijo a todos: «Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; Él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era y recoger el trigo en su granero. Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible». Y por medio de muchas otras exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Noticia.

Lc 3, 2-3. 10-18

"¿Qué debemos hacer entonces?"

La pregunta de la multitud convocada por el Precursor sigue hoy repitiéndose en cada labio de la gente ante la propuesta de un cambio, de conversión.

Y la pregunta también la hacemos nosotros en este tiempo de Adviento, donde a muchos se nos hace difícil preparar la venida de alguien muy importante. Pero la respuesta no las entrega el Bautista de forma inmediata: la caridad.

Hoy, tercer domingo de Adviento, es conocido como el domingo del Gaudete: alégrense, regocíjense. Y es que San Pablo nos repite una y otra vez: Alégrense siempre en el Señor (Fil 4, 4). Porque la preparación a la Natividad debe ser con alegría y gozo, con la certeza de la venida, con la convicción que vendrán días mejores.

Pero, ante tal preparación, debemos acudir de forma obligatoria a la labor que, por excelencia, va a disponer nuestros corazones a los futuros acontecimientos: el Amor. Y es justamente lo que nos dice Juan el Bautista desde el desierto, que lo que tenemos por montones démoslo al que nada tiene, que nuestros abusos se conviertan en actos caritativos, que no levantemos mentiras en favor nuestro.

Por ello, al amar de forma sincera y actuar honestamente, brota desde el alma esa capacidad de celebrar a la que se nos invita esta Navidad, como un gozo que estremece nuestras entrañas y que reanima la sequedad del espíritu; allí es donde germina la verdadera alegría, esa que nunca se acaba, esa que sigue esperando lo que vendrá, esa que cree y que vigila días y noches, esa que no se agota por cualquier cosa, esa que nos impulsa con certeza y seguridad.

Ante un mundo colmado de noticias lamentables caras tristes es necesario que brote desde nuestra Iglesia esa fuerza renovada de la alegría en el amor sincero y en el sano compartir.

Pidamos al Señor que nos regale la gracia de celebrar alegremente esta Navidad, colmada de bendiciones y gracias para nuestras familias. También, de forma especial, oremos por nuestro país que vive este día un primer proceso eleccionario, para que las votaciones se desarrollen de forma transparente y con un buen discernimiento anterior. Que María, la mujer alegre en el Señor nos acompañe.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Allanar los Caminos

2º domingo de Adviento - Ciclo C

El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás, Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. Éste comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías: «Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos. Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos. Entonces, todos los hombres verán la Salvación de Dios».

Lc 3, 1-6

"Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos."

El Adviento no es tan sólo esperar, sino también preparar y convocar, eliminar y ornamentar, ponernos en disposición para recibir al Esperado de los tiempos.

Bien lo grita Juan en el desierto, como un león que ruge al pueblo sordo por la soberbia y la tibieza del corazón: "¡Allanen los senderos del Señor, los valles serán rellenados y las montañas aplanadas!" Y el eco impactante de ese grito hace dos mil años sigue abatiendo nuestras mejillas y conciencias, como una gran cachetada que abre nuestros ojos ante la realidad del corazón.

La convocatoria nos provoca una suerte de "cargo de conciencia". Miramos hacia atrás y vemos cuanta gente hemos botado en el camino para llegar al lugar donde estamos: esos son los valles profundos del alma que hay que rellenar con perdón y entrega verdadera. Y qué decir de nuestras montañas: moles soberbias de egoísmo y avaricia, llenas de mentiras y desintereses por los demás; casi imposibles de mover, ancladas en la profundidad de nuestro ser.

Pero el Adviento es para eso, para tomar la escoba del amor y barrer el polvo del olvido que nos ha dormido por mucho tiempo, para ponernos las sandalias y caminar los montes que han hecho de nuestra vida un camino agobiante y encumbrado. Porque la Navidad no puede llegar sin limpiar antes la casa del alma y sin aplastar los obstáculos que llevan por los caminos del corazón.

Pidamos al Señor que este tiempo de gracia sea aprovechado en lo profundo de cada uno; que el llamada de Juan el Bautista siga resonando hondo en nuestro interior para preparar los senderos que nos llevan al Dios de la Vida.