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Escuchando el susurro de tu voz...
Natividad de Nuestro Señor Jesucristo - Ciclos A, B, C.
Natividad de Nuestro Señor Jesucristo - Ciclo A, B, C."María dio a luz a su Hijo primogénito..."
El anuncio del Nacimiento del Señor llega a nosotros como una suave melodía que seduce nuestros oídos, suaviza el alma, devuelve la calma al inquieto corazón: el Dios de la Vida ha nacido con nosotros, como nosotros, entre nosotros.
4º domingo de Adviento - Ciclo CLc 1, 39-45
"Feliz de ti por haber creído..."
A menos de una semana para celebrar la Natividad del Señor, los textos de ese último domingo de Adviento nos proponen la alegría de creer, de saber que las certezas hoy son seguridades que vienen raudas a la vida.
Y la escena de estas dos mujeres es clave para entender la espera que llevamos a cabo en este tiempo: María, la mujer que lleva en su vientre al Esperado de los tiempos, corre a ver a su prima Isabel; comparte con ella la alegría de la Encarnación del Salvador, juntas celebran el don de la Vida y de la redención que Dios ha puesto en su camino.
Es aquí donde estas dos mujeres encintas se convierten en verdaderas Portadoras de la Esperanza, Templos vivos de la gracia que el Señor irradia a la humanidad. Desde sus fecundas entrañas brotan el grito en medio del desierto y el león de la tribu de Judá, Juan y Jesús: el uno que prepara el camino del otro.
Pero, ante la efervescencia de la escena hay una invitación más importante aún: el creer, el don de la fe. Porque de nada serviría el gozo sin tener respaldo, el júbilo sin tener convicciones. Por ello, María e Isabel son ejemplo de mujeres y madres que creen que Dios se acordó de nosotros, que el Señor no nos abandonó y que viene en nuestro auxilio.
Ante la proximidad de la Navidad debemos cuestionarnos el cómo recibiremos esta festividad: tal vez pasará en vano, o bien puede que el consumismo y el materialismo existente en estas fechas nos hagan ciegos al amor regalo que nos ofrece el Señor: su Hijo.
Que María e Isabel, Portadoras de la Esperanza, nos enseñen a valorar lo importante que es celebrar en Cristo Jesús la vida y la salvación verdadera.
3º domingo de Adviento - Ciclo CLc 3, 2-3. 10-18
"¿Qué debemos hacer entonces?"
La pregunta de la multitud convocada por el Precursor sigue hoy repitiéndose en cada labio de la gente ante la propuesta de un cambio, de conversión.
Y la pregunta también la hacemos nosotros en este tiempo de Adviento, donde a muchos se nos hace difícil preparar la venida de alguien muy importante. Pero la respuesta no las entrega el Bautista de forma inmediata: la caridad.
Hoy, tercer domingo de Adviento, es conocido como el domingo del Gaudete: alégrense, regocíjense. Y es que San Pablo nos repite una y otra vez: Alégrense siempre en el Señor (Fil 4, 4). Porque la preparación a la Natividad debe ser con alegría y gozo, con la certeza de la venida, con la convicción que vendrán días mejores.
Pero, ante tal preparación, debemos acudir de forma obligatoria a la labor que, por excelencia, va a disponer nuestros corazones a los futuros acontecimientos: el Amor. Y es justamente lo que nos dice Juan el Bautista desde el desierto, que lo que tenemos por montones démoslo al que nada tiene, que nuestros abusos se conviertan en actos caritativos, que no levantemos mentiras en favor nuestro.
Por ello, al amar de forma sincera y actuar honestamente, brota desde el alma esa capacidad de celebrar a la que se nos invita esta Navidad, como un gozo que estremece nuestras entrañas y que reanima la sequedad del espíritu; allí es donde germina la verdadera alegría, esa que nunca se acaba, esa que sigue esperando lo que vendrá, esa que cree y que vigila días y noches, esa que no se agota por cualquier cosa, esa que nos impulsa con certeza y seguridad.
Ante un mundo colmado de noticias lamentables caras tristes es necesario que brote desde nuestra Iglesia esa fuerza renovada de la alegría en el amor sincero y en el sano compartir.
Pidamos al Señor que nos regale la gracia de celebrar alegremente esta Navidad, colmada de bendiciones y gracias para nuestras familias. También, de forma especial, oremos por nuestro país que vive este día un primer proceso eleccionario, para que las votaciones se desarrollen de forma transparente y con un buen discernimiento anterior. Que María, la mujer alegre en el Señor nos acompañe.
2º domingo de Adviento - Ciclo CLc 3, 1-6
"Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos."
El Adviento no es tan sólo esperar, sino también preparar y convocar, eliminar y ornamentar, ponernos en disposición para recibir al Esperado de los tiempos.
Bien lo grita Juan en el desierto, como un león que ruge al pueblo sordo por la soberbia y la tibieza del corazón: "¡Allanen los senderos del Señor, los valles serán rellenados y las montañas aplanadas!" Y el eco impactante de ese grito hace dos mil años sigue abatiendo nuestras mejillas y conciencias, como una gran cachetada que abre nuestros ojos ante la realidad del corazón.
La convocatoria nos provoca una suerte de "cargo de conciencia". Miramos hacia atrás y vemos cuanta gente hemos botado en el camino para llegar al lugar donde estamos: esos son los valles profundos del alma que hay que rellenar con perdón y entrega verdadera. Y qué decir de nuestras montañas: moles soberbias de egoísmo y avaricia, llenas de mentiras y desintereses por los demás; casi imposibles de mover, ancladas en la profundidad de nuestro ser.
Pero el Adviento es para eso, para tomar la escoba del amor y barrer el polvo del olvido que nos ha dormido por mucho tiempo, para ponernos las sandalias y caminar los montes que han hecho de nuestra vida un camino agobiante y encumbrado. Porque la Navidad no puede llegar sin limpiar antes la casa del alma y sin aplastar los obstáculos que llevan por los caminos del corazón.
Pidamos al Señor que este tiempo de gracia sea aprovechado en lo profundo de cada uno; que el llamada de Juan el Bautista siga resonando hondo en nuestro interior para preparar los senderos que nos llevan al Dios de la Vida.