3er domingo de Cuaresma - Ciclo ALlegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José. Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía.
Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: "Dame de beber". Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos. La samaritana le respondió: "¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?". Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos. Jesús le respondió: "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: 'Dame de beber', tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva". "Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?". Jesús le respondió: "El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna". "Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla".
Jn 4, 5-15
"Dame de beber..."
La pregunta abre el diálogo entre una mujer sencilla y un desconocido. La necesidad impera y entabla diálogos necesarios y precisos: dame de beber, ¿cómo tú...?, etc. Y era mediodía.
Vamos al pozo, en la vida, muchas veces. La gran mayoría no encontramos a nadie con quien conversar, simplemente sacamos de NUESTRO pozo, con NUESTRA jarra el agua que necesitamos. Pero, hoy es distinto. Hoy si hay alguien que permanece a la orilla, sediento.
Las personas somos así: nos volcamos a nosotros mismos para solucionar nuestros conflictos y problemas. Inclusive, conscientes de las limitaciones que tenemos, tendemos a querer y anhelar solucionar todo nosotros mismos. La samaritana iba al pozo de su pueblo, heredado desde siglos anteriores, y lo hacía con su jarra. La respuesta de la mujer abre entonces la verdad que revela Cristo: en el pozo de la gracia se encuentra el agua que sacia toda sed.
La jarra de la fe no es, por ende, de nuestra propiedad, has ido un regalo hecho por aquel que tiene fe en nosotros: el Dios de Israel y de todas las naciones no particulariza su gracia. Por ello, la autonomía de la cual le gusta gozar el hombre y la mujer no es realmente la que llena la vida, sino que más bien se desprende esta libertad de la dependencia amorosa del amor del Señor.
De esta forma, como Isaías proclama, sacaremos agua con alegría de las fuentes de la salvación. Nuestros cántaros se llenarán de la satisfacción infinita que únicamente satisface el vacío infinito con el que la humanidad ha nacido desde siempre: el anhelo por Dios, el infinito, el inclaudicable, el eterno Señor de todas las cosas. El agua mojará nuestro corazón y lo hará fértil, la sed se apagará y seremos conquistados por la misericordia que viene de Dios.


