domingo, 23 de mayo de 2010

Espíritu de Unidad

Solemnidad de Pentecostés - Ciclo C
Clausura de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse. Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo. Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de asombro, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Con gran admiración y estupor decían: «¿Acaso estos hombres que hablan no son todos galileos? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua? Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia Menor, en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios».

Hech 2, 1-11


"Estaban todo reunidos en un mismo lugar"

domingo, 16 de mayo de 2010

Testigos

Solemnidad de la Ascención del Señor - Ciclo C
44º Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales

Jesús dijo a sus discípulos: «Así está escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto. Y Yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto». Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Los discípulos, que se habían postrado delante de Él, volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios.

Lc 24, 46-53


"Ustedes son mis testigos"

Ya han pasado cuarenta días desde que el Resucitado venció a la muerte, cuarenta días cargados de fecundidad espiritual y crecimiento en lo valórico, cuarenta días de gozo y júbilo en medio de una preparación a la efusión del Espíritu.

Y en este domingo de la Ascención del Señor al cielo nos enfrentamos a la realidad propia del cristiano: ser testigo de lo que ha vivido, misionero incansable de la fe y del amor de Dios.

En una Amércia que tiene luces y sombras, la Iglesia nos ha invitado desde Aparecida a una Misión Continental, sin barreras ni espacios de tiempo, para que recuperemos la dinámica propia de esta gran familia: dar testimonio de la presencia del Resucitado que aún sigue en medio nuestro, porque el está con nosotros hasta el fin de los tiempos.

Ser testigos es, entonces, ser consecuente con mi fe y mi actuar; es denunciar lo oscuro de la realidad, pero también anunciar las buenas noticias; es sentir con mi Iglesia, Iglesia de todos que sufre, que llora y que ríe; es amar con sencillez a todos y por todos; es acoger al que sufre y dar consuelo al desamparado; es tener la mirada en el cielo, pero con los pies bien puestos en la tierra.

La Ascención es eso: Cristo se fue para quedarse. Ni el velo de las nubes, ni la muerte, ni la vida, ni las profundidades, ni el pasado ni el futuro, nada nos separará del amor de Dios (Rm 8, 35-39)

domingo, 9 de mayo de 2010

Fieles

6º Domingo de Pascua - Ciclo C

Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió. Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho. Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman! Me han oído decir: «Me voy y volveré a ustedes». Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que Yo. Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean.

Jn 14, 23-29


"El que me ama, será fiel a mi palabra..."

La fidelidad es un don que hemos de pedir con sencillez cada día. Sí, sabemos que los buenos propósitos no bastan; que nuestras fuerzas son necesarias, pero tan frágiles... Y es que nos convoca una vocación que nos trasciende; se trata de un deseo profundo, ambicioso y valiente: queremos ser fieles como eres Tú.

Queremos ser fieles a Ti, Señor: a tu Palabra, a tu Evangelio; fieles a tu voluntad. Fieles sin complejos, fieles apasionados; hombres y mujeres santos, capaces de amar sin mezquindades.

Haznos fieles a tu vida Eucarística, entregando lo que somos y tenemos en favor de los más pobres y excluídos, luchando por un mundo más humano como tú lo has soñado desde siempre. No permitas que ni la noche ni el día, las tempestades o la calma nos distraigan de esta misión que hace arder nuestro corazón.

La fidelidad es un valor que hoy se exige en todo ámbito, es una prueba de autenticidad y coraje. Ayúdanos a vivirla desde ti, por ti y para ti. Que alcance todas nuestras relaciones humanas; nuestros compromisos afectivos, laborales, familiares, sociales...

Haznos fieles como eres Tú.

(Cristóbal Fones, SJ)