Natividad de Nuestro Señor Jesucristo
"El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz; sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz. Tú has multiplicado la alegría, has acrecentado el gozo; ellos se regocijan en tu presencia, como se goza en la cosecha, como cuando reina la alegría por el reparto del botín. Porque el yugo que pesaba sobre él, la barra sobre su espalda y el palo de su carcelero, todo eso lo has destrozado como en el día de Madián. Porque las botas usadas en la refriega y las túnicas manchadas de sangre, serán presa de las llamas, pasto del fuego. Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado. La soberanía reposa sobre sus hombros y se le da por nombre: «Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz». Su soberanía será grande, y habrá una paz sin fin para el trono de David y para su reino; él lo establecerá y lo sostendrá por el derecho y la justicia, desde ahora y para siempre. El celo del Señor de los ejércitos hará todo esto."
Is 9, 1-6
miércoles, 25 de diciembre de 2013
domingo, 22 de diciembre de 2013
Dios con nosotros
4° domingo de Adviento - Ciclo A
Éste fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto. Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella pro viene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque Él salvará a su Pueblo de todos sus pecados». Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: “La Virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emanuel”, que traducido significa: «Dios con nosotros». Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa.
Mt 1,
"La Virgen concebirá y dará a luz un hijo..."
El último domingo de Adviento está marcado -dentro de la novena hacia la Navidad- por la presencia de María y José, rumbo al pronto nacimiento del niño que espera la Virgen Madre. Es especialmente sugerente la revelación que nos hace Isaías y que vuelve a mencionar Mateo en su relato: Una virgen habrá de concebir a un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel: Dios con nosotros.
Dios está con nosotros. Incluso cuando su presencia es solo silencio y la fe se vuelve una noche que muchas veces no entendemos. Dios está con nosotros, en la alegría y en el llanto, por la mañana o por la tarde. Dios está con nosotros, su presencia lo inunda todo, su amor y gracia se derrama siempre y sin condiciones.
La invitación del Adviento, y especial de estos últimos nueve días está basada en esta revelación: Dios no está ajeno a lo que somos o tenemos, Dios se hace uno con nosotros, Dios nos trae la salvación desde abajo. El misterio de la Encarnación consiste en esta dicha, en que el amor se encarna en presencia activa y amorosa. Cristo, Señor de la Historia, no ha querido estar lejos, su venida es presencia real que nos otorga la paz. Con su llegada quiere acompañar nuestro caminar.
Que esta espera sea como el anhelo por aquel niño que está por nacer en el vientre de una madre: que Jesús sea nuestro deseo, nuestra necesidad de que Dios esté con nosotros, hoy, mañana y siempre. María, la virgen encinta, nos acompañe preparando el corazón.
Éste fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto. Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella pro viene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque Él salvará a su Pueblo de todos sus pecados». Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: “La Virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emanuel”, que traducido significa: «Dios con nosotros». Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa.
Mt 1,
"La Virgen concebirá y dará a luz un hijo..."
El último domingo de Adviento está marcado -dentro de la novena hacia la Navidad- por la presencia de María y José, rumbo al pronto nacimiento del niño que espera la Virgen Madre. Es especialmente sugerente la revelación que nos hace Isaías y que vuelve a mencionar Mateo en su relato: Una virgen habrá de concebir a un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel: Dios con nosotros.
Dios está con nosotros. Incluso cuando su presencia es solo silencio y la fe se vuelve una noche que muchas veces no entendemos. Dios está con nosotros, en la alegría y en el llanto, por la mañana o por la tarde. Dios está con nosotros, su presencia lo inunda todo, su amor y gracia se derrama siempre y sin condiciones.
La invitación del Adviento, y especial de estos últimos nueve días está basada en esta revelación: Dios no está ajeno a lo que somos o tenemos, Dios se hace uno con nosotros, Dios nos trae la salvación desde abajo. El misterio de la Encarnación consiste en esta dicha, en que el amor se encarna en presencia activa y amorosa. Cristo, Señor de la Historia, no ha querido estar lejos, su venida es presencia real que nos otorga la paz. Con su llegada quiere acompañar nuestro caminar.
Que esta espera sea como el anhelo por aquel niño que está por nacer en el vientre de una madre: que Jesús sea nuestro deseo, nuestra necesidad de que Dios esté con nosotros, hoy, mañana y siempre. María, la virgen encinta, nos acompañe preparando el corazón.
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domingo, 15 de diciembre de 2013
La alegría del Reino
Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?» Jesús les respondió: «Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anuncia da a los pobres. ¡Y feliz aquél para quien Yo no sea motivo de tropiezo!» Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo: ¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento? Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes. ¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta? Les aseguro que sí, y más que un profeta. Él es aquél de quien está escrito: “Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino”. Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él».
Mt 11, 2-11
"Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven..."
Nuestro itinerario por el Adviento nos lleva hoy a reconocer que la venida está cada vez más cerca. Dios está pronto. Este tercer domingo nos invita a alegrarnos, pero alegrarnos verdaderamente porque las proezas que se realizan son producto de la llegada del Reino.
El Bautista, preocupado desde la cárcel manda a sus discípulos para que consulten a Jesús si realmente era el "deseado de los pueblos". La evidencia es clara: la alegría del Reino es ya patente en los más sencillos y excluidos. Y es que cuando los marginados de nuestra sociedad están contentos es porque grandes cosas (y buenas) están pasando...
Así es el Reino: un gozo que incluso obra maravillas en medio nuestro, y es que cuántas veces hemos sido testigos de grandes actos -sencillos pero contundentes- que nos han marcado la vida. El Reino es así, la venida de Jesús es así: hasta el desierto florece (Cf. Is 35, 1) y la estéril da a luz hijos, porque el Señor no deja de gestar en nosotros las grandezas de su amor.
Dejémonos en este recorrido de Adviento cautivar por esta alegría. Seamos como los más humildes, alegrémonos y disfrutemos cada gesto sencillo de nuestra vida. Sepamos esperar como el agricultor espera las lluvias para su cosecha (Cf. Sant 5, 8), ¡que el mismo Cristo que ya viene sea nuestra lluvia, nuestro gozo que reanime la tierra reseca y nos haga florecer nuevamente!
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domingo, 8 de diciembre de 2013
Inmaculada
Solemnidad de la Inmaculada Concepción
El Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.
El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo». Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin». María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?». El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios». María dijo entonces:
«Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu Palabra». Y el Ángel se alejó.
Lc 1, 26-38
"¡Alégrate!, llena de gracia..."
Celebrar a la Inmaculada Virgen en tiempos de Adviento nos ayuda a poner los ojos en la búsqueda de aquel que viene y que buscamos, pero para hallarlo hay que hacerlo con los ojos de ella, la sin mancha, la llena de gracia.
Mirar el mundo con los ojos de la Inmaculada es saber reconocer la presencia de Dios en medio de nuestros hermanos, en los niños que ríen o sufren, en el trabajo cotidiano de aquellos que agotan su vida por sus familias, en el sufrimiento esperanzado del que sigue creyendo a pesar de la tormenta.
Mirar el mundo con los ojos de la Inmaculada es saber apreciar las cosas sencillas de la vida: un bello atardecer, la frescura de la ducha matutina, el sabor del pan hecho en casa, el abrazo gratuito de un amigo, el gesto amable de quienes no conocemos.
Mirar el mundo con los ojos de la Inmaculada es saber descubrir donde hay una nueva aventura, un nuevo lugar para ir y anunciar el gozo de buscar a Cristo, ¡y mucho más si lo hallamos! Es saber tener el corazón vigilante y las manos dispuestas para trabajar por el Reino que ya florece en el desierto.
Mirar el mundo con los ojos de la Inmaculada es contemplar y actuar, porque María nunca se quedó quieta en su sillón, pero su corazón aquietaba todos los tesoros que el Señor ponía en su caminar. Alegrémonos entonces, porque el ejemplo de la Virgen Madre es claro y conciso: con el corazón más puro podemos ver mejor cómo nace su Hijo en medio nuestro. Alegrémonos, porque la llena de gracia nos indicia: "ahí está mi Hijo".
lunes, 2 de diciembre de 2013
Salgamos al encuentro
1er domingo de Adviento - Ciclo A
Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando venga el Hijo del hombre, sucederá como en tiempos de Noé. En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca; y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y los arrastró a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre. De dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro dejado. De dos mujeres que estén moliendo, una será llevada y la otra dejada. Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor. Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada».
Mt 24, 37-44
"Ustedes también estén preparados..."
Comenzamos un nuevo ciclo litúrgico poniendo nuestros ojos como Iglesia en el fin: el Adviento nos trae la imagen de lo que viene, de nuestra certeza más segura, incluso que la muerte. La venida de Cristo en esplendor llenará la Creación, consumando el plan de salvación que desde mucho el Señor nos ha tenido preparado. Sin embargo, el llamado de atención para nuestro hoy es igualmente potente. Despertemos, que en cualquier hora puede venir. Salgamos de nuestro letargo y pongamos nuestra acción en el ejercicio del amor.
Sí, el amor de Cristo debe urgirnos por su venida y por hacer presencia real del Reino hoy. Nuestra labor no se limita solo al creer en la comodidad del sillón. Si hemos de estar preparados para su venida, la mejor forma está en abandonar las tinieblas y "revestirnos con la armadura de la luz" (Cf. Rom 13, 12). Si nuestra fe se convierte en un creer pasivo que espera por esperar entonces nuestra conversión no está completa. Salir al encuentro de nuestros hermanos es salir al encuentro de Cristo, el novio que se apronta para llegar un día. Es Jesús, el Hijo del Hombre que viene a nuestra historia siempre.
Contemplemos las palabras de Isaías: en aquellos días "con las espadas se forjarán arados y podaderas con las lanzas" (Cf. Is 2, 4), porque el amor de Dios en los hermanos renovará a la tierra. Estar vigilantes significa eso: tomar el tren de la acción y partir en este viaje que es invitación a la santidad en comunidad. Salgamos con las lámparas encendidas, porque no sabemos ni cuándo ni cómo vendrá. Lo que si sabemos es que Jesús viene hoy en nuestros hermanos, es allí donde debemos preparar el corazón.
Que este tiempo de Adviento, con los ejemplos de Isaías, Juan Bautista y María, nos ponga en espera gozosa del Señor que vino, viene y vendrá.
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