Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?» Jesús les respondió: «Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anuncia da a los pobres. ¡Y feliz aquél para quien Yo no sea motivo de tropiezo!» Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo: ¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento? Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes. ¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta? Les aseguro que sí, y más que un profeta. Él es aquél de quien está escrito: “Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino”. Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él».
Mt 11, 2-11
"Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven..."
Nuestro itinerario por el Adviento nos lleva hoy a reconocer que la venida está cada vez más cerca. Dios está pronto. Este tercer domingo nos invita a alegrarnos, pero alegrarnos verdaderamente porque las proezas que se realizan son producto de la llegada del Reino.
El Bautista, preocupado desde la cárcel manda a sus discípulos para que consulten a Jesús si realmente era el "deseado de los pueblos". La evidencia es clara: la alegría del Reino es ya patente en los más sencillos y excluidos. Y es que cuando los marginados de nuestra sociedad están contentos es porque grandes cosas (y buenas) están pasando...
Así es el Reino: un gozo que incluso obra maravillas en medio nuestro, y es que cuántas veces hemos sido testigos de grandes actos -sencillos pero contundentes- que nos han marcado la vida. El Reino es así, la venida de Jesús es así: hasta el desierto florece (Cf. Is 35, 1) y la estéril da a luz hijos, porque el Señor no deja de gestar en nosotros las grandezas de su amor.
Dejémonos en este recorrido de Adviento cautivar por esta alegría. Seamos como los más humildes, alegrémonos y disfrutemos cada gesto sencillo de nuestra vida. Sepamos esperar como el agricultor espera las lluvias para su cosecha (Cf. Sant 5, 8), ¡que el mismo Cristo que ya viene sea nuestra lluvia, nuestro gozo que reanime la tierra reseca y nos haga florecer nuevamente!

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