Solemnidad de la Ascención del Señor - Ciclo C44º Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales
Jesús dijo a sus discípulos: «Así está escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto. Y Yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto». Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Los discípulos, que se habían postrado delante de Él, volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios.
Lc 24, 46-53
"Ustedes son mis testigos"
Ya han pasado cuarenta días desde que el Resucitado venció a la muerte, cuarenta días cargados de fecundidad espiritual y crecimiento en lo valórico, cuarenta días de gozo y júbilo en medio de una preparación a la efusión del Espíritu.
Y en este domingo de la Ascención del Señor al cielo nos enfrentamos a la realidad propia del cristiano: ser testigo de lo que ha vivido, misionero incansable de la fe y del amor de Dios.
En una Amércia que tiene luces y sombras, la Iglesia nos ha invitado desde Aparecida a una Misión Continental, sin barreras ni espacios de tiempo, para que recuperemos la dinámica propia de esta gran familia: dar testimonio de la presencia del Resucitado que aún sigue en medio nuestro, porque el está con nosotros hasta el fin de los tiempos.
Ser testigos es, entonces, ser consecuente con mi fe y mi actuar; es denunciar lo oscuro de la realidad, pero también anunciar las buenas noticias; es sentir con mi Iglesia, Iglesia de todos que sufre, que llora y que ríe; es amar con sencillez a todos y por todos; es acoger al que sufre y dar consuelo al desamparado; es tener la mirada en el cielo, pero con los pies bien puestos en la tierra.
La Ascención es eso: Cristo se fue para quedarse. Ni el velo de las nubes, ni la muerte, ni la vida, ni las profundidades, ni el pasado ni el futuro, nada nos separará del amor de Dios (Rm 8, 35-39)
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