
2º domingo de Cuaresma - Ciclo A
Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: "Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo". Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: "Levántense, no tengan miedo". Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos".
(Mt 17, 1-9)
"Levántense, no tengan miedo"
Primero... subir el monte. En silencio, contemplando.
Luego... la oración. El resplandor de la luz, los rostros, la nube, la voz del Padre.
Finalmente... Jesús solo.
La vida muchas veces parece un Tabor, una subida hacia la cumbre en la cual soñamos, donde creemos que allí pondremos nuestras carpas y viviremos para siempre. Claro, llegamos. Viene la luz y la gloria, y exclamamos: ¡Que bien estamos aquí! Pero pronto todo se disipa, la nube desaparece, la luz se apaga y la forma cotidiana de las cosas vuelve de nuevo... fue sólo una chispa ante la neblina en la que marchamos.
Los discípulos ya no están frente a un rostro transfigurado, ni ante un vestido blanco, ni ante una nube que revela la presencia divina. Ante sus ojos está "Jesús solo". Jesús está solo ante su Padre, mientras reza, pero, al mismo tiempo, "Jesús solo" es todo lo que se les da a los discípulos y a la Iglesia de todos los tiempos: es lo que debe bastar en el camino. (Benedicto XVI, Ángelus 28 de febrero 2010)
La soledad de Jesús nos invita a levantarnos. La invitación es retomar el camino... bajar el monte y seguir por la senda, la luz de la Transfiguración nos ha ayudado, pero no es la última palabra, aunque sí es una imagen del futuro definitivo: la Gloria eterna de los hijos junto al Padre.
Por ello, como a los discípulos, la luz que revela el transfigurado es imagen de una realidad definitiva que hay que construir: una humanidad transfigurada, donde aquel que hace nuevas todas las cosas secará toda lágrima y enjugará nuestro llanto (Cfr. Apoc. 21)
¡Levántense! Primero debemos pasar por la Cruz... sólo después de la experiencia del dolor sabremos acoger y valorar la eternidad de la Gracia que todo lo envuelve. ¡Levántense, no tengan miedo! El Tabor no lo es todo y hay que seguir avanzando...
No hay comentarios:
Publicar un comentario