miércoles, 7 de abril de 2010

El Dios de la Vida


El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. Ellas encontraron removida la piedra del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas a causa de esto, se les aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que Él les decía cuando aún estaba en Galilea: ‘Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día’”. Y las mujeres recordaron sus palabras.

Lc 24, 1-8


"¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?"

El gozo de la Resurrección nos ha dejado perplejos, sorprendidos e incluso, arrebatados. Pero más fuerte es la gracia de Dios: su amor nos hace llorar de felicidad, su libertad nos impulsa a saltar de alegría, su paz nos reconforta el alma.

Y es que, en la vida, muchas veces buscamos al Señor en otros lugares. Lo deseamos, lo ansiamos, pero las búsquedas no van bien dirigidad. Creemos que el Señor está en los grandes milagros, en la parafernalia de los espectáculos, en los grandes acontecimientos que llaman nuestra atención.

Pero el Señor está en lo cotidiano, en lo sencillo y humilde, en el diario vivir. El Resucitado despliega su gracia vivificante de a poco, paso a paso. Irrumpe en el mundo con alegría, pero entra en el corazón en silencio, a través de la sonrisa que devuelve la esperanza, la mirada pura que nos limpia, el gesto que nos hace sentir amados.

Hermana muerte, ¿dónde está tu victoria? El Dios de nuestros padres ha vencido todo enemigo, le ha dado sentido a nuestra existencia, nos ha revelado que la Vida tiene la última palabra.

¿Dónde está tu victoria, muerte extraña?
¿Dónde está tu derrota, muerte amiga?
Nos llevas, te llevamos, en la entraña,
grano en tu surco, de tu surco espiga.

Juntos crecemos. Tú hacia el ocaso,
cumplida la misión que nos fecunda.
Nosotros hacia el día, por el «paso»
de tu garganta abierta. La profunda

soledad de tu abismo se ha llenado
con el grito del Dios crucificado,
con tu muerte en Su muerte redentora.

¡Victoria derrotada en Su agonía,
oh hermana temporal, vientre del Día,
umbral de los «levantes de la aurora»!

(Pedro Casaldáliga)

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