domingo, 14 de marzo de 2010

El Retorno a Casa

4º Domingo de Cuaresma - Ciclo C

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Pero los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de herencia que me corresponde’. Y el padre les repartió sus bienes. Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida inmoral. Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones. Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. Él hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Entonces recapacitó y dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!’. Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: ‘Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros’. Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó. El joven le dijo: ‘Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo’. Pero el padre dijo a sus servidores: ‘Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado’. Y comenzó la fiesta. El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó qué significaba eso. Él le respondió: ‘Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo’. Él se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: ‘Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!’. Pero el padre le dijo: ‘Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado’”.

Lc 15, 1-3. 11-32


"Estaba muerto y está vivo, se había perdido pero lo hemos encontrado"

El Evangelio nos ofrece hoy uno de sus textos más hermosos, uno de sus pasajes más ricos en humanidad y más revelador del verdadero rostro de Dios. Pocos textos expresan, en su brevedad, una riqueza tal de situaciones humanas y una percepción tan honda de los misterios del corazón, animando a una esperanza siempre posible en el amor del Padre.

La vuelta a casa del hijo pródigo era una buena ocasión para que el padre le diera una sanción ejemplar, un castigo merecido. Pero, el padre de la parábola amaba a su hijo y sólo deseaba su vuelta; al padre le importaba más su hijo que los bienes que malgastó con escándalo y vergüenza para la familia. El retorno a casa del hijo pródigo es ocasión para que el padre le exprese todo su cariño y celebren la alegría en una fiesta.

Aquí la parábola dejó de ser “razonable”, no calza con nuestra lógica mezquina en el amor; aquí la parábola nos abre su secreto: ¡Así es Dios!. En los rasgos tiernos del padre de la parábola, Jesús nos revela el amor de Dios: así es Dios, y así actúa con los que se sienten pecadores, con los ingratos, con los que están lejos.

El Padre está esperando activamente el retorno a casa de los hijos que están lejos de sus brazos, y el abrazo del amor de Dios no es un premio para los “buenos”, sino una verdadera fiesta para los que deciden volver a casa.

En la parábola, al mostrarse Dios como Padre misericordioso, nos muestra también quiénes somos nosotros: somos sus hijos amados que le importamos más que cualquier otra cosa, y más que cualquier cosa que hayamos podido hacer.


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