Miércoles de Ceniza - Ciclo CInicio de la Cuaresma
Jesús dijo a sus discípulos: Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre de ustedes que está en el cielo. Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan. Les aseguro que con eso, ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Mt 6, 1-6. 16-18
"Eres polvo y en polvo te convertirás" (Cfr. Gn 3, 19)
Como es tradicional todos los años, iniciamos un tiempo propicio para la preparación, para darnos una pausa en el camino y reflexionar sobre nuestra vida en torno a Cristo. La Cuaresma, espacio por excelencia para la sanación del alma, es una oportunidad que nace para aliviar nuestras inquietudes y dejar que el silencio hable en nuestras profundidades.
Hoy, Miércoles de Ceniza, iniciamos este recorrido cuaresmal con dos grandes señales que han de guiarnos por el camino de la conversión: el signo de las cenizas y los fundamentos para vivir la Cuaresma, que son Oración, Ayuno y Caridad.
Las cenizas que marcan esta jornada muchas veces son reflejos del estado de nuestras almas: marchitas, opacadas por el pecado, por el miedo, por la tristeza. Nos muestran la verdadera condición humana: somos polvo que, producto del mal, nos hemos visto opacados, abandonados en el suelo, pisoteados por la rutina y la miseria, olvidados a ratos.
Pero el polvo cuaresmal no está fuera de la memoria y del amor de Dios. A pesar de lo que somos, hemos sido amados por un Amor que supera barreras y fronteras, el Amor del Señor. El polvo de nuestras vidas, entonces, adquiere un nuevo sentido en Cristo Jesús, quien ha dado la vida por una multitud.
Y al descubrir y hacer en nuestras vidas esta realidad; pareciera que el desierto cotidiano, la ceniza que nos opaca tuvieran una forma distinta de verla, esa que nos lleva a la plenitud de lo que somos en Jesucristo.
Por otra parte, el Evangelio se parece a una carta de navegación en esta Cuaresma, que nos entrega las rutas y senderos que debemos seguir para regar el desierto del corazón: una oración profunda y secreta, una caridad humilde que no busca la admiración de los demás, un ayuno sincero y necesario, una Cuaresma vivificante, no mortificante.
El desierto de la vida, que es el camino a seguir durante este tiempo nos irá modelando al estilo de Jesús, con todas las durezas que eso implica. Y al final del camino, en la ceniza gris y opaca de este miércoles brotará la flor radiante y hermosa de la Pascua, del domingo eterno que devuelve la felicidad al mundo.
Que la Cuaresma de este año sea un tiempo de gracia para que, a través de los caminos de la oración, el ayuno y la caridad; retornemos a la Casa del Padre.
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