domingo, 22 de noviembre de 2009

Un Rey diferente

Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo - Ciclo B
Fin del Año Litúrgico - Día de Oración por la Iglesia Perseguida

Pilato llamó a Jesús y le preguntó: “¿Eres Tú el rey de los judíos?”. Jesús le respondió: “¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?”. Pilato replicó: “¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho?”.
Jesús respondió: “Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí”. Pilato le dijo: “¿Entonces Tú eres rey?”. Jesús respondió: “Tú lo dices: Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz”.

Jn 18, 33-37

"Tú lo haz dicho: soy rey"

Las personas siempre tendemos a relacionar el poder con la tiranía, y es que la mayor parte de la historia de los soberanos es así: el abuso de la autoridad tergiversa la forma en como miramos las personas que poseen algún tipo de jerarquía. Por ello es que la gente no soporte a los políticos, los revolucionarios; incluso a la misma jerarquía eclesiástica.

Pero, la forma en que culminamos este Año Litúrgico nos muestra un aspecto de Jesús que simplemente no podemos dejar de lado: él es Rey, Rey del Universo; pero, por sobre todo, Rey de nuestros corazones, donde su reinado debe permanecer siempre.

Y la concepción que teníamos de Jesús Soberano se derrumba al escuchar este Evangelio; Cristo está allí, ante un representante de la soberanía humana -muy distinta a la divina- que lo enfrenta, un Cristo maltratado por los golpes, ultrajado por escupos y malherido del cuerpo y del alma.

Sin embargo, es allí donde el Señor manifiesta su realeza. Porque el verdadero poder no es ése que destruye y causa muerte, menos el que se impone por el de los demás, sino aquel que sana y da vida a quienes estaban muertos: el verdadero poder es humildad y no soberbia, es acogida y no burocracia, es ternura y no frialdad, es luz y no oscuridad.

Cristo, coronado de espinas y burlado por todos, desde su Cruz, su trono, desde allí reina en lo más profundo de nuestras entrañas; porque se revistió de la más humillante pero más exultante majestad: aquella que rebaja, aquella que se hace pequeña, aquella que no vino a ser servida, sino a servir.

Pidamos al Señor entonces que nos regale el don de la simpleza y de la humildad para compartir con Cristo la realeza que nace desde abajo y no desde arriba. De forma especial por las iglesias que sufren persecución en estos días, para que el Señor humillado les de la santa paciencia y perseverancia de la fe en momentos tan difíciles.

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