domingo, 1 de noviembre de 2009

Bienaventurados

Solemnidad de Todos los Santos - Ciclos A, B, C

Seguían a Jesús grandes multitudes, que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania. Al ver la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
“Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron”.

Mt 4, 25–5, 12


"Felices ustedes"


Bienaventurados los hombres y mujeres que se arriesgan a amar. Son felices porque llevan a Dios en el corazón. No es que sean mejores, es simplemente que son más libres.


Dar sin condiciones, regalar el perdón, conservar el corazón íntegro, luchar por la justicia del Reino... Lo que caracteriza al discípulo no es su perfección, sino su pasión por la misión de Cristo: el que ha experimentado el amor verdadero sabe que otro mundo es posible.


Todos queremos ser felices, pero nos cuesta encontrar la felicidad auténtica, duradera. Y es que quizás la andamos buscando en el lugar equivocado... Jesús nos señaló el camino hacia la plenitud con su propia vida y nos enseño con sus palabras quienes son los primeros bienaventurados de Dios


Porque ser felices implica sacrificios, entregas, despojos y caminos a recorrer, pero al fin y al cabo son los que nos llevan a ella. Una vida en este sentido es una vida feliz, una vida bienaventurada, una vida de santidad, donde Dios es el centro de la misma y el sostén de ella se encuentra en su Amor.


Descubrir entonces este camino de felicidad es la invitación, a remar mar adentro, a sumergirse en las aguas profundas de nuestro propio rumbo, a caminar los caminos de nuestro sendero, a construir nuestra santidad y nuestra felicidad. Que María, Madre del Santo de los Santos de Dios nos acompañe en esta aventura.

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