28º domingo durante el Año - Ciclo BJesús se puso en camino. Un hombre corrió hacia Él y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?» Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno. Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre». El hombre le respondió: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud». Jesús lo miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme«. Él, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes. Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!» Los discípulos se sorprendieron por estas palabras, pero Jesús continuó diciendo: «Hijos míos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios». Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?» Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para Él todo es posible».
Mc 10, 17-27
"Nadie puede servir a dos señores"
Ante un mundo consumista y materialista, donde lo tangible vale más que lo espiritual y en el cual la "felicidad" corre por cuenta del dinero y sus frutos; el Señor hace un llamado por medio de este joven rico que se quiere hacer uno de sus discípulos, pero el valor de sus riquezas fue más fuerte que el llamado de Jesús.
Pero, la lección magistral de este domingo se encuentra a simple vista: La verdadera riqueza está en el seguimiento de Cristo, en descubrir en él el tesoro de nuestra vida. Es así como en la primera lectura (Sab 7, 7-11) un sabio del Antiguo Testamento muestra su entusiasmo por la verdadera sabiduría, que es un don de Dios, que no es saber mucho, sino mirar todo con los ojos de Dios. Es saber qué tiene importancia y qué no. Así es como se adquiere un nuevo sentido en nuestra vida.
La escena del joven rico nos entristece mucho. Aquel muchacho preguntó: "¿Qué mas puedo hacer para alcanzar el Reino de Dios?". Es una pregunta hecha desde la autoafirmación. Más que la conversión del corazón, buscaba ampliar su agenda de obras buenas para así alcanzar el Reino. Jesús le contesta en otra clave: vete, vende, reparte, vuelve con las manos vacías y sígueme. Y el joven se retiró triste; pero dice el texto que antes de pedirle esto le miró con amor, pero el joven, centrado en su perfeccionismo y apegado a sus riquezas, no supo acoger aquella mirada que le ofrecía la pista para descubrir el tesoro.
Jesús no sataniza el dinero ni otros bienes, sino el apego a ellos, el convertirlos en ídolos ante quien doblamos la rodilla: "Nadie puede servir a dos señores". No podemos prescindir absolutamente de los bienes porque los necesitamos para subsistir, pero hemos de reconocer que los bienes nos atraen, nos fascinan y pueden llegar a esclavizarnos. Al final no lo poseemos, son ellos los que nos poseen a notros. El atleta que quiera correr con una mochila de veinte kilos no conseguirá ninguna medalla.
Seguir a Jesús incondicionalmente es la verdadera sabiduría, dando importancia a lo que la tiene, que es fuente de la verdadera felicidad que nadie nunca nos puede arrebatar.
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