
Pasión de Nuestro Señor Jesucristo: Jn 18, 1—19, 42
Viernes Santo, día de luto, de silencio, de recogimiento, de llanto, de reflexión, de oración, de ayuno, día de la muerte del Señor.
Con gran piedad y devoción hemos recorrido juntos los acontecimientos de este día, muy especial, que nos invita a contemplar con mayor profundidad la cruz de Cristo, el cuerpo maltratado y humillado del Señor.
Ante el asombro que provoca tales escenas nuestra carne se estremece, tiembla y se marchita. La razón: es que la muerte de Jesús no puede pasar indiferente para nadie. La renovación anual de este hecho nos invita a pensar en aquellos Cristo que siguen agonizando en el mundo, aquellos hombres y mujeres que siguen siendo flagelados y coronados con la blasfemia y el maltrato. El Viernes Santo es día para pensar en todos los que agonizan en el huerto de sus vidas, en todas aquellas que son golpeadas y violentadas, en todos aquellos que se les ha privado el derecho a la vida, en todos aquellos y aquellas que son víctimas de la explotación, la pobreza, la soledad y la indiferencia. Todos aquellos siguen agonizando y cargando con la cruz del mundo.
La cruz la hemos construido nosotros, tan pesada como nuestros pecados. El suplicio de Cristo es nustra soberbia y arrogancia, nuestro egoísmo. Pero él sigue caminando, cargando con esa Cruz que, con su sangre, pasa a ser de dura condena a madero de salvación.
Ya la noche cubre Jerusalén, cubren al mundo y cubre a la humanidad. Es la noche más triste de la historia; el Señor no está con nosotros, descansa en el sepulcro, esperando el amanecer del nuevo día. Mientras, la humanidad permanece vigilante ante la expectativa de una nueva esperanza. El día doloroso y turbulento ha terminado, la sangre ya está derramada y solo queda el llanto. Solo queda la cruz, abandonada, alzada en el Gólgota del corazón humano, reposando después de tanto sufrimiento
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