Ciclo BEvangelio de Ramos: Mc 11, 1-10
Pasión de Nuestro Señor Jesucristo: Mc 14, 1—15, 47
Con la celebración de Domingo de Ramos, nos introducimos a la semana más importante para la vida y el mundo cristiano: la Semana Santa, en la cual se encuentra el centro y misterio de nuestra fe resumida en el amor de Cristo.
En la Eucaristía de hoy se leen dos Evangelios; el primero nos narra como Jesús entra en Jerusalén aclamado por los niños del lugar, y el segundo, en total contradicción con el primero, nos relata la Pasión y Muerte de Cristo cinco días después, humillado por las mismas personas que gritaron anteriormente: ¡Hossana en el cielo! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!
Resulta paradojal como la muchedumbre que lo aclamaba y lo recibía jubilosamente sería la misma que gritaría en el pretorio: ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!
Es totalmente extraño las dos actitudes del gentío, actitudes que, aunque parezcan lejanas, son parte de la sociedad en el día a día. El comportamiento de estos hombres y mujeres (y que también es nuestro comportamiento) es, tal vez, por la subversiva imagén de Jesús. Cristo, al entrar en Jerusalén, es exaltado como Rey, y claramente lo es pero no de este mundo. El Señor viene a romper con los parámetros típicos y erróneos del mundo, que creen que la fuerza y la violencia es símbolo del poder; y es por esto que Jesús entra en la ciudad no montado en un carruaje ni cabalgando en un glorioso corcel, sino que llega montado en un burrito, dando ejemplo de su humildad, humildad que lo hace Rey.
Hoy, en nuestra vida, Cristo sigue desconcertándonos con su actitud, que cuesta e incomoda implantar en la cotidianidad, pero que son la verdadera forma de vida del cristiano.
Que esta Semana Santa sea momento propicio para hacer un cambio progresivo en nuestra vida, nuestro hogar, nuestra familia, a modo como lo es Cristo, que en su bajeza se exalta como Rey.
"Jesús, siempre una novedad".
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