jueves, 9 de abril de 2009

Hagan esto en memoria mía



Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin. Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la
ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura. Cuando se acercó a Simón Pedro, éste le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?». Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás». «No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!». Jesús le respondió: «Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte». «Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!». Jesús le dijo: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos». Él sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: «No todos ustedes están limpios». Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes».


Jn 13, 1-15



Nuestros pies están cansados en la carrera de la vida. Nuestras piernas, frágiles, están ahora agotadas por la loca correría del mundo. Pero, el Señor se acerca a nosotros; toma una toalla, una fuenta y una jarra, y comienza a lavarnos.

El lavado de pies es algo más que un recuerdo: es un gesto, es el mismo acto que hizo Jesús por nosotros. El Señor quiere acercarce a nosotros y derramar suavemente sobre nuestrso pies fatigados el agua del amor, el agua de la paz.

Nuestra vida es así: corremos, pasamos de largo, andamos a alta velocidad, pero Dios nos ayuda a parar, a deternos un poco y dejárnos lavar por el mismo Jesús que se hace siervo. Nuestra alma, agobiada y empolvada por el pecado se debe dejar llenar por este bálsamo de renovación profunda y cambio. Conversión nacida del Espírirtu Santo y que salta como un rayo de luz en medio de la oscuridad.

Esta Semana Santa nos invita a detenernos, a mirar hacia atrás: ¿A cuántos habremos botado en nuestro camino, que no es más que una competencia?
Que nuestros pies, nuestro cuerpo y nuestra alma reciban el agua del Señor, agua que brota de la fuente de vida eterna que es el mismo Señor. Pidamos al Jesús que se hace siervo dárnos descanso para nuestro ser, el descanso tan necesitado en el mundo, el descanso y la paz que solo Cristo nos puede dar.

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