domingo, 12 de julio de 2009

El llamado de Dios

15º domingo durante el Año - Ciclo B

Jesús llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni provisiones, ni dinero; que fueran calzados con sandalias y que no tuvieran dos túnicas. Les dijo: «Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir. Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos». Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; expulsaron a muchos demonios y sanaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo.

Mc 6, 7-13

"Llamó a los Doce y los envió..."

El envío de Jesús es claro para sus discípulos: no lleven nada consigo, ni sandalias, ni dinero, nada. Dios proveerá. Y es que el Señor quiere discípulos sencillos ante todo, los quiere tal cual como son, porque esa es la manera en que debemos estar para sentir la experiencia de la vocación.

Jesús nos llama, nos envía, pide que caminemos por él y con él. Y el llamado de Dios implica eso, es un sacrificio, un amor oblativo que se entrega por él y por los demás como respuesta a la misericordia recibida. Porque un verdadero cristiano no puede quedarse tranquilo, quieto, dormido en la indiferencia, claramente debe salir a anunciar que Jesús es el Señor.

Ésta es la propuesta que nos hacen nuestros obispos, en conjunto con el Papa Benedicto XVI, a nuestro continente americano, continente de la esperanza, a que nuestra iglesia en América no se duerma ante la pobreza, la injusticia, la falta de verdad. Desde Aparecida, el Señor quiere enviarnos a todos juntos en una misión única, en unión y comunión de todos, donde todas las partes son importantes.

¿Y qué estamos haciendo nosotros? Dejémonos llevar por este llamado que nos hace el Señor, en especial en la Misión continental. Sintámonos dignos de anunciar a Jesucristo. Él nos escoge, elige al más humilde e insignificante para realizar en el sus maravillas, como leíamos en la primera lectura del libro de Amós.

Entreguemos a Dios nuestra sencillez, nuestro dolor, angustia, alegría, esperanza, en fin. Tanto que podemos entregar, y salgamos sin callar, anunciando lo bueno, denunciando lo malo. Comencemos por nuestras familias, luego en nuestro barrio, en nuestra ciudad. Que María Santísima, Madre de América, nos ayude a extender el Reino de Dios como ella, la primera discípula misionera.




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