domingo, 28 de junio de 2009

Talitá kum

13º Domingo durante el Año - Ciclo B

Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y él se quedó junto al mar. Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se sane y viva». Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados. Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias. Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, porque pensaba: «Con sólo tocar su manto quedaré sanada». Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba sanada de su mal. Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: «¿Quién tocó mi manto?». Sus discípulos le dijeron: «¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?» Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido. Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad. Jesús le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda sanada de tu enfermedad». Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: «Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?» Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: «No temas, basta que creas». Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, fue a casa del jefe de la sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba. Al entrar, les dijo: «¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme». Y se burlaban de él. Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba. La tomó de la mano y le dijo: «Talitá kum», que significa: «¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!» En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que dieran de comer a la niña.

Mc 5, 21-43



"Levántate"

La invitación de Jesús es una renovación a la nueva vida, vida que nace sólo de el, el Señor y dador de la Vida. Un llamado a la alegría porque Cristo está allí con nosotros, atento a levantarnos

Las caídas en este mundo se han vuelto normales, vemos día a día como muchos caen y vuelven a caer una y otra vez en las agonías y debilidades de la sociedad contemporánea. Es que caer es doloroso, y la recaída es mucho peor. Pareciera que nuestra vida se ve manchada por el fango de la tierra, del pecado, y nos creemos miserables. Vemos tan distante el camino, tan largo y angustioso, porque nos creemos inválidos, sin seguir peregrinando. Y se nos acaban las fuerzas y la esperanza.

Pero la señal de Cristo es la liberación, nos toma de la mano y nos dice en nuestra oscuridad: "Talitá kum, levántate". Y nuestra voluntad renace, nos decidimos, su Espíritu nos devuelve la vida. Tomamos la cruz y seguimos caminando, de la mano de él y de su madre.

En la enfermedad de la mujer con hemorragias, en la niña muerta, allí Cristo nos dejó su mensaje, que la liberación del cuerpo y del alma vienen solo de el, que su voz nos llama y nos impulsa.

La invitación está hecha, dejémonos levantar por el Señor, no por otro, cada vez que caemos en los normales tropiezos y resbalones de la vida. Con María, caminaremos en Cristo que nos hace caminar. No dudemos en tomarnos de su mano y ponernos de pié con su fuerza.



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